Habiéndose al otro dia esparcido la voz de que se iba á firmar la paz, dieron el general indio y el persa á toda priesa la batalla, que fue sangrienta. Vió Babuco todos los yerros y todas las abominaciones que se cometiéron, y fué testigo de las maquinaciones de los principales sátrapas, que hiciéron quanto estuvo en su mano para que la perdiera su general: vió oficiales muertos por su propia tropa; vió soldados que acababan de matar á sus moribundos camaradas, por quitarles algunos andrajos ensangrentados, rotos y cubiertos de inmundicia; entró en los hospitales adonde llevaban á los heridos, que perecían casi todos por la inhumana negligencia de los mismos que pagaba á peso de oro el rey de Persia para que los socorriesen. ¿Son hombres estos, exclamaba Babuco, ó son fieras? Ha, bien veo que ha de ser destruida Persepolis.

Preocupado con esta idea pasó al campo de los Indios, donde, conforme á lo que se le habia pronosticado, le recibiéron con tanto agasajo como en el de los Persas, y donde presenció los mismos excesos que le habian llenado de horror. Ha, ha, dixo para sí, si quiere el ángel Ituriel exterminar á los Persas, también tiene que exterminar á los Indios el ángel de las Indias. Habiéndose informado luego mas menudamente de quanto en ambos exércitos habia sucedido, supo acciones magnánimas, generosas y humanas, que le pasmáron y le embelesáron. Inexplicables mortales, exclamó, ¿cómo podéis juntar con tanta torpeza tanta elevacion, y tantas virtudes con tantos delitos?

Declaróse en breve la paz, y los caudillos de ambos exércitos, que por solo su interes habian hecho verter la sangre de tantos semejantes suyos, se fuéron á solicitar el premio á su corte respectiva, puesto que ninguno habia ganado la victoria. Celebróse la paz en escritos públicos que anunciaban el reyno de la virtud y de la felicidad en la tierra. Loado sea Dios, dixo Babuco; Persepolis va á ser la mansion de la mas acendrada inocencia, y no será destruida, como querian aquellos malditos genios: vamos sin mas tardanza á ver esta capital del Asia.

Llegó á esta inmensa ciudad por la antigua entrada, aun sumida en la barbarie, y que inspiraba asco por su rudo desaliño. Sentíase toda esta porcion del pueblo del tiempo en que se habia edificado; que hemos de confesar, sea qual fuere el empeño de exâltar lo antiguo á costa de lo moderno, que en todas cosas las primeras pruebas siempre son toscas.

Metióse Babuco entre una muchedumbre de gentío compuesto de quanto mas puerco y mas feo en ámbos sexôs pueda hallarse, la qual entraba á toda priesa en un obscuro y tenebroso recinto. El continuo zumbido, el movimiento que notaba, y el dinero que en un platillo algunas personas echaban, le dió á entender que estaba en un público mercado; pero quando vió que muchas mugeres se hincaban de rodillas, mirando al parecer á lo que tenian enfrente, y en realidad á los hombres de lado, echó de ver que se hallaba en un templo. Unas voces ásperas, carrasqueñas, desentonadas y gangosas hacian que en mal articulados sonidos la bóveda resonara, parecidas á la voz de los animales cerdudos que en las llanuras de la Mancha responden al corvo y agudo instrumento que los llama. Tapábase los oídos; mas tuvo luego que taparse ojos y narices, quando vió que entraban en el templo unos zafios con palas y azadones. Levantaron estos una ancha piedra; tiráron á mano derecha y á mano izquierda una tierra que exhalaba un hedor intolerable; pusieron luego un muerto en el hueco que habían hecho, y volviéron á sentar la piedra. ¡Con que entierran estas gentes, exclamó Babuco, á sus muertos en los sitios mismos donde adoran la divinidad! ¡con que estan empedrados con cadáveres sus templos! Ya no me espanto de las pestilenciales dolencias que con tanta freqüencia afligen á Persepolis; capaz es de envenenar todo el globo terraqüeo la podredumbre de tantos muertos y de tantos vivos apeñuscados en un mismo sitio. ¡Ha, qué sucio pueblo es Persepolis! Sin duda que la quieren destruir los ángeles, para edificar otra Ciudad mas hermosa, y poblarla de gentes mas aseadas, y que mejor canten: la Providencia sabe lo que se hace; no nos metamos en quitarle su idea.

