Hacía ya algún tiempo que este selvático héroe había hecho de la deslumbradora Katrina el objeto de sus rudas galanterías, y a pesar de que sus amorosos manejos eran algo semejantes a las gentiles caricias y halagos de un oso, se murmuraba que la joven no desalentaba sus esperanzas. Lo cierto es que sus avances fueron la señal de retirada para los candidatos rivales que no se sentían inclinados a irritar a un león en sus amores; de manera que, cuando un domingo por la noche pudo verse su caballo atado en las caballerizas de Van Tássel, como muestra infalible de que su amo hallábase dentro cortejando o “pretendiendo,” como se acostumbraba decir, todos los aspirantes continuaron su camino desesperados y fueron a iniciar nuevas lides por otros barrios.

Tal era el formidable rival con quien Íchabod Crane había de luchar y, todo bien considerado, hombres más fornidos que él habrían temido al competidor, y los más prudentes habrían desesperado. Pero en la naturaleza del maestro había una mezcla feliz de maleabilidad y perseverancia; en figura y en espíritu era un mozo bien templado; flexible, pero tenaz; doblegándose sin romperse; y aun cuando inclinaba la cabeza a la menor presión, apenas pasado el momento difícil ¡zas! erguíase de nuevo y llevaba la frente tan alta como de costumbre.

Habría sido ciertamente una locura combatir a campo abierto contra semejante rival, hombre tan incapaz como el fogoso Aquiles, de sufrir la menor oposición a sus amores, Íchabod, por consiguiente, hacía sus avances de manera muy suave e insinuante. So capa de maestro de canto hacía visitas frecuentes a la alquería; sin que esto signifique, de otro lado, que tuviese nada que temer de la oficiosa intervención de la familia que a menudo representa un grave escollo en la senda de los amantes. Balt Van Tássel era un hombre bueno e indulgente; amaba a su hija más aún que a su pipa, y a fuer de hombre razonable y excelente padre, dejábala hacer su voluntad en todo cuanto se la antojase. Su arreglada mujercita tenía demasiado que hacer con atender a la casa y cuidar de las aves; y además, como observaba sabiamente, los patos y los gansos son muy tontos y es preciso mirar por ellos, mientras que las muchachas pueden cuidarse por sí mismas. Así, mientras la atareada señora bullía por la casa o daba vueltas a la rueca en un extremo del corredor, el honrado Balt sentábase a fumar su pipa al otro extremo, contemplando las proezas de un pequeño guerrero de madera que, armado de una espada en cada mano, desafiaba al viento valientemente desde el pináculo del granero. Entretanto Íchabod defendía su causa con la hija bajo el gran olmo al lado de la fuente o vagando por la granja hacia el crepúsculo, hora la más propicia para la elocuencia amatoria.

No me precio de saber cómo se vence y es vencido el corazón de la mujer. Para mí ellas han sido siempre un enigma y un motivo de admiración. Algunas parecen tener solamente un punto vulnerable o puerta de acceso, mientras otras tienen millares de avenidas y pueden capturarse de mil modos diferentes. Es un gran triunfo de la estrategia conquistar a las primeras, pero demanda aun mayores conocimientos en esta ciencia conservar la posesión de las segundas, porque entonces el hombre tiene que librar batalla en todas las puertas y ventanas para defender su fortaleza. Aquel que vence un corazón de mil entradas tiene ciertamente derecho a algún renombre; pero el que conserva dominio indisputable en el corazón de una coqueta es un héroe, en verdad. Mas no era éste el caso con el temible Brom Bones, pues desde el momento en que Íchabod Crane inició sus avances, declinaron evidentemente los intereses del primero; no se veía ya su caballo atado en la caballeriza los domingos por la noche, y una enemistad mortal desarrollóse gradualmente entre él y el preceptor del valle encantado.

Brom, con su natural rudeza caballeresca, habría llevado de buena gana las cosas a campo abierto y definido las pretensiones de ambos sobre la dama en combate singular, de acuerdo con la moda de los más concisos y simples razonadores, los caballeros errantes de antaño; pero Íchabod tenía demasiada conciencia de la superioridad física de su adversario para arriesgarse a justar con él; había oído jactarse a Bones de que “doblaría en dos al maestro y le encerraría en uno de los anaqueles de la escuela;” y era demasiado prudente para darle ocasión de ponerlo en práctica.

Había algo extremadamente provocativo en su sistema de pacífica obstinación, que no dejaba a Brom otra alternativa que acudir al fondo de bellaquería que tenía siempre a su disposición y jugar a su rival pesadas bromas, Íchabod llegó a convertirse en el objeto de una fantástica persecución de parte de Bones y sus zafios camaradas. Pillaban sus en otro tiempo pacíficos dominios, llenaban de humo la sala de canto obstruyendo la chimenea, invadían la escuela durante la noche a despecho de las ataduras de mimbres y estacas de las ventanas volviéndolo todo de través, de manera que el pobre maestro comenzaba a creer que las brujas de todo el país se congregaban allí para celebrar sus sábados. Pero todavía lo más insoportable era que Brom aprovechaba toda ocasión de ponerle en ridículo delante de su dama, y tenía un canalla de perro a quien había enseñado a aullar de la manera más irritante y al cual presentaba como rival de Íchabod para enseñar a Katrina la salmodia.

