Menciono con todo elogio este pacífico retiro, pues que en estos apartados rincones holandeses, escondidos acá y allá en el gran estado de Nueva York, se conservan las antiguas costumbres, población y hábitos, mientras los barre inadvertidos en otros lugares el impetuoso torrente de inmigración y progreso que provoca incesantes cambios en la agitada vida de la nación. Son como aquellas fajas de agua tranquila que bordean algún tumultuoso arroyo, donde permanecen quietamente al ancla burbujas y pajas meciéndose con suavidad en su improvisado puerto sin ser molestadas por el flujo de la corriente. Aun cuando han transcurrido muchos años desde que me desprendí de las letárgicas sombras del valle encantado, me pregunto si encontraría todavía los mismos árboles y las mismas familias vegetando en su abrigado seno.
En este recóndito paraje de la naturaleza vivía, en época remota de la historia americana, es decir hará unos treinta años, una digna criatura llamada Íchabod Crane, que residía o “paraba” allí, como él decía, con el propósito de instruir a los niños del vecindario. Era natural de Connécticut, estado que procura a la Unión exploradores tanto de las selvas como del pensamiento, y reparte todos los años legiones de hombres de sus bosques fronterizos y legiones de maestros de escuela de sus comarcas. El nombre de Crane (grulla) no estaba en desacuerdo con su persona. Era alto y excesivamente flaco, con hombros estrechos, largos brazos y largas piernas, manos que sobresalían una milla de sus mangas, pies que podían servir de palas, y toda una figura colgante que parecía mantenerse unida con dificultad. Su cabeza era pequeña y chata en la parte superior, con grandes orejas, grandes ojos verdes y vidriosos y larga nariz agachadiza; de manera que semejaba un gallo de campanario encaramado en su cuello de huso para indicar de qué lado iba a soplar el viento. Al verle, en un día ventoso, dando zancadas por el flanco de alguna colina, con sus vestidos colgantes y flotando en torno suyo, se le habría creído el genio del hambre descendiendo sobre la tierra, o algún espantajo hurtado de cualquier campo de trigo.
La escuela era un edificio bajo, de una sola pieza, construído rústicamente con tablones; las ventanas en partes tenían vidrios y en otras, parches de hojas de cuadernos viejos. En las horas vacantes se aseguraba de manera muy ingeniosa por medio de un mimbre retorcido en la aldaba de la puerta, y estacas colocadas contra las persianas de las ventanas—idea sugerida indudablemente al arquitecto por el misterio de las trampas de anguilas[19]—de manera que, si bien los ladrones podían penetrar con perfecta facilidad, encontrarían posiblemente alguna dificultad para salir. La escuela encontrábase aislada hasta cierto punto, pero en agradable situación, al pie de una frondosa colina, con un arroyo deslizándose en las cercanías y un gran abedul sombreando una de sus esquinas. Desde allí podía escucharse, en los soñolientos días de verano, el murmullo de las voces de los alumnos semejante al zumbido de una colmena, interrumpido de cuando en cuando por la autoritaria voz del maestro ya en tono de amenaza o de mandato; o por acaso, el rumor pavoroso del abedul como aguijoneando a algún holgazán negligente en la florida senda de la ciencia. A decir verdad, Íchabod Crane era un hombre de conciencia que tenía siempre presente la máxima de oro: “Escatimar los azotes es malograr al discípulo.” Y seguramente con Íchabod Crane no se malograban los discípulos.
No debe deducirse de aquí, sin embargo, que fuese uno de aquellos crueles potentados de la escuela que se gozan en la aflicción de sus vasallos; al contrario, administraba justicia más bien con método que con severidad, aliviando la carga de los hombros del más débil y poniéndola sobre las espaldas del más fuerte. Al chiquillo esmirriado que retrocedía al menor preludio de azotes, se le administraban con indulgencia; pero los fueros de la justicia quedaban incólumes infligiendo doble ración al robusto y obstinado rapazuelo holandés, de amplias posaderas, que se enfurruñaba y ensoberbecía y se volvía más tozudo y hosco bajo el abedul. A todo esto llamaba el maestro “cumplir su deber para con los padres;” y jamás se dió el caso de que administrara un castigo sin que le siguiera la advertencia, muy consoladora sin duda para el adolorido mozalbete, de que “recordaría toda su vida y le quedaría siempre grato por lo que ahora hacía en su obsequio.”
Fuera de las horas de clase era el camarada y compañero de juegos de los muchachos mayores; y en las tardes de los días festivos solía acompañar a su casa a algunos de los más pequeños, siempre que tuvieran lindas hermanas o buenas amas de casa por madres, lo que se dejaba notar en seguida por el regalo de las alacenas. En realidad, le convenía estar en buenos términos con sus discípulos. La renta que producía la escuela era pequeña y habría bastado apenas para su diaria subsistencia porque era un gran glotón y, aunque flaco, tenía el poder de dilatación de una boa; mas para ayudar a su sostenimiento se alojaba y comía, siguiendo la costumbre del lugar, en casa de los granjeros a cuyos hijos enseñaba. Turnábase por semanas en casa de todos ellos, dando así la vuelta al vecindario y llevando todo lo que poseía en el mundo atado en un pañuelo de algodón.
