—¡Cuidado con vuestra cabeza blanca! ¡Ha estado demasiado tiempo sobre los hombros de un traidor!—exclamó ferozmente Sir Wílliam Howe, aunque sus labios temblaban.

—¡Debéis entonces apresuraros a cortarla,—replicó tranquilamente el coronel;—porque dentro de pocas horas todo el poder de Sir Wílliam Howe y todo el poder de su amo serán impotentes para hacer caer uno solo de estos cabellos grises! ¡El imperio inglés en esta provincia, está dando esta noche sus últimas boqueadas; casi es ya cadáver mientras hablo; y pienso que las sombras de los antiguos gobernadores son cortejo adecuado para el funeral!—

A estas palabras el coronel Jóliffe se arrebozó en la capa y cogiendo el brazo de su nieta, abandonó los salones donde se había celebrado el último festival que gobernadores británicos ofrecieran en la antigua provincia de la bahía de Massachusetts. Se cree que el coronel y la joven dama poseían alguna secreta inteligencia respecto del misterioso espectáculo de aquella noche. Sea como quiera, este conocimiento jamás se hizo general. Los actores de esta escena se desvanecieron en sombras más profundas aún que aquella banda de indios salvajes que arrojó a las olas la carga de los buques de te, mereciendo así ocupar un puesto en la historia, aunque sus nombres quedaran ignorados. Mas refiere la superstición, entre otras leyendas respecto de esta morada, el maravilloso concepto de que en la noche del aniversario de la derrota inglesa, los espectros de los antiguos gobernadores de Massachusetts se deslizan aun a través del pórtico de la casa provincial, y que la última de las sombras, embozada en una capa militar, pasa levantando al aire sus manos crispadas e hiriendo con sus ferradas botas los anchos peldaños de piedra con ademán febril de desesperación, y sin que se deje percibir en lo menor el ruido de sus pasos.

Cuando dejaron de oírse los verídicos acentos de la narración del anciano caballero, respiré largamente y miré en torno de la habitación, tratando de arrojar con mente enérgica un tinte de romance y de grandeza histórica sobre las realidades de la escena. Pero mi olfato percibía la fragancia del humo del cigarro que el narrador había emitido en grandes nubes, visible emblema, me figuro, de la nebulosa obscuridad de su relato. Además, mi exuberante fantasía se distrajo con el repiqueteo de la cuchara en un vaso de ponche de whisky que Mr. Thomas Waite preparaba para un consumidor. Tampoco contribuía en mucho a la apariencia pintoresca de los muros ensamblados, la pizarra de la diligencia de Bróokline que pendía allí en vez del escudo armorial de algún gobernador de antiguo linaje. Un mayoral, sentado cerca de una de las ventanas y leyendo un diario de a centavo, el Times de Boston, ofrecía también un aspecto muy poco adecuado para reproducirse entre fotografías de “tiempos de Boston,” de setenta o cien años ha. En el hueco de la ventana había un paquete muy bien envuelto en papel obscuro, cuya dirección tuve la trivial curiosidad de leer: “Miss Susan Huggins, Province House.” Alguna linda camarera, indudablemente. En verdad, es labor terriblemente ardua querer arrojar el encanto de la pátina de antigüedad sobre localidades con las cuales tenga algo que ver el mundo viviente y los días que se deslizan apresuradamente sobre nuestras cabezas. Sin embargo, al contemplar la magnificente escalera, por la cual descendió la procesión de viejos gobernadores, y atravesar el venerable portal en el que su fantasma me había precedido, me llenó de gozo la conciencia de sentir un estremecimiento de pavor. Entonces, lanzándome por el estrecho pasillo abovedado, unos cuantos pasos me transportaron de nuevo en medio de la densa multitud de la calle de Wáshington.

II
EL RETRATO DE ÉDWARD RÁNDOLPH

El antiguo y tradicional contertulio de la Casa Provincial estuvo presente en mis recuerdos desde la mitad del verano hasta el mes de enero. Una tarde desocupada de invierno resolví hacerle otra visita, confiando en que le encontraría como de costumbre en el rincón más cómodo de la cantina, y creyendo, de otro lado, hacer obra meritoria para mi país al sacar del olvido cualquier otro hecho desconocido de la historia. La noche era cruda y fría, y volvíase casi borrascosa por efecto de una ráfaga de viento que soplaba a lo largo de la calle de Wáshington, haciendo que las luces de gas flotaran y vacilaran dentro de los faroles. Apresurábame en mi camino, mientras mi fantasía se ocupaba de comparar el aspecto presente de la calle con el que asumía probablemente cuando los gobernadores ingleses habitaban la mansión hacia la cual me dirigía. Los edificios de ladrillo eran escasos en aquellos tiempos, hasta que estalló una sucesión de incendios destructores, barriendo una y otra vez las casas y depósitos de madera de uno de los barrios más populosos de la ciudad. Las construcciones se hacían entonces aisladas e independientes, sin encerrar como ahora su existencia particular en hileras seguidas, con fachada de similitud fatigante; sino ostentando cada una, por el contrario, ciertos rasgos originales, como si el gusto individual de su propietario las hubiera delineado, y ofreciendo un conjunto de pintoresca irregularidad: pérdida que no puede compensarse con ninguno de los atractivos de nuestra arquitectura moderna. Este espectáculo, revelándose confusamente acá y allá a las miradas, a los rayos de alguna vela de sebo, que se filtraban bajo las pequeñas hojas de las diseminadas ventanas, formaba sombrío contraste con la calle tal como aparecía en aquel momento, con las luces de gas brillando de esquina a esquina, y con sus tiendas resplandecientes que arrojaban claridad diurna a través de las grandes vidrieras de cristal.

