Sin duda, los que ignoran—y son muchos en la República—que en la zona que hemos dado en definir con el nombre de “terralfar puntano”, hay trescientas lagunas, recibirán con sonrisa irónica el aserto. Con geografías hechas a tirones por burócratas y no por geógrafos; con mapas deficientes; nada de extraño que la planicie de las lagunas, lo más mediterráneo del país, muy poco interés hubiese despertado hasta hoy en el sentido de crear y explotar la industria piscícola. El estudio cartográfico de Lallemant, pudo haber influído en la difusión ventajosa de la comarca; pero, desgraciadamente, intereses particulares han retenido—quizá hasta las calendas griegas—la edición de esta obra que tan ingente labor costó al espíritu meditativo del sabio y a la disciplina profesional del ingeniero.
Estas lagunas, de agua dulce y permanente, que tachonan como las Pléyades del cielo, la gran pradera, son hijas de los vientos. Los “huaicos” o erosiones, han formado, a través de los siglos, estas hoyadas alrededor de los manantiales. Y prueba de ello es que los bordes de las lagunas son médanos empastados, propicios a las isletas de piquillines, de molles morados y talas, de quebracho blanco y cedrón, con suave bajada al naciente y bordes altos en la ribera opuesta. Las lagunas Capelen, Soven, Tastú y Los Leones, son las Cabrillas del grupo, por su tamaño y profundidad. Las demás, en todo lo que abarca la zona comprendida entre Villa Mercedes y Buena Esperanza, Paunero y Villa Valeria de Córdoba, tienen, por lo común, extensiones que no exceden de diez y siete hectáreas, como término general, y se encajonan entre barrancas sobre lechos profundos, arenosos y firmes. Muchas son de agua ligeramente salobre y todas abundantes de totoras y aneas donde se prodigan los crustáceos, alimento nutritivo de los peces.
De esta constelación de lagunas, cuarenta, por lo menos, están pobladas de pejerreyes, dando lugar a una nueva industria con perspectivas remuneradoras. Arranca esta civilización lacustre de 1902, época en que el vecino don Carlos G., persuadido de que podía ser factible la crianza de peces, llevó agua de estas lagunas al ministerio de agricultura, deseoso de conocer los resultados de un análisis prolijo, requisitoria que—a estar a informes oficiosos—no despertó mayor interés en el gobierno nacional. Dos años más tarde—en junio de 1904—los señores Roberto y Edmundo W., se dirigían a la misma autoridad insistiendo sobre la necesidad de iniciar la piscicultura regional con especies apropiadas.
Por aquel entonces, el gobierno había contratado al ictiólogo norteamericano Titcomb, con la misión de introducir peces exóticos en nuestros ríos y lagunas, y al afamado piscicultor don Eugenio Tulliam, norteamericano también. Estos experimentadores quedaron asombrados al conocer la excelencia del pejerrey argentino, superior, en mucho, a cualquiera de las especies que pululan en ríos y lagos del continente septentrional. Sin embargo, tuvo la opinión de los técnicos sus tropiezos, frente al juicio pesimista de la repartición ministerial. Y sin duda, hubieran fracasado aquellos preliminares, a no mediar la actitud resuelta del general Roca, asesorado por Ronaldo Tidblom, director entonces de ganadería y agricultura.
Sobre esta seguridad alentadora, Tulliam verifica el primer ensayo de fecundación artificial de pejerreyes en la laguna Chascomús. Los primeros huevos, genitores de los copiosos cardúmenes que hoy prosperan en las lagunas puntanas, fueron depositados el 6 de noviembre de 1904 por el mismo piscicultor. Venía Tulliam, el piscicultor, a sancionar en la práctica la expresión gráfica que el anecdotario atribuía a Titcomb, el ictiólogo:
—Francamente, no sé para qué me han llamado ustedes... ¡Ojalá Estados Unidos tuviera el pejerrey de las lagunas argentinas!
Pasó el tiempo. Comprobado, más tarde, que aquellas gestas artificiadas por la ciencia, habían caído en aguas piadosas y fecundas, lleva don Edmundo W. los primeros ejemplares de pejerrey puntano a la dirección de piscicultura del ministerio. Estaba tan arraigado el prejuicio que negaba éxito a la fecundación artificial, que poco faltó a los técnicos para proclamar la impostura del señor W. De lo que estamos seguros es que alguien dijo, con sospechosa ironía, mirando los pescados:
—¡Qué hermosos... y qué fresquitos!... Cualquiera diría que vienen del Mercado del Plata...
Pero triunfó la buena fé del propagandista. Y fué una comisión técnica a la laguna Los Barriles, en Lavaisse. El 2 de octubre de 1907, en tres tiradas de red, se obró el milagro de los peces. Sesenta y cuatro pejerreyes cayeron en las mallas arteras. Y entre los incautos, representantes de más de tres generaciones, se dejaron coger ejemplares de 27 centímetros de largo.
Pero, ni aun sobre la comprobación indubitable, se encontró el apoyo oficial reclamado. Entonces los hermanos W., creyéndose moralmente obligados a no cejar en tan empeñosa gestión, comenzaron a poblar las lagunas de la zona, usando el sistema de trasladar en toneles y de una a otra laguna, los peces vivos. En esta forma se logró un transporte eficaz hasta a distancias de doce leguas y en lo más riguroso del verano. Es así como se han poblado cuarenta lagunas del terralfar puntano y frontera de Córdoba. Con la población del semillero de lagunas hondas y perdurables, que vitalizan y alegran la comarca, vendrá, sin duda, la gran empresa con mercado franco en las capitales y centros del interior y hasta en el mismo Buenos Aires.