Nathániel Háwthorne era oriundo de Sálem, Massachusetts. Nació el 6 de julio de 1804, y murió en Plýmouth, New Hámpshire, el 19 de mayo de 1864. Obtuvo sus grados en el Bowdoin College, Maine, en 1825. Fué empleado de aduana en Boston desde 1838 hasta 1841. En aquella época se hizo miembro de la Brook Farm Association, sociedad formada con el objeto de llevar a cabo ciertos experimentos en agricultura y educación; y fijó su residencia en Cóncord, Massachusetts, en 1843. Fué nombrado inspector del puerto de Sálem en 1846 y permaneció allí un período de tres años. Prestó servicios como cónsul de los Estados Unidos en Líverpool desde 1853 hasta 1857. Regresó a la patria en 1861. Fanshawe, su primer cuento, ahora muy difícil de conseguir, fué publicado a su propia costa en 1826. Sus obras se publicaron en el orden siguiente: Twice Told Tales (1837; segunda serie, 1842); Mosses from an Old Manse (1846); The Scarlet Letter (1850); The House of the Seven Gables (1851); The Wonder-Book (1851); The Blithedale Romance (1852); Snow Image and Other Twice Told Tales (1852); Life of Franklin Pierce (1852); Tanglewood Tales (1853); The Marble Faun (1860, publicado el mismo año en Inglaterra bajo el título de Transformation, or the Romance of Monte Beni); Our Old Home (1863); Pansie (1864, llamada también The Dolliver Romance); Note Books (1868-1872); Septimius Felton (1872); Tales of the White Hills (1877); Dr. Grimshawe’s Secret (fragmento, 1888).

NATHÁNIEL HÁWTHORNE

EL ANCIANO CAMPEÓN

HUBO una vez un tiempo en que la Nueva Inglaterra gemía bajo el peso de injusticias más graves que todas las que amenazara traer la revolución. Jaime II, el hipócrita sucesor de Carlos el Voluptuoso, había abolido los privilegios de todas las colonias y enviado un soldado grosero y sin principios para arrebatarnos nuestros derechos y poner en peligro nuestra religión. La administración de Sir Édmund Andros tenía todos los rasgos característicos de la tiranía: un gobernador y un consejo que recibían su poder del rey con absoluta independencia de la nación; leyes que se fabricaban y tributos que se imponían sin intervención inmediata del pueblo o de sus representantes; los derechos de los ciudadanos violados, y los títulos de propiedad anulados; las quejas amordazadas por la censura de la prensa; y finalmente, el descontento sojuzgado por una banda de tropas mercenarias que por primera vez hollaba nuestro suelo. Durante dos años continuaron nuestros antecesores en taciturna sumisión, debido al amor filial que garantizó siempre su lealtad a la madre patria, representada ya por el parlamento, ya por un protector o por algún monarca papista. Hasta aquellos aciagos tiempos, sin embargo, nuestro pleito homenaje había sido nominal, pues las colonias se gobernaban por sí mismas, gozando mucho mayor libertad de la que disfrutan ordinariamente los vasallos naturales de la Gran Bretaña.

Al fin llegó a nuestras playas el rumor de que el primer príncipe de Orange se había lanzado en una empresa cuyo éxito sería el triunfo de los derechos religiosos y civiles y la salvación de la Nueva Inglaterra. Era solamente un murmullo incierto; podía ser falso o podía también fracasar la aventura; pero en ambos casos costaría la cabeza al hombre que se decía en armas contra el rey Jaime. A pesar de todo, la noticia produjo visible efecto. La gente sonreía misteriosamente en las calles y lanzaba atrevidas miradas a sus opresores; en tanto que se dejaba sentir a lo lejos una sorda y contenida agitación, como si a la más ligera señal estuviera pronto a levantarse todo el pueblo de su indolente abatimiento. Advirtiendo el peligro, los gobernantes trataron de evitarlo por medio de un imponente despliegue de fuerza, confirmando su despotismo con medidas aun más agresivas. Una tarde de abril de 1689, Sir Édmund Andros y sus consejeros favoritos, exaltados por el licor, reunieron a todas las casacas rojas de la guardia del gobernador y se presentaron en las calles de Boston. El sol estaba cerca de su ocaso cuando comenzó el desfile.

El sonido del tambor, resonando por las calles en aquellos momentos de crisis y agitación, parecía, más bien que la música marcial de los soldados, un toque de rebato para los ciudadanos. Una multitud que afluía por diversas avenidas se reunió en King Street, lugar destinado, casi una centuria más tarde, a ser el escenario de otro encuentro entre las tropas de Inglaterra y el pueblo en lucha contra su tiranía. Aun cuando habían transcurrido más de sesenta años desde el arribo de los primeros peregrinos, esta multitud formada por sus descendientes mostraba todavía los rasgos enérgicos y sombríos de su carácter, más notables quizá en esta ruda emergencia que en ocasiones más felices. Notábase el rostro grave, el porte generalmente severo, la expresión firme aunque melancólica, la bíblica forma de elocución y la confianza en las bendiciones del cielo por la justicia de su causa, que distinguía a cualquier grupo de los primitivos puritanos cuando se veían amenazados de algún peligro en su aislamiento. En realidad, no era tiempo aún de que se extinguiera el antiguo espíritu, pues que se encontraban aquel día en la calle muchos hombres de aquellos que adoraban en los bosques al Dios por quien sufrían el destierro, mientras no pudieron erigir un edificio apropiado para rendirle culto. Había también viejos soldados del parlamento que sonreían espantosamente al pensamiento de que sus antiguas armas fueran aun hábiles para descargar otro golpe a la casa de los Estuardos. Figuraban asimismo veteranos de la guerra del rey Felipe, de aquellos que quemaban ciudades y asesinaban jóvenes y viejos con ferocidad religiosa mientras las piadosas almas del lugar les ayudaban con sus plegarias. Varios ministros veíanse esparcidos entre la muchedumbre, que les miraba, a diferencia de otras agrupaciones, con tanta reverencia que parecía que sus vestiduras debieran encarnar la santidad. Estos santos varones ejercían su influencia para tranquilizar al pueblo, pero sin tratar de dispersarlo. Al mismo tiempo era motivo de comentarios diversos y curiosidad general el objeto del gobernador al turbar la paz de la ciudad en tales momentos, en que la más ligera conmoción podía provocar un estallido en todo el país.

—Satanás dará ahora su golpe maestro,—exclamaban algunos,—porque él sabe que el tiempo es corto. ¡Todos nuestros piadosos pastores serán llevados a prisión! ¡Habremos de verles en las hogueras de Smíthfield[32] de King Street!—

A esto, los feligreses de cada parroquia se reunían apretadamente en torno de su ministro, que miraba tranquilamente a lo alto y asumía mayor dignidad apostólica, como candidato dispuesto a recibir el honor más alto de su carrera, la corona del martirio. Esperábase verdaderamente en aquel momento que la Nueva Inglaterra tuviera su propio John Rogers[33] para reemplazar a este varón ilustre en el martirologio.