¿EL NILO ARGENTINO?

El Alto Valle del Río Negro es una de las zonas del país destinadas al más grandioso porvenir. Se ha dado en motejarla de “Nilo argentino”, aludiendo, sin duda, a las crecidas periódicas del Río Negro, pero sin tener en cuenta la diferencia agrológica con las tierras del Egipto. El parangón puede relacionarse con el régimen de las aguas, no con la influencia fecundizante que puedan ejercer los propios desbordes. El Nilo limifica las tierras, las enriquece, las adiciona. El Negro las depura, las corrige, las salubrifica. Aquél, da con su limo la materia tonificante reclamada por las tierras pobres de su cuenca. Este, obra en sentido contrario: elimina de las tierras gordas, los salitres y las sustancias nocivas que pudieran trabar, a flor de suelo, los cultivos. De manera, que si para los campos egipcios las crecidas del gran río africano, son de una necesidad imprescindible, para nuestro valle conviene, en cambio, la disciplina de los canales para metodizar el aprovechamiento de las tierras aptas y corregir, con la eliminación de los lavajes, las materias que puedan entorpecer los cultivos. Con la civilización hidráulica de las grandes arterias fluviales que surcan y enriquecen este valle, habrá desaparecido por completo tan paradógica comparación.

Este valle no es el Nilo ni por la condición de sus ríos ni por la calidad de sus tierras, ni por su clima, ni por su ventajosa situación. Es único en el caudal de sus riquezas y será único en su futura potencialidad. Lo han reconocido tal, los estadistas, los geógrafos y los viajeros ilustres. Después de su visita a la Argentina, pudo suscribir este concepto sir Charles E. Smith, director en Londres del Ferrocarril del Sud: “Aseguro que los valles del río Negro son maravillosos, estupendos. Llevo de mi viaje la impresión de una cosa colosal.” Se explica entonces, que quien era capaz de propalar una impresión tan franca y categórica sobre las tierras valletanas, tuviera influencia para reflejar en la gran empresa de su Directorio, la necesidad de poner todo el empeño posible en beneficio de la zona, estimulando la colonización, amplificando la superficie de cultivos, nucleando, en fin, los centros urbanos y propendiendo en forma directa, al mayor aprovechamiento cultural del agua.

Es obra de justicia demostrar la gran influencia del Ferrocarril del Sud en toda la zona cultivada y cultivable de este valle. Sin el ferrocarril, que tiende sus líneas desde Bahía Blanca hasta los contrafuertes andinos, recorriendo valientemente cerca de 1.500 kilómetros por campos de ganadería criolla y de agricultura rudimental, no se habría jamás operado el prodigio de la transformación. Con sus rieles fué la población y el capital; sus estaciones provocaron la colonia y el centro urbano. Valorizó las tierras y obligó al parcelamiento y al cultivo. Con la facilidad del transporte, ennobleció los productos del suelo en calidad y en valer, fomentó las explotaciones agropecuarias facilitando los mercados del litoral bahiense y creó—ésta es la palabra—las industrias del forraje y la elaboración del vino. Y como todos estos nuevos exponentes de progreso que vitalizaban la gran zona, debían necesitar, como elementos básicos, de los beneficios del agua, complementa su obra cultural la gran compañía, construyendo bajo su dirección y por cuenta del Estado, el gran canal de riego que arranca en Cordero y terminará en Chichinales, arteria central que unificará más tarde el aprovechamiento de las aguas y que constituye, con el dique del Neuquen, la obra hidráulica más importante y trascendental que se ha realizado en el país.

