Era a la sazón ministro de la guerra, el general don Benjamín Victorica. El pueblo criollo cuyos primeros vecinos proceden de Mercedes de San Luis, recibe el legado de las armas dispuesto a desenvolver sus energías y a apresurar la colonización del vasto territorio. Era la simiente de la pacificación llevada por la guerra y que debía germinar en rama de olivo entre los campos agrestes y los bosques del norte. Y en verdad, que no podía el ejército haber elegido un punto más estratégico y central para la fijación del núcleo urbano.
Abarquemos en una ligera reseña el amplio panorama de la heredad indígena, donde estaban aún frescas las huellas de la salvaje dominación. Poitahué, vecino a Victorica, puede considerarse el punto de irradiación de aquel dominio bárbaro. El paraje es boscoso, lleno de quiebras y circundado de médanos. Las selvas se escalonan en anfiteatro hasta empenachar las más altas colinas. Allí, desde tiempo inmemorial, se consagraron las más sonadas aventuras indígenas, alianzas y parlamentos y se tramaron las más bravas invasiones a tierra de cristianos. Fueron estas selvas, metrópoli gubernaticia en lo bárbaro e institucional y gran mercado de transacciones en el comercio y la ganadería. Hasta allí vinieron los plenipotenciarios del Limay, de Mendoza y de ultra cordillera a transar convenios “internacionales” y legislar sobre los campos sin fronteras; y vinieron también arrieros y negociantes a comprar ganados y cargar en sus recuas con la sal de las lagunas. Hacia el sur oeste, donde el bosque se diluye en aislados matorrales, dos lagunas, como dos broches de plata, cierran la herradura de los médanos. Allí tenía el cacique Quinchao su aduar, como un cancerbero puesto en guardia junto a los primeros árboles de la selva mitológica. Desde la cresta de las lomadas vecinas, la vista abarca un dilatado horizonte. Hacia el sureste se abre, otra vez, el bosque infinito y espeso. Es el Rincón de Baigorrita entre cuyas tupidas arboledas supo, el famoso cacique, buscar refugio como un gato montés. Más allá una hondonada; luego un médano. Después, una laguna—Metero-Quett—abundosa mina de sal común.
Se entra después en la tierra próvida: Yuá-Yuá. Fué en este valle feracísimo donde Painé había asentado su pueblo. Tierra rica en humus, se prodiga en gramíneas silvestres y en pintorescas perspectivas. Levantada la tienda aborigen, nuestras tropas encontraron cebadales sembrados en forma rutinaria pero floreciente. De este oasis, que suponemos invernadero promisor para las caballadas indígenas, pudo decir el doctor Benjamín Dupot cuando en 1879 lo cruzó con las tropas del coronel Rudecindo Roca: “De todos los terrenos que hemos recorrido, desde Villa Mercedes de San Luis hasta aquí, 92 leguas, es el más feraz éste, pareciendo que fuese fecundada la tierra artificialmente.”
Pero este valle no es más que un anticipo de la vega fertilísima que sigue al sur espaldada en semicírculo por las colinas de Calpe y Curru-Mahuida, que corren paralelamente de noreste a suroeste y donde, en previsión del árido desierto que vendrá después, la naturaleza parece que hubiera desbordado en gracias. Lástima que es breve el solar valletano. Pero es nutricia y es húmeda su tierra y basta una lluvia tímida para tapizar de verdura el prado. Aquí se abre el horizonte sobre la travesía como una puerta infranqueable que los indios denominaron Huin-cul.
Desde allí hasta los derrames del Atuel, sobre las arenas del Chadi-Leuvú, el terreno se presenta fragoso y desigual, ora lleno de dunas errátiles, ora salpicado de jarillas y piquillines precarios, ora con praderías fértiles pero amargas, ora con sotos exíguos pero poblados de gramillas y trébol de olor.
Pero no es esto todo el vasto país que dominaron los ranqueles. Hacia el norte y hacia el sur y hacia el este llevaron la fuerza brutal de su poderío. Y si nómades fueron sus correrías, no fué por la pobreza de sus valles, que no convivieron la tierra propia, en los afanes del trabajo remunerador. Guerreros por casta, sañudos y andariegos por modalidad, no era el sedentarismo de la labor agraria el que había de poner freno a su vida gandul. Con invernadas fértiles ¿a qué razón intentar el labrantío, si era más fácil poner por delante de sus potros los ganados ajenos y alcanzar la inmensidad de los bosques y las vegas recónditas? ¡Ah si hubieran sido sosegados y trabajadores como los indios de la meseta! La misma facilidad de la vida sobre la tierra fértil y bajo el sol benigno, contribuyó a entorpecer su propia étnica, trabajada en la guerra y en la rapiña del pueblo araucano, su antecesor. Y hubieron de perder su paraíso porque no supieron cultivarlo para vivir en paz a su sombra.
¡Sus valles! ¡Sus bosques! ¡Sus serranías! ¡Sus lagunas!... En Ranquel-có, exuberante pradera regada por su arroyo juguetón y circundada de médanos hechos al azote del viento, solía Baigorrita invernar sus caballadas. En Leuvucó, junto a la laguna de Ochoel, donde se dividía el extenso reinado con Epumer, salpicado por vastas selvas y claros ubérrimos, mantenía su tienda Mariano Rosas, mientras el predio le devolvía con trigos y cebada el trabajo de aventar la semilla. ¿Y Cochicó? ¿Queréis algo más bello? Sobre este valle, santificado por la tragedia, un militar de la cruzada, en parte a Racedo, suscribió esta breve semblanza: “La naturaleza parece hacer alarde de sus galas. Difícil es describir la particularidad de esa perla—permítasenos la frase—en la soledad misteriosa de la Pampa.”
Y todo lo perdieron. Quedó la inmensa heredad abandonada. Las tolderías deshechas. Creció la maleza en las vegas inactivas y ansiosas de ganado. Se cubrieron de maraña los senderos ocultos que se retorcían como serpientes hasta el corazón de las selvas. Y cuando la civilización, legataria del esfuerzo armado, quiso recoger el premio de su gran conquista, pensó en que la obra inmediata de esta depuración debía llevarla la colonia.
Así nació Victorica, primera avanzada civilizadora en el país de los ranqueles.