En este caso me encontraba cuando vine a Roma. Mis aficiones diplomáticas habían pasado por una crisis dolorosa y padecido un amargo desengaño. La fortuna, como mujer, al fin y al cabo antojadiza y más apegada a jóvenes que a viejos, después de haberme otorgado durante muchos años, y acaso con inmerecido exceso, sus favores, volvióme las espaldas y se acopló con quien, en acecho, aguardaba mi caída. En las postrimerías de una vida consagrada a la luciente ociosidad con que los profanos, que aspiran a gozarla, estigmatizan a los profesionales de la carrera diplomática, no cabía ya el cambiar de oficio, viniendo éste a ser una segunda naturaleza por fuerza de la costumbre, que tenía ya más de cincuenta años en su abono. Gracias a un ilustre y bondadoso amigo que me tendió la mano para que pudiera, no sin trabajo, levantarme, vime restituído a mi carrera y volví a servir al Rey en la Embajada de Roma con no menor celo que en las de Londres y París. Y teniendo en cuenta, aquí como en todas partes, que la ociosidad, siquiera sea luciente, es madre de todos los vicios, procuré evitarla y dediqué los ratos de vagar a la lectura de libros y papeles viejos, siendo los libros amigos que no cambian, y el más seguro trato el de los muertos, nunca engañoso.
Entre los libros que cayeron en mis manos, interesáronme sobre manera los referentes a Lucrecia Borja, que no son pocos, extrañando, como queda dicho, que no hubiera tentado la pluma de los historiadores españoles tan ilustre dama, en cuyo favor ha salido únicamente a la palestra, dispuesto a romper lanzas con su caballeresco espíritu, mi buen amigo el Marqués de Laurencín, director de nuestra Real Academia de la Historia. No pretendo recoger el guante, ni aporto al pleito ningún nuevo documento que pueda servir para su fallo. Mi propósito, mucho más modesto y proporcionado a mis fuerzas, se reduce a dar a conocer a Lucrecia Borja a los españoles que ignoran quién fué o que sólo la conocen por el libro de Gregorovius o la ópera de Donizetti. Es un mero trabajo de vulgarización, basado sobre los datos publicados por los historiadores que hicieron objeto de sus pesquisas a los Borjas. En Inglaterra, como en Francia, abundan esta clase de libros en que la Historia no se nos presenta como maestra de la vida, palmeta en mano y con las severas tocas de dueña quintañona, sino como garrida institutriz, risueña y parlera, que nos divierte al par que nos instruye con su amena charla. Se guardan muy bien los autores de entrar en liza de erudición con esos varones sesudos en cuyas obras se masca el polvo del archivo; pero no se recatan de aprovechar los papeles que éstos encontraron y publicaron, para levantar con los acopiados materiales, no un palacio de sólidos cimientos y vastas proporciones, sino un modesto pabellón de recreo para que en él se cobijen los aficionados a las cosas de antaño, que prefieren la Historia ilustrada con anécdotas y estampas a la que abunda en documentos inéditos y se cae por pesada de las manos.
Muy digna de encomio es la intención de los que quieren despojar a la Historia del manto y del coturno para ponerla al alcance de los simples mortales; mas no siempre corresponden las obras a la sana intención, y pudiera suceder lo propio en el presente caso. Si así fuere, perdónenmelo Lucrecia Borja y el lector amigo, a cuya benevolencia me encomiendo.
I
Don Alonso de Borja, Obispo de Valencia, viene a Italia acompañando al Rey D. Alfonso V de Aragón.—Cúmplese la profecía de San Vicente Ferrer y es elegido Papa, como Calixto III, a la muerte de Nicolás V.—Su Pontificado.—El disculpable nepotismo.—Los hijos de su hermana Isabel: Pedro Luis, Prefecto de Roma, y Rodrigo, Cardenal Vicecanciller de la Iglesia.—Los Borjas.—Antigüedad de su linaje.—La política de Calixto III.—La cruzada contra los turcos.—La batalla de Belgrado.—Su disputa con el Rey D. Alfonso.—Su fallecimiento.—Estalla el odio de los romanos contra los catalanes.—Huye y muere en Civitavecchia Pedro Luis.—Regresa a Roma Rodrigo.—Su influencia en la elección de Pablo II, de Sixto IV y de Inocencio VIII.—Su carrera eclesiástica.—Cursa el Derecho en la Universidad de Bolonia.—Es nombrado Cardenal a los veinticinco años y al siguiente Vicecanciller de la Iglesia.—Pasa a España, en 1472, como Legado a latere de Sixto IV.—Su riqueza.—Elección simoníaca de Alejandro VI.—Elogios que del nuevo Papa hacen los Prelados españoles.—La inmoralidad de Rodrigo de Borja y la del Renacimiento en Italia.—El uomo carnalesco que era el Papa.—Sus amores con Julia Farnesio.—Su hija Laura Orsini casa con el sobrino de Julio II.—D. Juan, el infante romano.—Los hijos de la Vannozza y de Rodrigo de Borja.
