—La alfalfa da bien, siempre que la lluvia sea pródiga—nos dice.—Hay que refinar el campo paulatinamente, pues por la flojedad de la tierra, resulta que con un par de aradas se forma médano. Al comienzo sembramos de 6 a 7.000 hectáreas. No llovió y se perdieron. El agua es problemática, además. Las napas corren de diez a quince metros, pero suelen estar a profundidades no menores de cien. El anterior fué un año pésimo para la alfalfa.

—¿Y este año?—interrogamos.—Porque el cuadro próximo a la estancia es un primor...

—Vea usted lo que ha ocurrido con ese cuadro. En el mes de mayo, imbuído del pesimismo anterior, sembramos ese campo, pero a la de Dios que es grande: sin arar la tierra. Se empleó solamente la rastra de discos, tanto para desparramar la simiente. Y ahí tiene usted: la alfalfa es una maravilla. El prodigio lo ha hecho la lluvia; ni más ni menos.

—¿Y cuál es el promedio de lluvia en la comarca?

—En 1915 llovió 467 milímetros; en 1916, 244; y en lo que llevamos de 1917 hasta octubre, 363 milímetros.

Como se ve por estas cifras, no es la escasez pluvial lo que ocasiona el fracaso en los forrajes; es la falta de oportunidad en las lluvias. Así vemos que con un milimetraje tan exiguo como el que registran estos tres trimestres, los alfalfares de mayo han alcanzado una lozanía excepcional, con sólo aventar la semilla y distribuirla en la tierra con un rastrillaje superficial.

No siendo hasta ahora de un resultado seguro la alfalfa, el procedimiento de los silos no se ha puesto en práctica aún. El almiar es un depósito más inmediato para los momentos apremiosos del ganado. Arguye, además el señor L., que para los silos subterráneos no se presta el suelo, por su falta de densidad. La arena es un inconveniente insalvable, según su opinión.

Nos explicamos que este espíritu de hombre de progreso, trabajado por ingratas alternativas en el rendimiento de su labor rural, tenga su poco de pesimismo, después de haber afrontado con voluntad serena aquellos difíciles preliminares del refinamiento ganaderil. Tal vez dentro de aquella acción tesonera ha faltado un poco de iniciativa para alternar los cultivos del campo con rendimientos de otra naturaleza, o un empecinamiento cerrado ha circunscripto la constante labor alrededor del círculo vicioso de cebar vacunos en alfalfares problemáticos. Y no se puede tomar como ejemplo, ninguna desilusión aquí en Victorica, donde cuarenta leguas afuera hay establecimientos como Ventreucó con diez y seis leguas de campo destinadas a cría y engorde y a donde ha ido a plantar alambrados con postes de fierro la garra inglesa, valiente y tenaz.

—¿Y el monte?—interrogamos.

—El monte he dejado de explotarlo—nos dice el señor L.—Hoy por hoy, no rinde la leña como negocio. Son malos los caminos. Son pesados los fletes...