He ahí en dos palabras la influencia decisiva del Ferrocarril del Sud en el progreso de los valles del Río Negro. Uno de los factores más eficientes en esta acción civilizadora—don Fernando G., presidente del Ferrocarril del Sud y gran argentino—nos trasmite, a nuestro requerimiento, su juicio sobre las orientaciones cardinales que tomará la comarca. Esta opinión, que nos merece confianza por la autoridad que la sustenta, tiene, en suma, puntos de contacto con la síntesis de nuestra observación. Tiene una clara visión del futuro el señor G., cuando atribuye al porvenir definitivo de la zona un carácter eminentemente industrial dentro de la producción agrícola y sus especulaciones derivadas. Para llegar a este desiderátum, cerrando el ciclo cultural de las tierras del valle, tiene que desaparecer paulatinamente el acaparamiento de las tierras, a menos que sus tenedores ejerciten la policultura en forma intensiva. La alfalfa constituye, sin duda, un apreciable cultivo de rendimientos inmediatos. Bien está cubriendo extendidas parcelas; pero mientras no se formalice definitivamente el aspecto industrial de la zona. En efecto: en nuestra gira hemos encontrado fincas de consideración, no muy prósperas debido a su empecinamiento monocultor, con la fiebre de la alfalfa por única orientación productora. La abundancia de lluvias en el litoral, propicias a los cultivos forrajeros, suelen provocar ligeras crisis en los alfalfares del valle, cuando no se ha dispuesto con previsión de su aprovechamiento. Esta ligera consideración, nos hace converger con el juicio del señor G., encauzado hacia el desarrollo de las industrias granjeras y la diversificación agrícola.

En lo que respecta al riego de la región colónica del Neuquen (río Limay), opina nuestro destacado interlocutor que se solucionaría airosamente las dificultades en el aprovechamiento del agua, entregando a los vecinos regantes la administración de este servicio. Se organizaría, en consecuencia, las juntas de riego, evitando así los pleitos y desavenencias con la autoridad. La región valenciana nos da idea de la bondad de este sistema. Con tal procedimiento se extendería la superficie cultivada hasta desaparecer el baldío que no tiene justificación posible en las zonas de riego.

Una observación de carácter social muy digna de tomarse en cuenta, es la que nos trasmite el señor G., sobre los caracteres generales de la población del valle. El fenómeno—que tal puede llamarse al desarrollo demográfico de la zona—merece una atención especial. “Por lo común—opina el señor G.—las zonas de regadío, no atraen de inmediato a los pobladores. Todo suelo que necesita riego artificial, es conceptuado pobre, de primera intención. Habiendo tierras fértiles y fáciles,—piensan los agricultores—¿para qué aventurarnos a estas regiones con la incertidumbre del favor o la adversidad de la suerte? Aquí, en el alto valle del Río Negro, ocurre una evidente concentración. Todo el mundo se arraiga, y no bien se ha puesto en disposición de productividad una tierra, ya tiene compradores o locatarios. Si se realizara un censo en la zona, o sea en el Departamento General Roca, sus guarismos serían una revelación. Nada de difícil sería que en población, nomás, se alcanzara a un total de 30.000 habitantes. En toda época del año, tanto durante la preparación de las tierras, como durante los cultivos y cosechas, nunca faltan brazos, lo que comporta la facilidad de convivir que encuentra el proletariado.”

En efecto: hemos hablado con todos los afincados pobres y ricos. Nadie está descontento del solar. Y si vienen los años malos, nunca son tan fatales como para que los siniestros sean aplastadores y agoten las fuerzas económicas de la región. Numerosos son los concretos que podríamos citar, de agricultores locatarios—no ya afincados—que nos hacen notar el triunfo de su esfuerzo, traducido en bienestar económico y en salud familiar.

Tiene una esperanza bien fundada el señor G. en el emporio azucarero que será la zona, no bien se formalicen los cultivos de remolacha sobre la base de empresas industriales bien montadas.

“Es posible—nos dice—que ninguna región del mundo pueda llenar más cumplidamente las exigencias reclamadas por la industria del azúcar. Aquí están reunidos los cuatro factores esenciales, sobre la base de la mayor economía: tierra apta, agua, combustible y cal. No necesito hacer notar la importancia hidráulica de los saltos producidos por el canal grande. Ahí está la hulla blanca, que suple con ventaja a todo combustible en baratura y en oportunidad. No necesito tampoco demostrar la enorme existencia de cal en diversos puntos de la zona y especialmente en la vecindad de Roca. Con tales elementos, además de las ventajas agrológicas del terreno, queda demostrado que ninguna industria derivada de la agricultura puede estar más capacitada que la azucarera para formalizar en esta zona su gran centro de producción.” Tales opiniones nos dan la oportunidad para manifestar que los recursos hidráulicos de los canales, anticipan a las industrias una fuerza propulsora superior a 20.000 caballos, sin contar los accidentes propicios de los ríos. ¡Ya hay dinamismo para vitalizar la comarca!