El primer Borja que vino a Italia en 1420, acompañando a D. Alfonso V de Aragón, el Magnánimo, Rey de Nápoles, fué D. Alonso, hijo de Domingo de Borja, Señor del lugar y de la Torre de Canals, cerca de Játiba, calificado de Mosén y de Doncel, que casó con Francina o Francisca Martí. Nació D. Alonso en dicha Torre de Canals el 31 de Diciembre de 1378, y fué estudiante y luego profesor de Derecho en la Universidad de Lérida y uno de los más reputados jurisperitos de su tiempo. Siendo todavía un modesto clérigo se encontró con San Vicente Ferrer, el cual le dijo que «sería un día ornamento de su patria y de su familia y se vería revestido de la más alta autoridad que puede alcanzar un mortal»; profecía que, andando el tiempo, se cumplió y no la olvidó el Papa Calixto III, que canonizó al elocuente predicador dominicano. Era don Alonso, no sólo peritísimo en jurisprudencia, sino también especialmente apto para la diplomacia, y habiéndose de ello percatado el Rey D. Alfonso de Aragón, lo tomó a su servicio como secretario y consejero, y pudo apreciar su gran capacidad y su destreza en cuantos asuntos puso mano, tanto eclesiásticos como políticos y civiles. A él se debió la renuncia del antipapa Clemente VIII[2], que premió Martino V con el Obispado de Valencia[3], y obra suya fué también la reconciliación del Rey D. Alfonso con Eugenio IV, que le valió la púrpura, asignándosele como iglesia titular la antigua basílica de los Cuatro Santos Coronados. Vino entonces a establecerse en Roma desde Nápoles, donde había estado ayudando muy eficazmente a su soberano a reorganizar aquel reino, y a la muerte del Papa Nicolás V, no habiéndose podido poner de acuerdo los Cardenales italianos, por la rivalidad entre los Orsini y los Colonna, recayó la elección del Cónclave, el 8 de Abril de 1455, en D. Alonso de Borja, a cuya amistad con el Rey de Nápoles, muy digna de tenerse en cuenta, uníanse los muchos años y los muchos achaques, que prometían un brevísimo Pontificado.
El nuevo Papa, que tomó el nombre de Calixto III, era un respetable anciano probo y recto, ducho en negocios, erudito en leyes y cánones, afable en su trato, de vida honesta y buena fama, sin que la pública maledicencia pudiera echarle en cara, en punto a castidad, ningún pecado de los que eran a la sazón harto frecuentes en la Corte de Roma y de los que no se vieron exentos muchos Cardenales y aun algunos Papas[4]. Pero con todas estas excelentes cualidades faltábale a Calixto III, para su popularidad, una condición esencialísima: la de ser italiano. Y no sólo era extranjero, sino español o catalán, que así llamaban a cuantos, atraídos por el esplendor de la tiara y el nepotismo del Pontífice español, su ilustre compatriota cuando no pariente, acudieron a Roma para engrandecerse, según Escolano, a costa de la bolsa de San Pedro y con apetitos tales que para satisfacerlos hubiéranse necesitado diez pontificados. Malquistos y temidos eran estos catalanes, gente soberbia, batalladora y prepotente, con sentada reputación de avara[5], cuya dominación en Sicilia y Nápoles llegó a hacerse insoportable y odiosa. El nepotismo del Papa tenía fácil explicación, y de haberse mantenido dentro de prudentes límites no hubiesen sido justificadas las censuras e indignación de los romanos. La avanzada edad y precaria salud de Calixto III moviéronle a buscar en los suyos los instrumentos necesarios para el gobierno de la Iglesia, que confió a sus sobrinos, y principalmente a los hijos de su hermana Isabel, casada con Jofre de Borja, hijo de Rodrigo Gil de Borja y de la catalana Sibila D’Oms o Doms. Fué Isabel madre de Pedro Luis, Príncipe Nepote, Capitán general, Prefecto de Roma y Duque de Spoleto; y del Cardenal Rodrigo, Obispo de Valencia y Vicecanciller de la Iglesia, sobre el que derramó el Pontífice las más altas dignidades y los más pingües beneficios eclesiásticos y seculares[6]. Otras tres hermanas tuvo el Papa: Juana, que casó con Mateo Martí y no tuvo sucesión; Catalina, mujer de Juan del Milán o Milá, cuarto Barón y Señor de Masalavés, y madre de Pedro del Milá, Camarero mayor del Rey D. Alfonso V, de cuya hija Adriana, casada con Ludovico Orsini, Señor de Bassanello, hemos de hablar más adelante, y de Luis Juan del Milá, que llegó tempranamente a Cardenal y a Obispo de Segorbe y luego de Lérida, y al fallecimiento de su tío regresó a España, donde vivió oscurecido y murió casi octogenario; y Francisca, que hizo en su casa vida religiosa y gozó fama de beata.