—Rubén, hijo mío,—dijo,—esta roca tras de la cual nos encontramos servirá de piedra tumularia a un viejo cazador. Hay todavía largas millas de tétrica soledad ante nosotros; y sería lo mismo para mí aun cuando el humo de la propia chimenea de mi casa estuviera al extremo de esta ondulación del terreno. Las balas indias son más mortíferas de lo que yo pensaba.
—Estáis débil por efecto de nuestra caminata de tres días,—replicó el joven,—y un poco de descanso os devolverá la fuerzas. Quedad aquí mientras busco en el bosque las hierbas y raíces que deben sustentarnos; y después de haber comido, apoyándoos en mí, emprenderemos la vuelta al hogar. No dudo de que con mi ayuda podréis llegar hasta una de las guarniciones de la frontera.
—No tengo dos días de vida, Rubén,—dijo el otro, serenamente,—y mi cuerpo inútil no debe ser más tiempo una carga para ti, que con dificultad puedes sostenerte a ti mismo. Tus heridas son profundas y tus fuerzas decaen rápidamente; sin embargo, puedes salvarte aún, si te apresuras a avanzar solo. Para mí no hay esperanza, y aguardaré aquí la muerte.
—Si es así, permaneceré a vuestro lado y velaré por vos,—dijo Rubén con resolución.
—No, hijo mío, no,—insistió su compañero.—Deja que se imponga la voluntad de un moribundo; dame tu mano, que yo la estreche, y parte. ¿Piensas que mis últimos momentos serían más tranquilos con la idea de que te condenaba a morir de muerte más lenta? Te he amado como un padre, Rubén; y en momentos como éste debo tener la autoridad de un padre. ¡Te ordeno marchar, para que yo pueda morir en paz!
—Y porque habéis sido un padre para mí, ¿he de dejaros perecer y quedar insepulto en esta soledad?—exclamó el joven.—No; si vuestro fin se aproxima en verdad, velaré a vuestro lado y recibiré vuestra eterna despedida. Cavaré una tumba aquí, bajo la roca, en la cual descansaremos juntos, si la debilidad me hace desfallecer; o si el Cielo me da fuerzas, buscaré el camino de mi hogar.
—En las ciudades y en cualquiera parte donde viven los hombres,—replicó el otro,—se acostumbra enterrar a los muertos. Ocúltanlos así a la vista de los vivos; pero aquí, donde ningún ser humano pasará quizá en cien años, ¿por qué no habría de descansar bajo el cielo, cubierto únicamente por las hojas de roble cuando las hagan caer las ráfagas de otoño? Y si de monumento se trata, aquí tenemos esta roca gris, donde mi mano moribunda esculpirá el nombre de Róger Malvin, para que los viajeros futuros sepan que reposa aquí un cazador y un guerrero. No te retardes, por consiguiente, sino apresúrate al contrario, ya que no por ti mismo, ¡por ella, que quedaría desolada!—
Malvin pronunció con voz trémula las últimas palabras que produjeron visiblemente hondo efecto en su compañero. Hiciéronle recordar que existen deberes menos cuestionables que el de compartir la suerte de un hombre a quien la muerte de su camarada no iba a beneficiar. No podría afirmarse si algún sentimiento egoísta se abrió paso en el corazón de Rubén, a quien su conciencia hizo aun resistir obstinadamente las súplicas de su compañero.
—¡Cuán terrible sería aguardar la muerte en esta soledad!—exclamó el joven.—Un hombre valiente no tiembla en el campo de batalla; y aun la mujer puede morir valerosamente cuando los amigos rodean su lecho; pero aquí...
—Tampoco temblaré aquí, Rubén Bourne,—interrumpió Malvin.—Soy hombre de corazón; y aunque no lo fuera, hay una fuerza superior a la que pueden prestar todos los amigos del mundo. Eres joven y amas la vida. Tus últimos momentos necesitan comodidades que mi naturaleza no reclama; y cuando me hayas depositado en tierra y te encuentres solo, y la noche caiga sobre la selva, sentirás toda la amargura de la muerte a que ahora podías haber escapado. Mas no daré razones egoístas a tu generoso corazón. Abandóname por mi propia conveniencia, para que, después de haber murmurado una plegaria por tu salvación, tenga tiempo de arreglar mis cuentas sin sentirme perturbado por pesares terrenales.