En esta forma marcharon los asuntos por algún tiempo sin producir efectos sensibles en la respectiva situación de los poderes beligerantes. Una hermosa tarde de otoño encontrábase Íchabod muy pensativo, entronizado en el alto escabel desde donde dominaba generalmente todos los incidentes de su pequeño reino de las letras. Balanceaba en su mano una férula, cetro de su despótico poder; la varilla justiciera, terror constante de los malhechores, reposaba en tres clavos detrás del trono, mientras sobre el escritorio podían verse diversos artículos de contrabando y armas prohibidas, como manzanas mordidas, cerbatanas, perinolas, jaulas de moscas y legiones enteras de exuberantes gallitos de papel, decomisados sobre la persona de aquellos holgazanes bribonzuelos. A todas luces, había tenido lugar hacía poco algún tremebundo acto de justicia, porque los escolares estaban intensamente atareados con sus libros o cuchicheaban tras ellos a hurtadillas con ojo avizor sobre el maestro; y una especie de latente zumbido reinaba en toda la sala de clase. Bruscamente el silencio se interrumpió con la aparición de un negro, vestido de chaqueta y calzón de cáñamo, con un fragmento redondo de copa de sombrero semejando el gorro de Mercurio, y montado en un potro esmirriado, salvaje y cojitranco, al que manejaba con una soga a guisa de ronzal. Se presentó alborotando a la puerta de la escuela y trayendo a Íchabod una invitación para una fiesta campestre o “quilting frolic”[24] que tendría lugar aquella noche donde los Van Tássels; y después de declamar su mensaje con el aire de importancia y el esfuerzo por expresarse en lenguaje fino que los negros son tan dados a desplegar en pequeñas embajadas de esta clase, saltó sobre su rocinante y desapareció por la hondonada con toda la prisa ceremoniosa que requería su misión.

Todo era ahora bullicio y aturdimiento en la poco ha tranquila sala de clase. Los muchachos pasaron sus lecciones al escape sin detenerse en bagatelas; los más vivos escamotearon la mitad impunemente; los tardíos recibieron de vez en cuando alguna eficaz aplicación en la parte posterior para aguijonear su inteligencia y ayudarles a encontrar cualquier palabra difícil. Arrojáronse los libros a un lado sin preocuparse de ordenarlos en los anaqueles; volteáronse los tinteros, cayeron las bancas, y la escuela quedó desierta una hora antes de lo acostumbrado, dejando escapar una legión de diablillos que chillaban y alborotaban entre el verdor en la alegría de su temprana emancipación.

El galante Íchabod dedicó por lo menos media hora más de lo ordinario a su tocador, acepillando y puliendo su mejor y a decir verdad único vestido negro desteñido, y arreglando sus guedejas con ayuda de un trozo de espejo colgado en una de las paredes de la escuela. Para presentarse ante su dama en verdadero estilo caballeresco, pidió prestado un corcel al granjero en cuya casa se alojaba por entonces, un viejo holandés gruñón llamado Hans Van Rípper, y así, bizarramente montado, salió como un caballero errante en busca de aventuras. Mas tratándose de una historia romántica, necesito consignar aquí siquiera en somera forma el aspecto y equipo de mi héroe y de su cabalgadura. Montaba un averiado caballo de arado que había dejado tras sí todo en la vida menos sus defectos. Era flaco y peludo, con pescuezo de oveja y cabeza que parecía un martillo; sus amarillentas crines y cola estaban todas enredadas y llenas de nudos de cadillos; uno de sus ojos había perdido la pupila y aparecía vidrioso y espectral, mientras el otro tenía reflejos genuinamente diabólicos. A juzgar por su nombre, Gunpowder (Pólvora), debía haber tenido mucho fuego y brío en sus días. Había sido, en efecto, la montura favorita del iracundo Van Rípper, jinete frenético, que había infundido probablemente al animal algo de su propio espíritu, pues viejo y maltratado como estaba, conservaba aun más oculta malicia que cualquier potro joven de la comarca.

Íchabod era figura adecuada para tal cabalgadura. Llevaba estribos cortos que ponían sus rodillas cerca del pomo de la silla; sus codos agudos proyectábanse hacia fuera como patas de saltamonte; sostenía el látigo perpendicularmente como un cetro; y al trotar del caballo, el movimiento de sus brazos figuraba un continuo aleteo. Un pequeño sombrero de lana descansaba en la cumbre de su nariz, que así podía llamarse la estrecha faja que hacía las veces de frente; y los negros faldones de su chaqueta flotaban sobre las ancas casi hasta la cola del caballo. Tal era el aspecto de Íchabod y de su corcel cuando transpusieron renqueando la portada de Hans Van Rípper, formando en conjunto una aparición tan extraordinaria como pocas veces es dado contemplar a la clara luz del día.