Íchabod estaba tan orgulloso de sus cualidades de danzarín como de su poder vocal. Ni uno solo de sus miembros, ni una sola de sus fibras quedaba en reposo; y al ver su destartalada figura toda en movimiento y chacoloteando alrededor del cuarto, habría podido creerse que San Vito en persona, el bendito patrón de la danza, había descendido entre los bailarines. Constituía la admiración de los negros de todas edades y tamaños que, habiéndose reunido de la misma granja y del vecindario, formaban una pirámide de rostros de negrura brillante en todas las puertas y ventanas, y miraban la escena con deleite rodando las blancas bolas de sus ojos y mostrando en una mueca de oreja a oreja dos hileras de marfil. ¿Cómo era posible que el azotador de pilluelos no se sintiera animado y satisfecho? La dama de su corazón era su pareja en el baile y sonreía graciosamente a sus amorosos guiños, en tanto que Brom Bones, dolorosamente carcomido por el amor y por los celos, se mantenía todo meditabundo sentado en un rincón.
Cuando terminó la danza, Íchabod se sintió atraído hacia un grupo de personajes serios que, en compañía del viejo Van Tássel, estaban sentados en un extremo de la plazoleta fumando y departiendo sobre los antiguos tiempos y sacando a relucir largas historias de la guerra.
En la época de que me ocupo, aquella comarca era uno de los lugares más favorecidos por la crónica y por los grandes hombres. Las tropas inglesas y americanas habían andado muy cerca de allí durante la guerra; y había sido por consiguiente el escenario de toda clase de merodeos, viéndose infestada de emigrados, vaqueros y otras formas de caballería de la frontera. Había transcurrido justamente el tiempo necesario para permitir a cada uno urdir su historia con ribetes novelescos que la hicieran más interesante y, en la vaguedad de los recuerdos, erigirse en héroe de todas las hazañas que se relataban.
Salió a luz la historia de Doffue Mártling, cierto holandés de larga barba azul que casi llegó a apoderarse de una fragata inglesa con un viejo cañón de hierro de a nueve, colocado en un parapeto de barro, sólo que el cañón estalló a la cuarta descarga. Y había también un viejo caballero a quien no nombraremos por ser un mynheer[27] demasiado poderoso para mencionarle de ligero, y el cual era maestro tan cumplido de esgrima que en la batalla de White Plains desvió una bala de mosquete con la punta de su sable, de manera que pudo percibir perfectamente el silbido de la bala resbalando por la hoja y rebotando en el puño; en prueba de lo cual estaba dispuesto a mostrar en cualquier momento el puño un poquito abollado por el choque. Muchos otros se habían distinguido igualmente en el campo de batalla, persuadidos todos de haber ejercido considerable influencia para llevar la guerra a feliz terminación.
Pero esto no era nada en comparación de los cuentos que siguieron sobre espectros y apariciones. La comarca es rica en tesoros legendarios de tal naturaleza. Las historias locales y las supersticiones medran bien en aquellos escondidos y antiguos retiros; pero son menos apreciados por la flotante multitud que forma la población de la mayor parte de nuestras ciudades rurales. Además, los espectros no encuentran gran aliciente en nuestras poblaciones porque apenas han tenido tiempo de echar la primera siesta y revolverse en sus tumbas, cuando ya los amigos que les sobrevivieron han abandonado el lugar; de modo que al levantarse para sus rondas nocturnas no encuentran gente conocida a quien visitar. Ésta es quizá la razón por la cual tan rara vez oímos hablar de espectros, a no ser en aquellas antiguas comunidades holandesas.
Con todo, la causa inmediata del predominio de las historias maravillosas en aquellos sitios era, sin duda, debida en su mayor parte a la proximidad del valle encantado. Había una especie de contagio en el ambiente de esta poseída región; respirábase una atmósfera de quimeras y fantasías que infestaba todo el lugar. Varios habitantes del valle encantado se encontraban presentes en la reunión de Van Tássel y, como de costumbre, repetían sus salvajes y extraordinarias leyendas. Relatáronse muchos cuentos horrendos acerca de procesiones funerarias, sollozos y gemidos lamentosos, vistas y oídos respectivamente, cerca del gran árbol que crece en sus inmediaciones y bajo el cual hicieron prisionero al infortunado mayor André. Hablóse también de la mujer vestida de blanco que visitaba la obscura cañada de Raven Rock donde pereció entre la nieve, y cuyos alaridos se oían a menudo en las noches de invierno antes de alguna tempestad. La mayor parte de estas historias tornaba siempre, sin embargo, al espectro favorito del valle encantado, el jinete sin cabeza, de quien se había oído hablar varias veces últimamente en sus correrías a través de la comarca y que, según decían, maniataba su caballo por las noches entre las tumbas del cementerio de la iglesia.
La situación aislada de esta iglesia parece haber contribuído siempre a convertirla en el refugio predilecto de los espíritus inquietos. Está edificada en la cima de un montecillo y rodeada de soberbios olmos y algarrobos, entre los cuales brilla modestamente con sus discretos muros blanqueados, como resplandece la pureza cristiana entre las sombras del claustro. Suave pendiente conduce hasta una plateada sábana de agua bordeada por altos árboles entre los cuales pueden divisarse las azules colinas del Hudson. Contemplando el cementerio cubierto de césped, en que los rayos del sol parecen dormir tranquilamente, se pensaría que allí al menos los muertos pueden reposar en paz. A un costado de la iglesia se extiende un ancho barranco montuoso por donde se precipita un torrente entre rocas destrozadas y troncos de árboles caídos. Sobre la parte más negra y profunda del torrente, no lejos de la iglesia, habían arrojado antiguamente un puente de madera; el sendero que allí conducía y el puente mismo estaban sombreados por árboles colgantes estrechamente enlazados que producían tétrica sombra durante el día, la cual se convertía hacia la noche en pavorosa obscuridad. Era ésta una de las correrías favoritas del jinete sin cabeza, y el lugar donde se le encontraba con mayor frecuencia.
Se contaba que el viejo Bróuwer, el herético más descreído en materia de aparecidos, encontró al jinete de regreso de una de sus excursiones al valle encantado, viéndose obligado a montar a la grupa; que galoparon por bosques y malezas, por colinas y pantanos, hasta que llegaron al puente donde el jinete se transformó súbitamente en un esqueleto, arrojó al viejo Bróuwer en el torrente y desapareció con ruido de trueno entre las copas de los árboles.
Esta historia encontró inmediatamente una competidora en la tres veces maravillosa aventura de Brom Bones, quien afirmaba haberse burlado del galopador soldado en sus pretensiones de jinete insigne. Según él, volviendo una noche del vecino pueblo de Sing Sing, fué detenido por el nocturno caballero, quien le propuso apostar carreras por un vaso de ponche; y que le habría ganado, pues Daredevil llevaba chico al caballo duende en todo el valle, si no hubiera sido que al llegar al puente de la iglesia, el fantasma dió un salto repentino y desapareció en una llamarada.
Todos aquellos cuentos relatados en el misterioso medio tono con que se habla en la obscuridad, mientras el auditorio recibía tan sólo de cuando en cuando el rayo imprevisto del reflejo de alguna pipa, produjeron honda impresión en la mente de Íchabod. Contribuyó a su vez con largos extractos de su incomparable autor Cotton Máther, añadiendo maravillosos acontecimientos realizados en su estado natal, Connécticut, y pavorosas apariciones presenciadas por él mismo en sus paseos nocturnos por el valle encantado.