En una de las recepciones dadas en la casa provincial, durante el último período del sitio de Boston, tuvo lugar un incidente que jamás ha podido explicarse satisfactoriamente. Los oficiales del ejército inglés y los leales habitantes de la provincia, elegidos en su mayor parte entre los bloqueados de la ciudad, habían sido invitados a un baile de máscaras; pues la diplomacia de Sir Wílliam Howe consistía en ocultar lo angustioso y expuesto de aquellos momentos y la condición desesperada del sitio, bajo la pompa desplegada en los saraos. El espectáculo de aquella noche, si ha de creerse a los miembros más ancianos del círculo de la corte provincial, era la fiesta más alegre y fastuosa que se registraba en los anales del gobierno. Los salones, brillantemente iluminados, estaban llenos de figuras que parecían desprendidas del obscuro lienzo de los retratos históricos, brotadas de las mágicas páginas del romance o escapadas, por lo menos, de algún teatro de Londres, sin tiempo para haber cambiado su atavío. Caballeros de la conquista, cubiertos de acero; barbados estadistas de la reina Elízabeth y damas de su corte con vestidos de altos volantes alternaban con personajes de comedia, como algún pintarrajado Merry Ándrew removiendo su gorro y cascabeles; algún Fálstaff casi tan cómico como su prototipo; o algún Don Quijote con una rama de judías en vez de lanza y una cobertera de olla en lugar de escudo.

Pero el mayor regocijo provenía de un grupo de figuras ridículamente vestidas de uniformes viejos, que parecían comprados en alguna feria de andrajos militares o hurtados de algún receptáculo de desechos del ejército tanto inglés como francés. Ciertas prendas de aquella vestimenta habríanse llevado con toda probabilidad en el sitio de Loúisburg, mientras las chaquetas de corte más moderno podían suponerse desgarradas y hechas jirones por las espadas, balas y bayonetas usadas en la época de la victoria de Wolfe. Uno de aquellos héroes, de figura alta y escuálida, blandiendo una mohosa espada de enorme longitud, pretendía ser nada menos que el general George Wáshington; y los demás altos oficiales del ejército americano, como Gates, Lee, Pútnam, Schúyler, Ward y Heath, aparecían representados por espantajos semejantes. Una entrevista entre los guerreros rebeldes y el general en jefe inglés, forjada en el mismo estilo burlesco, fué recibida con inmenso aplauso, más estrepitoso aún de parte de los leales de la colonia. Uno de los invitados, sin embargo, manteníase aparte mirando estas bufonerías con austero desdén y frunciendo de vez en cuando el ceño con amarga sonrisa.

Era un anciano de gran reputación y alta clase en otro tiempo en la provincia, y que había sido soldado famoso en sus días. Se demostraba cierta sorpresa de que una persona como el coronel Jóliffe, cuyos principios conservadores eran bien conocidos, aunque demasiado viejo entonces para tomar parte activa en la lucha, hubiera permanecido en Boston durante el sitio, y particularmente hubiera consentido en presentarse en la morada de Sir Wílliam Howe. Pero había venido, sin embargo, trayendo del brazo a una hermosa joven nieta suya; y erguía allí su austera figura entre el regocijo y la bufonería, caracterizando su tipo mejor que ningún otro en la mascarada, pues que encarnaba admirablemente el antiguo espíritu de su tierra natal. Los demás invitados afirmaban que el torvo ceño puritano del coronel Jóliffe arrojaba sombras a su alrededor; aun cuando, a despecho de esta nefasta influencia, la alegría rayaba cada vez más alto, semejando (¡siniestra comparación!) el brillo falaz de una lámpara que arroja sus últimos destellos. Haría más de media hora que el reloj de la Iglesia del Sur había dado once campanadas, cuando comenzó a circular entre la sociedad el rumor de que iba a ofrecerse un nuevo espectáculo o exhibición que cerraría de manera digna el espléndido festival de aquella noche.

—¿Qué nueva y jocosa invención trae vuecencia entre manos?—interrogó el reverendo Máther Byles, cuyos escrúpulos de ministro no habían sido suficientes para mantenerle alejado de la fiesta.—Creedme, señor, he reído ya más de lo que conviene a mi traje con vuestra homérica plática con el harapiento general de los rebeldes. Otro acceso de alegría semejante, y me veré obligado a despojarme de mi peluca y mi banda de clérigo.

—No tal, mi buen doctor Byles,—repuso Sir Wílliam Howe;—si el regocijo fuera un crimen, nunca habríais alcanzado el grado de doctor en teología. En cuanto a la nueva bufonada, no estoy más adelantado que vos mismo; quizá ni siquiera al mismo grado. Vamos, doctor, confesadlo, ¿no habéis incitado la austera imaginación de algunos de vuestros compatriotas para producir una escena de nuestra mascarada?

—Quizá,—hizo observar maliciosamente la nieta del coronel Jóliffe, cuyo elevado espíritu sentíase indignado por tantas burlas contra la Nueva Inglaterra;—quizá si tendremos una cuadrilla de figuras alegóricas. La Victoria, con los trofeos de Léxington y Búnker Hill; la Prosperidad, con su cuerno superabundante, para representar el actual bienestar de nuestra buena ciudad; y la Gloria, brindando una corona para las sienes de vuecencia.—

Sir Wílliam Howe sonrió a estas palabras, a las cuales habría respondido con su ceño más sombrío, a ser pronunciadas por labios bigotudos. Vióse libre de la necesidad de replicar por una singular interrupción. Escucháronse ecos de música fuera de la casa, como si procedieran de alguna banda militar completa, estacionada en la calle y tocando una lenta marcha fúnebre, en vez de los alegres sones requeridos por las circunstancias. Parecía que los tambores estuvieran ensordecidos y que las trompetas exhalaran gemidos, de manera que tales ecos apagaron inmediatamente el regocijo del auditorio, llenando a todos de sorpresa y a muchos de aprensión. Ocurrió a varios de los circunstantes la idea de que el cortejo de las exequias de algún elevado personaje se había detenido a las puertas de la casa provincial, o también que algún suntuoso ataúd, cubierto de terciopelo y lujosamente decorado, estaba a punto de ser sacado por el portal. Después de escuchar por un momento, llamó Sir Wílliam Howe con áspera entonación al director de orquesta que antes había animado la fiesta con alegres y risueñas melodías. Era tambor mayor de un regimiento inglés.

—Dighton,—interrogó el general,—¿qué significa esta farsa? ¡Haced callar inmediatamente a vuestra banda con su marcha funeraria, o palabra que tendrán motivo suficiente para su lúgubre vena! ¡Hacedlos callar, bribón!

—Con el perdón de vuestro honor—respondió el tambor mayor, cuyo rubicundo rostro había perdido por completo el color,—la culpa no es mía. Yo y mi banda estamos aquí todos reunidos; y dudo que ninguno de nosotros pudiera tocar esa marcha de memoria. Sólo la he oído una vez, en ocasión de los funerales del difunto rey su majestad George II.

—¡Bien, bien!—dijo Sir Wílliam Howe, recobrando su compostura.—Éste es el preludio de alguna extravagante mascarada. Dejadlo pasar.—