La finca Los Canales, a tres leguas largas de la capital del Neuquen frente a la estación Plottier, enmarcada entre la ferrovía y el Limay, nos da una idea clara de las tierras ribereñas y su feracidad.

Data de nueve años la iniciación agrícola de este establecimiento.

El macizo de cultivos, con la casa familiar, la administración y demás dependencias del establecimiento, se levanta al lado de un lago pequeño y transparente, antiguo remanso del río, separado del cauce por los terrenos de aluvión. Cuando los hermanos P. iniciaron la finca, sólo un sauce patagón empenachaba el barranco. Hoy el árbol genitor oculta sus achaques entre el copioso alamedal de importación que bordea y embellece el lago y entre cuyas abaras se refugia algún alfalfarcito de experimentación o algún liño de vid alza sus sarmientos en procura de un rayito de sol...

—A este cultivito le llaman en la casa “la viña del doctor"—nos dice uno de los propietarios.—Lo he plantado entre los árboles para retrasar su vendimia y comer uva fresca en los comienzos del invierno...

Felizmente, el pecado de mezquinar el sol a las plantas, se reduce a este plantel minúsculo, lo que no autoriza para advertir en su poseedor, un rasgo de sibaritismo, sino una manifestación de buen tono en los halagos de la mesa.

Actualmente los viñedos de esta finca cubren una extensión de veinte hectáreas, correspondiendo las principales plantaciones a las clases francesas cabernet, malbec y semillón, sin olvidar la criolla y moscatel. El doctor P. nos informa que cultiva más de sesenta variedades a título de comprobación, sobre la prosperidad y adaptación climatérica de las especies y la conveniencia de expandir los tipos más vinificables. Esta diversidad en los cultivos vitícolas es un achaque de la región, no siempre de resultados eficaces para el manipuleo industrial.

Cuando se inició esta finca, no había pasado el tren para Zapala. El campo virgen reclamó para su desfloramiento, una pujante energía apuntalada por el capital. Era menester primero asegurar la fecundación del predio con el riego, antes de iniciar las plantaciones. Mientras se proyectaba el plantel del establecimiento, se traía, en carros, la maquinaria hidráulica. Los primeros trabajos de elevación mecánica de las aguas del Limay, se realizaron a bomba. Solucionado el problema del riego, con una red de canales y acequias que debía amplificarse después con las obras definitivas, se da cuerpo a los primeros cultivos. Mientras se inician los potreros de alfalfa, se ensaya la convivencia de los frutales, el jardín de hortalizas y los primeros barbechos de vid, oriundos de Mendoza y el valle del Río Negro. Conjuntamente se levantan las poblaciones. Estos prolegómenos duran dos años. A partir de 1912, comienzan a producir los prados de alfalfa y la huerta. La primera cosecha vitícola se verifica en 1915. Y a raíz de esta producción, pasan las uvas primigenias al lagar para producir la primer bordelesa de vino.

Es así como se inicia la bodeguita que ha venido ensayando y seleccionando sus mostos hasta acreditar con discreción y en plena juventud, algunos tipos de sauternes, bordeaux y jérez. Esta bodega es la más austral de la zona andina.

Recorremos la propiedad, gratamente impresionados de la buena distribución de los cultivos y el estado floreciente de las plantaciones. La laguna, de riberas peladas diez años atrás, como un retazo que volcó el río sobre las arenas sedientas, es hoy una maravilla, enguirnaldada por el saucedal. A su vera se alza la casa familiar, de ligera elegancia, construída en firme al fondo del jardín estilizado, amplio, tipo francés.

Dentro de la investigación práctica que exige nuestra visita a “Los Canales”, nos interesamos especialmente sobre la producción forrajera y frutal. Aquellos alfalfares resisten cuatro cortes anuales, a conciencia. Estas prácticas de siega obedecen, por lo común a la condición de tener personal disponible para la faena, sobre todo en los predios grandes. La hectárea de viña rinde alrededor de 10.000 kilos de uva para vinos comunes. Las clases de mesa dan rendimientos más apreciables. En lo que se refiere a fruticultura, la producción, cuando no se malogra por fenómenos meteóricos, suele ser excepcional. La cosecha de ciruelas y duraznos fué enorme el año anterior, no así este año, debido a la fuerte helada del 7 de octubre, con una temperatura de siete y medio grados bajo cero. Los manzanos y perales resisten con mayor firmeza a los fríos intensos. No hay granizo. Ninguna enfermedad criptogámica ha atacado aun las plantaciones. No hay filoxera, ni antracnosis en las vides. Es una admirable salubridad la de todo el huerto. La tierra, trabajada convenientemente, desleídas sus sales y regadas con equidad, se materniza sin reatos, produciendo alamedas sombreadas, frutales vigorosos y tupidos alfalfares. La sequedad de la atmósfera contribuye a esta intensa vida vegetal, lozana y fresca, no obstante los rigores de la temperatura en los períodos culminantes de las estaciones. Sólo la cuncuna merodea por los alfalfares. Pero la cuncuna es plaga universal.