Apesadumbrados. Doloridos, apenados.

LOS SAUCES PATAGONICOS

Cuando las tropas nacionales que batieron el desierto, llegaron, después de penosa travesía, a las márgenes del Colorado, el saucedal silvestre les brindó su amable abrigo. Sobre la copa del sauce más viejo y más alto, la gratitud nacional que ya comenzaba a tejer la corona a sus muertos ilustres, puso un nombre: Alsina. “Paso Alsina” se denominó aquel vado del río. Por allí cruzó el ejército, rumbo a Choele Choel. El sauce patagónico fué el primer amigo que recibió cariñosamente, campechanamente, a nuestras armas victoriosas y fatigadas. A su sombra, sentimental y alegre—supervivencia aborigen del territorio conquistado, que reclamaba ranchos criollos para perpetuarse en su aspecto familiar—debía sentar sus bases la colonia.

Y fué así nomás. Los sables mellados de nuestra caballería, volvieron al arsenal. La tierra reclamaba el brazo de los héroes para abrirse en su estupenda maternidad. Y mientras se trocaban las carabinas por las palas, y las cureñas por las carretillas de mano, en la empeñosa tarea de sangrar al río por canales fecundizadores, con las ramas de los sauces patagónicos se levantaban las viviendas de los labriegos—soldados de ayer—y se construían las estevas de los arados.

¡Qué árbol más expresivo, más lleno de dolor y de amor, más hospitalario y más humilde, más generoso y más eterno! El caldén pampeano es la fortaleza; el sauce patagónico, la bondad. Se complementan los dos en el simbolismo autóctono y en la leyenda salvaje. Aquél tiene la braveza indomable del indio, hosco, retorcido, huraño; éste tiene la generosidad de la tierra virgen. Si fueran pájaros, serían el carpintero y el chingolo; si fueran bestias, serían el puma y el guanaco; si fueran hombres, serían el soldado y el labrador...

Vosotros, los porteños burócratas, no lo conocéis. Cuando los hayáis trasportado a vuestros jardines; cuando exornéis vuestros parques con sus bosquecillos elocuentes y sentimentales; cuando le cobréis el amor que reclama, veréis que ningún árbol como el sauce patagónico más digno de dar el gajo que pide el bronce para plasmar la corona a los héroes de la Pampa, Río Negro y Nahuel Huapí...

El sauce llorón tiene un aspecto único. Parece el dolor de una vidalita. Llora sobre la huesa de sus muertos, sobre la acequia que corre a su pie, sobre el rebaño que ramonea su follaje, sobre el rancho que cobija. El cielo le da el rocío para la fuente de sus lágrimas. El sauce patagónico, tiene otra expresión y otro lenguaje. Hay en su aspecto un seducente panteísmo que llama al contemplamiento, a la silenciosa invocación. Tal el efecto que nos hizo un grupo de sauces, vecino a la ribera del río, en la isla de Choele Choel. Cada planta adoptaba una actitud diferente. Aquel sauce, después de levantarse cuatro metros, se inclinaba hacia el suelo, en una gran comba, como un misterioso signo de interrogación. Aquel otro, parecía retar al cielo, empinado y sombrío a la vez, como un Prometeo avasallador. El de más allá era un eremita achacoso y beatífico encapuchado en su mustio jergón. Otro parecía hincado en el suelo, levantaba el tronco central, decapitado en su copa, y se abría desde abajo en dos ramas inmensas, como dos brazos de piedad. Y todos así: adoloridos, quejumbrosos, extraños...

Y hemos pensado en el drama silencioso de estas plantas y en la burla cruel del río que dejó la amistad de sus sauces ribereños para escurrirse por un nuevo canal. ¡Y así está de angustiada la fronda!...

Pero, dejemos el ensueño. La industria reclama su prosa vil en el aprovechamiento de las plantas, así sea el laurel de Apolo, los árboles hespéridos o el olivo augural. Estos sauces que bordean los ríos de la Alta Patagonia, constituyen sin duda, una de las riquezas naturales más firmes de la zona. Los bosques de ñire, de lenga, de araucarias, de coihué, de cipreses y de raulí, que comprenden sin desperdicios la inmensa zona cordillerana, desde el río Agrio hasta la Tierra del Fuego, representan un valioso tesoro. Pero su industria es mediata, cuando se pueble, cuando se lleve el ferrocarril hasta aquel gran país de las montañas, casi desconocido para el resto de la República. Y no sólo es mediato el aprovechamiento industrial de las florestas—salvo ensayos de poca trascendencia—sino que la repoblación de aquellos bosques, de nobles maderas, es gravosa en dinero y eterna en tiempo.

El sauce patagónico, es la carne de perro puesta al margen de los pueblos valletanos, corriendo en interminable cenefa, junto al Negro y al Colorado, a la vera del ferrocarril del Sud. No tiene el sauce el problema de la repoblación que tienen las maderas duras de las demás especies patagónicas. Una explotación sobre determinada superficie, que posea ejemplares maderables para trabajar de cinco a ocho años, puede formalizar una labor ininterrumpida sin solución de continuidad, debido al crecimiento rápido de los árboles jóvenes. El ingeniero forestal Max Rothkugel, ha publicado recientemente, bajo el patrocinio de la oficina de bosques y yerbales del ministerio de agricultura, un interesante volumen titulado “Los bosques patagónicos”, con numerosos cuadros, mapas y fotografías. Sin embargo, en esta labor, que debe ser dispendiosa para el gobierno, no dice una palabra sobre el sauce patagónico, a pesar de la importancia industrial que representa, tal vez el primer renglón en el aprovechamiento eficaz e inmediato de nuestras florestas australes.