Circunstancia digna de notarse en el continente de este brillante personaje, era que llevaba en la mano izquierda una pipa fantástica, con cabeza deliciosamente pintada y boquilla de ámbar. Aplicábala a sus labios cada cinco o seis pasos e inhalaba una profunda bocanada de humo que, después de retener un momento en sus pulmones, arrojaba en graciosos remolinos por la boca y la nariz.

Como es fácil imaginar, en toda la calle se trataba activamente de conocer el nombre del extranjero.

—Es, sin duda, algún gentilhombre de elevada alcurnia,—decía un vecino de la ciudad.—¿Veis la estrella que lleva sobre el pecho?

—¡No; vaya que es poco brillante para verse!—decía otro.—Sí; debe ser forzosamente un gentilhombre, como decís. Mas ¿qué ruta imagináis que su señoría haya tomado para venir acá? No ha llegado barco del viejo mundo desde el mes pasado; y si hubiera venido del sur por tierra, ¿queréis decirme dónde están sus criados y su equipaje?

—No necesita equipaje para establecer su alcurnia,—hizo observar un tercero.—Así se presentara en harapos, brillaría su nobleza a través de los agujeros de sus codos. Jamás he visto semejante dignidad de aspecto. Tiene la antigua sangre normanda en sus venas, lo juraría.

—Mas bien le tomaría por un holandés o un alemán de sangre noble,—dijo otro de los ciudadanos.—Los hombres de aquellas regiones tienen siempre la pipa en la boca!

—Así son también los turcos,—respondió su compañero.—Pero, a mi juicio, este extranjero ha nacido en la corte francesa y aprendido allí la cortesanía y dignidad de maneras que en ninguna parte se despliegan como entre la nobleza de Francia. ¡Aquel modo de andar también! Un espectador vulgar lo juzgaría algo rígido, lo calificaría quizá de sacudimiento o trote; pero a mis ojos tiene indecible majestad, y debe haberlo adquirido por la observación constante de las maneras del gran monarca. El carácter y profesión del extranjero están bastante evidentes. Es algún embajador francés que ha venido a conferenciar con nuestros gobernadores sobre la cesión del Canadá.

—Verosímilmente es un español,—dijo otro,—y de allí viene su tez amarillenta; o más bien es de la Habana o de algún otro puerto de los dominios españoles, y viene a investigar las piraterías con las cuales se dice que contemporiza nuestro gobernador. Aquellos colonizadores del Perú y Méjico tienen la piel tan amarilla como el oro que extraen de sus minas.

—¡Amarillo o no, es un hombre muy hermoso! protestó una señora;—¡tan alto, tan esbelto! con un semblante tan fino y distinguido, una nariz tan bien delineada y una boca tan deliciosamente expresiva! Y ¡Dios me bendiga, qué estrella más brillante! ¡Positivamente arroja llamas!

—Lo mismo que vuestros ojos, hermosa dama,—dijo el extranjero, haciendo una reverencia y agitando su pipa; pues pasaba justamente en aquel instante.—¡Por mi honor, casi me han deslumbrado!