Alterado por este revés, y conociendo, aunque tarde, ser muy acertada la opinion del marqués de Cádiz en cuanto á la insuficiencia de sus fuerzas para aquella empresa, convocó el Rey aquella noche un consejo de guerra, y se acordó, para evitar mayores desastres, retirar el ejército y replegarse sobre Riofrio, no muy lejos de alli, á fin de esperar la reunion de las tropas que venian de Córdoba. Al amanecer del dia siguiente, se empezaron á abatir las tiendas en la cuesta de Albohazen; y notando el vigilante Aliatar este movimiento, salió sin tardanza para dar un nuevo ataque. Una parte del ejército cristiano, á quien aun no se habia comunicado la órden de levantar el campo, viendo que se abandonaba aquella posicion importante y que salia toda la guarnicion de Loja, entendió que los moros habrian sido reforzados la noche pasada por la venida de su Rey, y que el ejército se habia puesto en retirada. Al punto y sin detenerse á recibir órdenes, se entregan á una fuga precipitada; y comunicando su confusion á los demas, no paran en su carrera hasta llegar á un parage dicho la Peña de los enamorados, distante de Loja unas siete leguas[17].

El Rey y los capitanes que le asistian reconocieron el peligro de aquel momento, y haciendo frente al enemigo, sostuvieron repetidas cargas, para dar tiempo á que se recogiese el campo y se pusiese en salvo la artillería y demas pertrechos. Conseguido este objeto, corrió el Rey á una altura desde donde llamando á voces á los fugitivos, procuraba rehacerlos. Reuniéronsele unos pocos, con los cuales, metiéndose por medio del fuego enemigo, arremetió á un escuadron de moros con tal denuedo y valor, que los arrolló y echó hasta el rio, donde fueron ahogados los que no murieron con la espada. Pero reforzados los moros, volvieron en mayor número, y corrió gran peligro la persona del Rey: dos veces debió la vida al valor de don Juan Ribera, señor de Montemayor. El marqués de Cádiz, viendo desde lejos el riesgo de su Soberano, corrió á socorrerle seguido de unos setenta ginetes, y de la primera lanzada atravesó al mas osado de los moros. Herido el caballo de un flechazo y sin mas armas que la espada, se echó entre el Rey y los enemigos, y haciendo prodigios de valor, le sacó de aquel aprieto. Á su constancia y serenidad se debió principalmente la salvacion de la mayor parte del ejército[18], en el cual hubo, no obstante, grandes pérdidas, por lo mucho que en aquel azaroso dia se expusieron los caudillos. El duque de Medinaceli fue derribado de su caballo, y estuvo en poco no cayese en manos del enemigo: el conde de Tendilla recibió varias heridas, y no fue menos lo que padecieron otros hidalgos de nota y caballeros de la casa real. Por último, recogido la mayor parte del bagage y restablecido algun tanto el órden, comenzó á retirarse el ejército, evacuando las cercanías de Loja y la sangrienta cuesta de Albohazen, con pérdida de algunas piezas de artillería, muchas tiendas de campaña y una cantidad de provisiones.

Siguió Aliatar el alcance, picando la retaguardia hasta llegar á Riofrio. Desde alli pasó el Rey Fernando á Córdoba, donde procuró escusar este mal suceso, atribuyéndolo al poco número de sus fuerzas y á la circunstancia de ser gente allegadiza, sin experiencia ni disciplina. Tal fue el éxito de esta mal trazada expedicion, en que recibió Fernando una leccion que le hizo mas cauto en adelante y menos confiado en su fortuna. Entre tanto, para consolar y animar á sus soldados, ordenó una nueva incursion en la vega de Granada.

CAPÍTULO IX.

Muley Aben Hazen entra por los estados de Medinasidonia, y corre la campiña de Tarifa.

Juntando un ejército en Málaga, marchó Muley Aben Hazen á socorrer á Loja; pero llegó cuando ya Fernando iba de retirada, y cuando el último escuadron de su ejército estaba á la otra parte de la frontera. Perdida esta ocasion, revolvió el Monarca moro contra Alhama, sin que en esta segunda tentativa fuese mas feliz que en la primera; pues el valor y constancia del alcaide Luis Portocarrero, le tuvieron á raya hasta tanto que la salida del Rey Fernando para correr segunda vez la vega, le obligó mal de su grado á retirarse.