—Nunca vi sus rostros en vida,—dijo gravemente el coronel Jóliffe; sin embargo de que he hablado frente a frente con muchos jefes de este país, y espero aun congratular a otro antes de morir con la bendición de un anciano. Mas ahora se trata de estos personajes. Supongo que el venerable patriarca represente a Brádstreet, el último de los puritanos, gobernador allá por el año noventa, más o menos. El otro es Sir Édmund Andros, un tirano, como os lo dirá cualquier chiquillo de escuela; y de consiguiente, el pueblo le precipitó de su alto puesto para encerrarle en una prisión. Luego viene Sir Wílliam Phipps, pastor, tonelero, capitán de marina y luego gobernador. ¡Ojalá muchos de sus compatriotas se elevaran a tanta altura desde tan modesto origen! Y el último que visteis era el benigno Earl de Béllamont, que nos gobernó bajo el reinado del rey Wílliam.
—Pero ¿qué significa todo esto?—interrogó Lord Percy.
—Si fuera yo un rebelde,—dijo Miss Jóliffe a media voz,—imaginaría que se ha citado a los espectros de los antiguos gobernadores para asistir a los funerales de la autoridad real en la Nueva Inglaterra.—
Varios otros personajes aparecían en la escalera. El que venía a la cabeza del grupo tenía cierta expresión preocupada, ansiosa y casi taimada; y, a despecho de su altanería, producida indudablemente por la ambición de su espíritu y por el desempeño continuado de altos puestos, no parecía incapaz de adular a los que se encontraban superiores a él. Algunos pasos más atrás veíase un oficial de rojo y bordado uniforme, de corte tan antiguo que perfectamente podía haberse llevado en tiempo del duque de Márlborough. Su nariz tenía un tinte rubicundo que, unido al trémulo parpadeo de uno de sus ojos, bastaba para sindicarle como adorador del vino y de la alegre compañía; a pesar de lo cual se mostraba inquieto y arrojaba frecuentes miradas en derredor, como temeroso de algún peligro oculto. Venía en seguida un rollizo caballero, con casaca de paño afelpado, forrada en sedoso terciopelo; mostraba inteligencia, astucia y buen humor en su semblante y llevaba un infolio bajo el brazo; pero su aspecto era el de un hombre vejado y atormentado más allá de su paciencia y acosado de fatiga mortal. Bajó las escaleras precipitadamente, seguido por un majestuoso personaje ataviado con traje de terciopelo púrpura ricamente bordado; su porte habría sido imponente, si un penoso ataque de gota no le hubiera obligado a cojear de peldaño en peldaño con contorsiones del cuerpo y del semblante. Cuando el doctor Byles pudo contemplar esta figura en la escalera, se estremeció febrilmente; pero siguió observándole con persistencia hasta que el gotoso caballero llegó al umbral, hizo un ademán de angustia y desesperación y se desvaneció entre la obscuridad exterior, desde donde le llamaba la música funeraria.
—¡Mirad! ¡El gobernador Bélcher! ¡mi antiguo jefe, en su misma figura y vestido!—profirió jadeante el doctor Byles.—¡Esto es una burla horrible!
—Una broma enfadosa, nada más,—dijo Sir Wílliam Howe, con aire de indiferencia. Mas ¿quiénes eran los tres que le precedían?
—El gobernador Dúdley, un astuto diplomático, pero a quien sus artificios llevaron a prisión,—replicó el coronel Jóliffe.—El gobernador Shute, antiguo coronel bajo Márlborough, y a quien obligó el pueblo a salir de la provincia; y el sabio gobernador Búrnet, a quien produjo su legislatura una fiebre mortal.
—Imagino que eran unos desgraciados estos gobernadores reales de Massachusetts,—observó Miss Jóliffe.—¡Cielos! ¡Cómo se obscurece la luz!
Era un hecho ciertamente que la luz de la gran lámpara que iluminaba la escalera tornábase ahora opaca y sombría; a tal punto que varias figuras, que bajaron rápidamente y atravesaron el pórtico, más parecían sombras que personas de carne y hueso. Sir Wílliam Howe y sus invitados se mantenían en la puerta de los salones contiguos observando el progreso de este espectáculo singular, con diversas emociones de ira, desdén y terror disimulado; pero, sin embargo, con ansiosa curiosidad. Las sombras, que parecían apresurarse ahora para unirse a la misteriosa procesión, demostraban su identidad por las notables peculiaridades de su atavío o por rasgos marcados de su manera de ser, más que por la semejanza de facciones con sus prototipos. Casi invariablemente, en verdad, conservaban sus rostros ocultos en profunda sombra. Pero oíase murmurar al doctor Byles y a algunos otros caballeros, que habían conocido por largo tiempo a los gobernadores sucesivos de la provincia, los nombres de Shírley, Pównall, de Sir Francés Bérnard, y el recordado Hútchinson; confesando de aquella manera que los actores, quienesquiera que fuesen, habían conseguido representar los rasgos característicos de los verdaderos personajes en su procesión de fantasmas de gobernadores. Al desaparecer por el portal, extendían sus brazos aquellas sombras hacia la obscuridad de la noche con formidable expresión de dolor. Tras de la forma que personificaba a Hútchinson aparecía una figura marcial sosteniendo delante de su rostro un sombrero de tres picos que había retirado de su empolvada cabeza; pero las charreteras y demás insignias de su clase eran las de un oficial general; y algo en su porte recordaba a los presentes la figura de un personaje que había sido recientemente el amo de la casa provincial y de toda la comarca.
—¡La figura de Gage, tan exacta como en un espejo!—exclamó Lord Percy, palideciendo.