Sucedió este desastre tan señalado en viernes 21 de marzo, dia de san Benito, habiendo empezado la tarde del dia anterior. La memoria de tan funesto suceso se conserva en los anales de estos reinos bajo el título de la derrota de los montes de Málaga; y el lugar donde fue mayor la mortandad, se denomina, aun hoy dia, la cuesta de la matanza. De los caudillos que sobrevivieron, los mas volvieron á Antequera; algunos se refugiaron en Alhama, y muchos caballeros y soldados anduvieron vagando por los montes unos ocho dias, manteniéndose de yerbas y raices, saliendo de noche y ocultándose de dia. Á tal punto llegó su debilidad y desaliento, que acometidos no hacian resistencia alguna, y á veces tres ó cuatro de ellos se entregaban á un paisano moro: hasta las mugeres salieron é hicieron prisioneros. Algunos fueron metidos en las mazmorras de los pueblos de la frontera, otros llevados cautivos á Granada; pero la mayor parte fueron conducidos á Málaga, donde se habian lisonjeado de entrar en triunfo. Á doscientos y cincuenta caballeros de linage, entre alcaides, capitanes é hidalgos, encerraron en la Alcazaba, ó ciudadela de Málaga, para esperar su rescate; y de los soldados, quinientos y setenta fueron hacinados en el corral de la misma Alcazaba, para ser vendidos como esclavos[20].

Fue grande el despojo que ganaron los moros en esta jornada, por la cantidad y valor de las armas y arneses de los cristianos, que ó murieron con ellas ó las arrojaron para huir; y por los caballos magníficamente enjaezados, que recogieron, juntamente con muchos estandartes y banderas; todo lo cual fue llevado en triunfo por los pueblos de los moros.

Los mercaderes que habian seguido el ejército para traficar en los despojos de la guerra, vinieron á ser ellos mismos un objeto de tráfico; y conducidos como ganado á la plaza pública de Málaga, fueron vendidos como esclavos, ó compraron á fuerza de oro su libertad.

Apenas en Antequera habia empezado á calmar el tumulto de alegría y admiracion que habia causado en el pueblo la salida de los caballeros para correr los montes de Málaga, cuando vieron acudir á refugiarse en sus muros los miserables restos de esta expedicion desgraciada. Cada dia, y cada hora, se presentaba alli algun fugitivo, en cuyo dolorido semblante, y condicion desaliñada y lastimosa, no era ya posible reconocer al guerrero que poco antes habian visto salir por aquellas puertas con tanto lucimiento y gallardía.

La llegada del marqués de Cádiz, casi solo, cubierto de polvo y de sangre, destrozada la armadura, y desfigurado el rostro por el dolor y la desesperacion, llenó de tristeza á todos los corazones; que era mucho el amor que le tenian. Preguntábanle qué era de sus hermanos, que le habian acompañado, y cuando supieron que todos tres habian perecido ante sus ojos, se quedaron como pasmados, y sin atreverse á hablar, le miraban con silenciosa simpatía. En tanta afliccion, el marqués de Cádiz, encerrado en su aposento, sin hablar palabra ni admitir consuelo, ponderaba en la soledad toda la extension de su infortunio. Empero sirvió de algun alivio á su sentimiento la venida de don Alonso de Aguilar; y en medio del estrago que la guadaña de la muerte habia causado en su familia, se felicitaba el Marqués de que este fiel amigo y compañero de armas hubiese salido salvo de tan gran peligro.

Por muchos dias permanecieron aquellos habitantes con los ojos vueltos, ansiosamente hácia la frontera, esperando la llegada de algun amigo ó pariente, cuya suerte era todavia un misterio. Pero en breve cesaron las agonías de la incertidumbre, y se llegó á saber esta gran calamidad en toda su extension. El dolor y la consternacion se apoderaron de los ánimos de todos; la tierra se cubrió de luto, y fue tan general el llanto, que como dice un historiador coetáneo, “no habia ojos enjutos en toda la Andalucía[21].” Todo parecia perdido: los cristianos humillados por este revés, quedaron sin ánimo, sin brios, sin aliento: el miedo y la inquietud reinaron algun tiempo en los pueblos de la frontera, y llegó el desmayo hasta los reales pechos de Fernando é Isabel, en medio del esplendor de su corte.

Grande fue por el contrario el regocijo de los moros cuando vieron entrar cautivos en sus pueblos á los guerreros mas ilustres de la cristiandad, conducidos por el paisanage de las montañas, pareciéndoles que era una disposicion de Alá en su favor. Pero cuando vieron entrar cautivos á muchos que eran la flor de la caballería española, cuando vieron arrastrar ignominiosamente por las calles de Granada las armas y banderas de algunas de las primeras casas de Castilla, cuando vieron, en fin, llegar prisionero al conde de Cifuentes, portaestandarte real de Castilla, con su hermano don Pedro de Silva, ya no supieron poner límites á su alegría: creian ver restituidos los dias de su gloria primitiva, y parecíales que iban á entrar nuevamente en una carrera de triunfos sobre los infieles. Tales fueron los efectos de la desastrosa jornada de la Ajarquía.