Fué preciso calafatear el navío en la costa de Golconda, y me aproveché de la oportunidad para ver la corte del gran Aurengzeb, de quien se contaban entónces mil portentos. Estaba este monarca en Deli, y gocé el gusto imponderable de contemplarle facha á facha el dia de la pomposa ceremonia en que recibió la celestial dádiva que le enviaba el cherif de la Meca, y era la escoba con que se habia barrido la santa casa, la caaba, la belh-Alah: escoba que es el símbolo que alimpia todas las suciedades del alma. Parece que no la necesitaba Aurengzeb, que era el varon mas religioso de todo el Indostan, puesto que habia degollado á uno de sus hermanos, y dado veneno á su padre, y habia hecho perecer en un patíbulo á veinte rajaes y otros tantos omraes; pero no queria decir eso nada, y no se hablaba de otra cosa que de su devocion, á la qual la de ningun otro era comparable, como no fuese la de la sacra magestad, del serenísimo emperador de Marruecos, Mulcy Ismael, el qual cortaba unas quantas cabezas todos los viernes, despues de hacer oracion.

No articulé yo palabra, que me habian escarmentado los viages, y sabia que no era juez competente para fallar entre estos dos augustos soberanos. Confieso empero que un francés mozo, con quien estaba alojado, faltó al respeto debido á los emperadores de Indias y de Marruceos, diciendo con mucha imprudencia que en Europa habia soberanos muy píos que gobernaban con acierto sus estados, y freqüentaban tambien las iglesias, sin quitar por eso la vida á sus padres y hermanos, ni cortar la cabeza á sus vasallos. Nuestro intérprete dio cuenta en lengua india de las expresiones impías de este mozo. Instruido yo con lo que en otras ocasiones me habia sucedido, mandé ensillar mis camellos, y me fui con el francés. Luego supe que aquella misma noche habian venido á prendernos los oficiales del gran Aurengzeb; y no habiendo encontrado mas que al intérprete, fue este ajusticiado en la plaza mayor, confesando sin lisonja todos los palaciegos que era muy justa su muerte.

Quedábame por ver la Africa para disfrutar de todas las delicias de nuestro hemisferio, y con efecto la ví. Unos corsarios negros apresaron mi embarcacion. Quejóse amargamente mi patron, y les preguntó por qué violaban las leyes de las naciones. Fuéle respondido por el capitán negro: Vuestra nariz es larga, y la nuestra chata; vuestro cabello es liso, y nuestra lana riza; vuestra cutis es de color ceniciento, y la nuestra de color de ébano; por consiguiente, en virtud de las sacrosantas leyes de naturaleza, siempre debemos ser enemigos. En las ferias de Guinea nos compráis, como si fuéramos acémilas, para forzarnos á que trabajemos en no sé qué faenas tan penosas como ridiculas; á vergajazos nos haceis horadar los montes para sacar una especie de polvo amarillo que para nada es bueno, y que no vale, ni con mucha, un cebollino de Egipto. Así quando os encontramos nosotros, y podemos mas, os obligamos á que labreis nuestras tierras, y de lo contrario os cortamos las narices y las orejas.

No habia réplica á tan discreto razonamiento. Fuí á labrar el campo de una negra vieja por conservar mis orejas y mi nariz, y al cabo de un año me rescatáron. Habiendo visto todo quanto bueno, hermoso y admirable hay en la tierra, me determiné á no ver mas que mis dioses penates: me casé en mi pais, fuí cornudo, y ví que era la mas grata condicion de la vida humana.

Fin de los viages de Escarmentado.

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MICROMEGAS,

HISTORIA FILOSOFICA.

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CAPITULO PRIMERO.