La campaña se llevó punto por punto con una precisión admirable. Comenzó el desbande de las tribus. Pincén, Epumer, los Catriel, Baigorrita, Mariano Rozas, Namuncurá, y cien capitanes más, desorientados ante este avance sistemado y uniforme sobre sus dominios, o caen prisioneros, o se someten, o huyen hacia el sur, a recaudo del avance arrollador. La nación ranquelina, extendida en setecientas leguas sobre la Pampa, en medio de espesos bosques y grandes praderas, tiembla ante esta irrupción civilizadora, se defiende al principio con recursos infructuosos de montonera; pero desprevenida y desorganizada para la lucha, cae, se rinde o huye. Lo propio ocurre con las demás tribus enseñoreadas hasta entonces del desierto. No hay derramamiento de sangre en nuestras tropas. Y ese es, precisamente, el mayor de los triunfos, del punto de vista militar. Las travesías, sin embargo, son penosas. Aquella naturaleza montaraz supo tener sus dolorosas sorpresas para nuestros soldados, desconocedores del amplio e ignorado país. A veces la sed; el hambre a veces. La engañadora laguna, daba salitre en vez de agua cristalina; el campo de totoras ocultaba el temible tembladeral. ¿Y la falta de forraje para las bestias? ¿Y la arena cruel de los médanos? ¿Y los vientos? ¿Y el despiadado temporal?...
—Si no te hallas en actitud con estos medios, de dar debido cumplimiento a lo que se te va a encomendar y crees que se te sacrifica—le decía el general Roca a uno de sus jefes, quejoso por la escasez de elementos con que debía de iniciar su marcha—dilo con tiempo, que yo no quiero forzarte a marchar contra tu voluntad. Debo prevenirte, que ni Uriburu, ni Racedo, ni el comandante Roca, ni Levalle, ni García, llevan carros ni carruajes. El único que lleva esas cosas soy yo y yo no sé si tendré que tirarlas en el camino...
Meses después, el ilustre jefe podía asegurar con entera confianza en la eficacia de la magna obra:
“Los indios se han visto asediados, confundidos y oprimidos en todas partes y en todas direcciones. No ha quedado un sólo lugar del desierto donde pueda crearse una nueva acechanza contra la seguridad de los pueblos que tocan con sus pertenencias en la Pampa, ni de las personas e intereses que vengan en lo futuro a radicarse en estas vírgenes y generosas tierras que por sus cualidades naturales de producción y de clima, revelan hoy claramente la razón de ser del arraigo secular, la vida y fortaleza relativa de sus habitantes bárbaros.
“Los pocos indios que quedaban en el territorio así dominado, han caído en poder de nuestras fuerzas o se han apresurado a presentarse; otros han huído abandonando a sus familias a la muerte en la travesía. Namuncurá debe su temporaria salvación a la anticipación de tiempo en que emprendió su retirada a los valles interiores de la cordillera donde hoy se encuentra amparado por su pariente Ranque-Curá, que tendrá que responder perentoriamente de este hecho. Baigorrita y los restos de su tribu, quedan aún dentro del cerco de nuestros dominios: se tienen noticias por prisioneros tomados, del estado de aniquilamiento de recursos de movilidad y mantención con que se trataba de escapar a la persecución de nuestras partidas, en cuyas manos es casi seguro caerá, ya sea en la parte occidental de Chadi-Leuvu, donde le sigue una columna de la tercera división, o en la cordillera, en las guardias de la cuarta o en el Colorado donde cruzan las que he desprendido de las de mi inmediato mando.
“En los valles de los Andes, ha recibido golpe de muerte el tráfico tan inmoral y tan antiguo, como la plaga de los indios, que allí tenía lugar con el robo que éstos hacían de nuestras haciendas. La presencia de las fuerzas de la cuarta división ha cortado definitivamente ese mal que hoy ha podido apreciarse cuánto ha debido perjudicar a nuestro país.
“Los ganados argentinos no pasarán en adelante los anchos y multiplicados boquetes de la cordillera del sur, sino por la consignación de sus legítimos dueños; y serán de hoy más aquellos campos una nueva ventajosa expansión del comercio ganadero legal, especialmente para las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Buenos Aires, que podrán hacer su itinerario directo por el paso de los ranqueles, vías del Colorado y Río Negro para sus compras, invernadas y transportes al mercado trasandino.
“No ha sido menos fructífera esta campaña en lo que toca a la adquisición de conocimientos sobre la geografía y topografía de esta región hasta hoy desconocida y en los que han venido a rectificarse muy favorablemente las noticias o conjeturas que había a su respecto. Muy lejos de la aridez desconsolante que algunos han supuesto en la mayor parte del territorio que se llama la Pampa, se tienen, en general, los mejores datos acerca de la buena calidad de los campos que han recorrido las divisiones y las partidas sueltas, que han llevado unas y otras especial encargo de estudiar esto con interés; y en cuanto a la dilatada extensión que yo mismo he recorrido, me ha producido el convencimiento de que en ningún punto de ella se verían defraudadas las esperanzas del agricultor o criador de cualquier especie, dado los trabajos a que debe responder toda buena tierra y mejor clima.”
Así hablaba el general Roca en el parte general, como comandante en jefe del ejército de operaciones y elevado al ministro de guerra interino. Quedaba con ésto entregado al acervo nacional el vasto territorio. Asegurada la tranquilidad territorial; destruído el señorío salvaje; francos los caminos; libres los campos; garantida la propiedad privada con el amparo de la ley; se abría la Pampa como un tesoro invalorado al empuje civilizador. Sobre las huellas frescas de nuestra caballería, se plantaba la colonia. Eclosionaron los pueblos. El tren, detenido en el Azul, avanzó campo afuera mientras nuevas ferrovías pobladoras debían llegar al corazón del país de los caldenes, llevando el éxodo emigrador. Cuarenta años después de aquella gran cruzada, capaz de consagrar por sí sola la figura del héroe, el viajero de hoy mira desde el tren la campiña florida. Se renueva el paisaje con la loma tapizada de verdura, la arboleda de sauces, de eucaliptus y de aromos, el chalet elegante, el camino decidor y geométrico, linde y motor de la propiedad subdividida y cultivada. Un hálito de vida nueva invade el solar infinito. Y todo se transforma. ¡Hasta los vientos! Cae el bosque hirsuto bajo el hacha del leñador. Mueren los pastos punas al cruce del arado y se alegran los oteros con las gramillas y el aromado trebolar. ¡Y qué transformación! Ya no se queja en los senderos el chirrión de dos ruedas que conducía a nuestros bravos oficiales del ejército a su destartalada estación telegráfica en donde, por estrechez, se fumaban hasta los libros. El salto ha sido brusco, fundamental, imprevisto, vertiginoso. De la carreta, al automóvil; de la vaca cueruda y flaca, a los más nobles ejemplares de alta mestización; del trigo salvaje, cultivado a la buena de Dios, al trigo campeón consagrado en el más significativo de nuestros certámenes con el nombre bautismal