Para que este sistema no resultara demasiado oneroso para la bolsa de sus rústicos patrones, siempre prontos a considerar pesada carga cualquiera pensión de la escuela y a juzgar a los maestros solamente como unos zánganos, tenía Íchabod varios modos de hacerse a la vez útil y agradable. Ayudaba a los granjeros de vez en cuando en las labores ligeras de la alquería, tomaba parte en la preparación del heno, componía los cercos, abrevaba los caballos, traía a las vacas del pasto y cortaba leña para combustible en el invierno. Despojábase asimismo de toda la dignidad autócrata y despotismo absoluto con que reinaba en su pequeño imperio, la escuela, y se volvía admirablemente gentil e insinuante. Atraíase a las madres mimando a los chicos, particularmente a los más pequeños; y, semejante al león audaz que acariciaba antiguamente al cordero con tanta magnanimidad,[20] solía sentarse con un chico en las rodillas mientras mecía con el pie la cuna de otro por varias horas.
Además de sus diversas habilidades, era el maestro cantor del vecindario y cosechaba muchos brillantes chelines por enseñar la salmodia a los mozos del lugar. No era una de sus menores satisfacciones instalarse los domingos con un grupo de cantores escogidos, en el centro de la tribuna de la iglesia donde, a su entender, arrebataba completamente la palma al viejo capellán. Lo cierto es que su voz resonaba sobre todas las de la congregación; y aun hoy se escuchan en aquella iglesia gorgoritos que se dicen legítimos descendientes de la nariz de Íchabod Crane, y que pueden oírse a media milla, hasta el lado opuesto de la alberca, en las tranquilas mañanas del domingo. Así, por medio de sus pequeños ardides y de la ingeniosa manera llamada vulgarmente “echar de mangas,” el digno pedagogo hacía su vida tolerable, mientras todos aquellos que no comprenden una palabra del trabajo mental, juzgaban que se pasaba una existencia maravillosamente envidiable.
El maestro de escuela es generalmente una figura importante entre el círculo femenino de una comunidad rural, donde se le considera una especie de caballero desocupado, de mucho gusto y talento muy superior a todos los burdos zagales de la comarca, y solamente inferior al párroco en conocimientos. Por consiguiente, su presencia causa siempre cierta emoción en las mesas de té de las granjas, provocando a menudo la adición de algunos dulces y pastas y aun, en ocasiones, la exhibición de alguna tetera de plata. Nuestro letrado sentíase también especialmente feliz con las sonrisas de todas las damiselas campesinas. ¡Con cuánto gozo discurrían entre ellas los domingos en el cementerio de la iglesia, después del servicio religioso, cogiendo los racimos de las vides silvestres que cubrían los árboles de las cercanías, descifrando para distraerlas los epitafios de las tumbas, o vagando con toda la compañía por la orilla de la represa del molino adyacente, mientras los encogidos patanes del lugar seguían tímidamente por detrás, envidiando la superioridad de su talento y elegancia!
A consecuencia de su errante vida era también una gaceta ambulante que llevaba de casa en casa todos los líos de la chismografía local, por lo que su presencia se acogía siempre con satisfacción. Era, además, estimado por las mujeres a causa de su erudición, pues había leído varios libros casi hasta el final y conocía a fondo la History of New England Witchcraft (Historia de la brujería en Nueva Inglaterra), por Cotton Máther,[21] en la que, diremos de paso, creía firme y ardientemente.
Íchabod Crane poseía en realidad una extraña mezcla de sagacidad limitada y pueril credulidad. Su afición por lo maravilloso y su facilidad para digerirlo eran igualmente extraordinarias, habiendo alcanzado mayores proporciones con su estadía en aquella encantada región. Ninguna leyenda era demasiado monstruosa o inverosímil para su capacidad de absorción. Deleitábase a menudo, después de cerrar la escuela por las tardes, en tenderse en el mullido lecho de trébol que bordeaba el pequeño arroyo que murmuraba en las cercanías, y leer los horrendos y antiguos cuentos de Máther hasta que la obscuridad creciente de la tarde convertía los caracteres impresos en las páginas en sombras indecisas delante de sus ojos. Entonces, continuando su camino a través de pantanos y medrosas arboledas hacia la alquería donde se hospedaba en aquel momento, turbábase su excitada imaginación con todos los ruidos de la naturaleza en aquella hora misteriosa: el lamento de la chotacabras desde los flancos de la colina, el grito agorero de la rana arbórea anunciando la tempestad, el medroso alarido de la lechuza y el repentino rumor del follaje al roce de los pájaros sorprendidos en su asilo. Las luciérnagas, que brillaban con mayor intensidad en los sitios más obscuros, asustábanle también de vez en cuando al cruzar inopinadamente alguna de las más lucientes su camino; y si por casualidad cualquier enorme escarabajo aturdido venía bamboleándose en desatinado vuelo en su dirección, el pobre camastrón estaba a punto de rendir el ánima imaginando que había sido herido por algún maleficio. Su único recurso en tales ocasiones para distraer sus pensamientos o alejar los malos espíritus era entonar salmos; y las buenas gentes del valle encantado, sentadas al ocaso a las puertas de sus casas, llenábanse a veces de pavor escuchando su melodía nasal “brotando en largos eslabones de dulzura,”[22] y extendiéndose desde la distante colina o a lo largo de la polvorienta carretera.