Íngham, os juro que me sentí un monstruo por no haberle dicho todo desde antes. Hubiera o no peligro en hacerlo, fuera o no delicadeza, ¿quién era yo, para haber tiranizado todo este tiempo a aquel querido y santo anciano que había expiado largos años, en toda la fuerza de su virilidad, la locura de traición de un adolescente!

“Mr. Nolan,” exclamé, “os diré todo lo que deseéis saber mas, ¿por dónde he de comenzar?”

¡Oh, la bienaventurada sonrisa que iluminó su pálido semblante! Estrechó mi mano y dijo: “¡Dios os bendiga! Decidme sus nombres,” añadió, señalando las estrellas del pabellón. “La última que conozco es Ohío. Mi padre vivía en Kentucky. Pero he adivinado Míchigan, Indiana y Misisipí; allí estaba el fuerte de Adams. Esto suma veinte. ¿Cuáles son las otras catorce? ¡Espero que no habréis quitado ninguna de las antiguas?”

Bueno, no era mal examen éste; y yo le dije los nombres en el mejor orden que me fué posible, y él me pidió que bajara su hermoso mapa y que las dibujara al lápiz lo mejor que pudiese. Estaba loco de alegría a propósito de Tejas y me dijo que allí había muerto su hermano. Tenía marcada una cruz dorada en el sitio en que suponía encontrarse su tumba; y había conjeturado que Tejas pertenecía a la Unión. Luego se extasió al ver California y Óregon; esto, decía, lo había sospechado en parte porque jamás se le permitió desembarcar en dichas playas, aun cuando los buques se dirigían allá a menudo. Y los marineros—agregaba riendo—traían muchas otras cosas además de peletería. Luego retrocedió ¡cuán lejos, Dios mío! para averiguar de la Chesapeake[46] y lo que sucedió a Barron por rendirse al Leopard; y si Burr había hecho alguna nueva tentativa—rechinando los dientes con el único impulso de ira que demostró. Pero pronto lo hubo dominado, y exclamó: “¡Dios me perdone, como estoy cierto de haberle perdonado!” Luego me preguntó acerca de la antigua guerra, y refiriéndome la verdadera historia de sus proezas con el cañón el día en que tomamos el Java, inquirió por el querido viejo David Pórter, como le llamaba. Y después, tranquilizándose algo y demostrando sentir gran felicidad, me escuchó referir en una hora la historia de cincuenta años.

¡Cuánto deseaba yo que hubiera otro que supiera más! Pero hice lo mejor que pude. Hablé de la guerra inglesa. Le conté de Fulton y de los comienzos de la navegación a vapor. Le hablé del viejo Scott y de Jackson; le dije todo lo que sabía acerca de Misisipí, Nueva Órleans, Tejas y su tierra natal, el antiguo Kentucky. Y pensad, me preguntó quién estaba al mando de la Legión del Oeste. Díjele que era un bizarro oficial llamado Grant que, según las últimas noticias, iba a establecer su cuartel general en Vícksburg. Entonces, “¿dónde está Vícksburg?” dijo. Se lo dibujé en el mapa; está a cien millas más o menos de su viejo fuerte de Adams; y creo que el fuerte de Adams será una ruina en la actualidad. “Probablemente está situado en la antigua colonia de Vick,” dijo, “¡vaya, qué cambio!”

Os aseguro, Íngham, que era tarea bien difícil condensar la historia de medio siglo en aquella conversación con un enfermo. No sé todo lo que le dije acerca de la inmigración y la manera de realizarla; de vapores, ferrocarriles y telégrafos; de inventos, libros y literatura; del colegio militar de West Point y de la escuela naval de Annápolis; todo esto con las interrupciones más originales que podáis imaginar. ¡Figuraos a Róbinson Crusoe haciendo las preguntas acumuladas en cincuenta y seis años!

Recuerdo que preguntó de improviso quién era presidente ahora; y cuando se lo dije, inquirió si el Viejo Abe era hijo del general Benjamín Lincoln. Decía que cuando era aun muy joven había conocido al viejo general Lincoln en cierta negociación llevada a cabo con los indios. Díjele que no, que el Viejo Abe era de Kentucky, como él; pero no pude decirle a qué familia pertenecía; había salido de esfera baja. “¡Bravo!” gritó Nolan. “Me alegro. Meditando y rumiando todo esto, he llegado a la conclusión de que nuestro mayor peligro consistía en la sucesión regular al mando, de nuestras primeras familias.” Entonces hablé de mi visita a Wáshington. Le conté cómo había conocido al diputado por Óregon, Hárding; le hablé de la Smithsonian Institution[47] y las expediciones exploradoras; le conté del Capitolio y de las estatuas del frontón y de la Libertad de Cráwford en la cúpula; y del Wáshington de Gréenough. Íngham, díjele cuanto pude recordar que demostrara la grandeza y la prosperidad del país; pero ¡no me fué posible forzar mis labios para decirle una palabra acerca de la infernal sublevación!

Y él bebía mis palabras y gozaba con ellas hasta un extremo indecible. Iba quedando poco a poco más silencioso, pero no se me ocurrió que estuviera fatigado o desfalleciente. Le alcancé un vaso de agua en que apenas humedeció sus labios, y me dijo que permaneciera a su lado. Entonces me pidió que le trajera el libro presbiteriano de Oraciones generales que estaba cerca, y me anunció con una sonrisa que se abriría por sí solo en el sitio deseado, como efectivamente sucedió. Había una doble marca roja en el extremo inferior de la página; yo me arrodillé y leí, mientras él repetía conmigo: Por nosotros y por nuestra patria, te damos gracias, Dios misericordioso porque, a pesar de nuestras repetidas transgresiones a tu santa ley, has continuado dispensándonos tu bondad maravillosa—y así hasta terminar la acción de gracias. Entonces volvió las páginas hasta el final del mismo libro, y leyó palabras más familiares a mis oídos:—Desde el fondo del corazón te suplicamos, Señor, sostener con tu gracia y bendecir a tu siervo el presidente de los Estados Unidos, a todas las demás autoridades, . . . y el resto de la oración episcopal.

“Dánforth,” dijo, “he repetido estas oraciones mañana y noche hace cincuenta y cinco años.” Y luego, expresó el deseo de dormir. Hízome inclinar sobre él, y me besó; entonces dijo: “Abrid mi Biblia, Dánforth, cuando haya muerto.” Salí.

No tenía idea de que aquello fuera el fin. Imaginé que estaba fatigado y quería dormir. Sabía que era feliz, y quise dejarle solo.