Mas volviendo hacia arriba las miradas, encontraba el mismo cielo obscuro y nebuloso que mostraba en otros tiempos su faz ceñuda a los habitantes de la época colonial. Las ráfagas invernales tenían el mismo silbido familiar a sus oídos. La antigua Iglesia del Sur lanzaba igualmente al espacio su viejo chapitel, que se perdía en la obscuridad entre el cielo y la tierra; y en tanto que yo pasaba, el mismo reloj que había advertido a tantas generaciones lo transitorio de esta existencia, me habló también pausada y sonoramente de esta misma filosofía tan olvidada. “Las siete solamente,” pensé. “Las leyendas de mi viejo amigo matarán apenas el tiempo entre esta hora y la de acostarse.”

Atravesando el estrecho pasillo, crucé el patio cuyo cercado recinto era visible a merced de una linterna colocada sobre el pórtico de la Casa Provincial. Entrando en la cantina, encontré como esperaba al viejo escudriñador de tradiciones, sentado ante un magnífico fuego de antracita, y lanzando nubes de humo de un enorme cigarro. Me reconoció con evidente satisfacción, debido a las raras cualidades de oyente atento que me hacen invariablemente el favorito de las damas y caballeros de edad, con propensiones narrativas. Acercando una silla al lado del fuego, pedí al hostelero que nos favoreciera a cada cual con un vaso de ponche de whisky, que fué prontamente servido, y se nos trajo arrojando su caliente vaho, con una raja de limón al fondo, una capa de oporto rojo obscuro en la superficie y su correspondiente polvillo de nuez moscada espolvoreado sobre el conjunto. Cuando levantamos nuestros vasos al mismo tiempo, mi amigo, el de las leyendas, se presentó como el señor Bela Tíffany; siendo para mí motivo de regocijo su exótico nombre, pues que daba a su figura y carácter cierta especie de individualidad, a mi entender. La bebida actuó como un disolvente en la memoria del viejo caballero, que fluyó innumerables cuentos y tradiciones, anécdotas de famosos personajes ya difuntos, y rasgos de costumbres antiguas, tan infantiles algunas como cantinela de nodrizas, y dignas otras de la pluma de un grave historiador. Nada me hizo más impresión que la historia de un cuadro negro y misterioso que pendía en aquellos tiempos en una de las habitaciones de la Casa Provincial, justamente sobre la pieza en que nos encontrábamos. La siguiente versión del hecho es tan correcta como la que verosímilmente podría obtener el lector de cualquiera otra fuente; aunque posee además, en verdad, cierto tinte novelesco que se acerca a lo maravilloso.

En uno de los salones de la casa provincial conservábase desde largo tiempo atrás un antiguo cuadro, de marco tan negro como el ébano, y cuya tela estaba tan obscura, por efecto de los años, el humo y la humedad, que no era posible distinguir una sola pincelada del artista. El tiempo había arrojado su velo impenetrable sobre aquel cuadro, dejando a la fábula, las conjeturas y la tradición, el trabajo de decir lo que alguna vez reflejó su lienzo. Durante la administración sucesiva de muchos gobernadores había colgado, por derecho propio e indiscutible, sobre la chimenea de la misma habitación; y continuaba todavía allí cuando el teniente gobernador Hútchinson asumió el mando de la provincia, a la separación de Sir Francis Bérnard.

El teniente gobernador hallábase una tarde sentado en su majestuoso sillón, descansando la cabeza en el tallado espaldar y mirando pensativo la vacua obscuridad del cuadro. No era tiempo oportuno, sin embargo, para esta inactiva contemplación, ya que asuntos de importancia trascendental requerían la decisión del gobernador; pues acababan de recibirse nuevas del arribo de una flota inglesa conduciendo tres regimientos de Hálifax para dominar la insubordinación del pueblo, y dicha tropa aguardaba la venia del gobernador para ocupar la fortaleza y la torre de Castle Wílliam. Mas, en lugar de estampar su firma en la orden oficial, permanecía sentado el teniente gobernador, examinando tan intensamente la negra vacuidad de la tela, que su continente atrajo la atención de dos jóvenes que le acompañaban. Uno de ellos, que vestía uniforme militar de ante, era su pariente, Francis Lincoln, capitán provincial de Castle Wílliam; la otra, sentada a su lado en un taburete bajo, era Alice Vane, su sobrina predilecta.