Acercábase ya el sol á la mitad de su carrera, y tenia Babuco que ir á comer al otro extremo del pueblo, á casa de una dama para quien le habia dado carta de recomendacion su marido que era oficial en el exército. Anduvo por mil y mil calles de Persepolis; vió otros templos mas bien adornados, adonde concurria gente mas culta, y donde se oía una harmónica música; reparó en fuentes públicas, que aunque defectuosas hacian maravilloso efecto; vió frescas y amenas calles de árboles, jardines donde se respiraban los mas exquisitos olores, y se vían reunidas plantas de los mas remotos pueblos. Maravillóse al ver magníficos puentes, puesto que estaban destinados á pasar un arroyuelo que sin mojarse los piés se vadea las quatro quintas partes del año; pasó por calles anchas y magníficas, llenas de palacios á una y otra acera, y entró por fin en casa de la dama que con una sociedad de personas decentes le esperaba á comer. Estaba su casa limpia y bien adornada; la señora era moza, hermosa, discreta y cortés, y la sociedad amable; y decia Babuco entre sí: Sin duda que habia perdido el juicio el ángel Ituriel, quando queria destruir una ciudad tan cumplida. Mas advirtió muy breve que la señora, que al principio le habia pedido amorosamente nuevas de su marido, al fin de la comida hablaba mas amorosamente á un mago mozo. Luego vió que un magistrado delante de su propia muger hacia mil halagos á una viuda, la qual estrechaba con una mano el cuello del magistrado, y daba la otra á un mozo muy lindo y modesto. La primera que se levantó de la mesa fué la muger del magistrado, que se encerró en un gabinete inmediato para conferenciar con su director de almas, hombre eloqüentísimo, que con tal energía hubo de discurrir con ella, que volvió abochornado el rostro, humedecidos los ojos, la voz trémula, y los pasos vacilantes.

Babuco entónces se empezó á rezelar de que tenia razon el genio Ituriel. Con el dote que tenia de grangearse la confianza, supo aquel dia mismo los secretos de la dama, la qual le fió su cariño al mago mozo, asegurándole que en todas las casas de Persepolis encontraria lo mismo que en la suya habia visto. Infirió Babuco que no podia durar semejante sociedad; que todas las casas habian de estar asoladas por zelos, venganzas y rencillas; que sin cesar habian de verterse lágrimas y sangre; que infaliblemente habian de matar los maridos á los cortejos de sus mugeres, ó de ser muertos por ellos; finalmente que hacia Ituriel muy bien en destruir de una vez un pueblo abandonado á horrendos desórdenes.

Fuése despues de comer á uno de los mas soberbios templos de la ciudad, y se sentó en medio de una muchedumbre de hombres y mugeres que habian ido allí á matar el tiempo. Subió un mago á una máquina alta, y discurrió largo tiempo acerca del vicio y la virtud; y habiendo dividido en varias partes lo que no era menester dividir, probó metódicamente las cosas mas claras, enseñó lo que sabia todo el mundo, se exaltó sin motivo, y salió sudando y sin respiracion. Despertóse entonces la gente, y creyó que habia asistido á una instruccion. Babuco dixo: Este buen hombre ha hecho quanto ha podido por fastidiar á doscientos ó trescientos conciudadanos suyos; pero su intencion era buena, y esto no es motivo para destruir á Persepolis.

Lleváronle, al salir de esta asamblea, á que viera una fiesta pública que se celebraba todos los dias del año en una especie de basílica, en cuya parte interior se vía un palacio. Formaban tan hermoso espectáculo las ciudadanas mas hermosas de Persepolis, y los principales sátrapas colocados en órden, que al principio creyó Babuco que se reducia á esto la fiesta. En breve se dexáron ver en el vestíbulo de este palacio dos ó tres personas que parecian reyes y reynas; su idioma era muy distinto del que estilaba el vulgo, y tenia ritmo, harmonía y sublimidad. No se dormia nadie, que todos en alto silencio escuchaban, y si le interrumpian, era para dar pruebas de admiracion y ternura general; y con tan vivos y bien sentidos términos se hablaba de las obligaciones de los reyes, del amor de la virtud, y de los riesgos de las pasiones, que arrancáron lágrimas á Babuco: el qual no dudó que fuesen los predicadores del imperio aquellos héroes y heroinas y aquellos reyes y reynas que acababa de oir, y hasta hizo propósito de persuadir á Ituriel que los viniese á escuchar, cierto de que semejante espectáculo le reconciliaria con Persepolis para siempre.

Concluida la fiesta, quiso visitar á la reyna principal que en aquel hermoso palacio habia anunciado tan sublime y acendrada moral. Hizo que le introduxeran en casa de su magestad; y le lleváron por una mala escalerilla á un segundo piso, donde halló en un aposento pobremente alhajado una muger mal vestida, que con noble y patético ademan le dixo: Mi oficio no me da para vivir; uno de los príncipes que habeis visto me ha hecho un hijo: estoy para parir: no tengo dinero, y sin dinero todo parto es un mal parto. Babuco le dió cien daricos de oro, diciendo: Si no hubiera cosas peores en la ciudad, poco motivo tuviera Ituriel para estar tan enojado.