Otras proposiciones hicieron, con mas sana intencion, la sultana Aixa y sus parciales: ofrecian que Mahomet Audalla, por otro nombre Boabdil, tendria su corona como vasallo de los Reyes de Castilla, pagando un tributo anual de doce mil doblas zahenas, y entregando por espacio de cinco años setenta cautivos en cada uno; que daria en el acto una suma considerable como rescate, poniendo al mismo tiempo en libertad cuatrocientos cautivos, los que escogiese el Rey; que serviria á éste con una fuerza militar determinada, y vendria á las cortes del reino cuando fuese llamado; finalmente, que entregaria en rehenes su hijo único y los hijos de doce casas principales de Granada.
Estaba el Rey Fernando en Córdoba cuando se le comunicaron estas proposiciones: la Reina estaba ausente, y hasta consultar con ella, suspendió el Rey tomar una resolucion en negocio tan importante, limitándose á mandar al conde de Cabra trajese el cautivo Monarca á Córdoba. Obedeciendo el Conde, vino á esta ciudad con su prisionero, á quien Fernando no admitió desde luego en su presencia, por hallarse aun indeciso sobre la conducta que habia de observar con él. En tanto, pues, que determinaba si se le pondria en libertad con rescate, ó le dispensaria un trato mas magnánimo, le puso bajo la custodia de Martin de Alarcon, con órden de guardarle en el castillo de Porcuna, y de tratarle con decoro y distincion.
Las disensiones y discordias que á esta sazon agitaban á Granada, ofrecian á Fernando la ocasion mas oportuna para una incursion en aquel reino; y el político Rey, aprovechando aquella coyuntura, cuando aun no habia concluido ningun tratado con Boabdil, entró en el territorio moro á la cabeza de sus grandes y de una fuerza considerable, asolando la tierra, y destruyéndolo todo hasta las mismas puertas de Granada. El viejo Aben Hazen, desde las torres de la Alhambra, miraba el estrago que hacian los cristianos, sin atreverse á salir para contenerlos; no porque le faltasen tropas, sino por la poca confianza que tenia en ellas y en el pueblo. Se recelaba especialmente de la faccion del Albaicin, persuadido que si salia de la ciudad le habrian éstos cerrado las puertas cuando volviese. Asi es que el Rey moro, consumido de rabia y encerrado en la capital como tigre en su jaula, veia, sin poderlo impedir, señorearse de la vega los lucidos batallones de Castilla, y relumbrar el estandarte de la cruz por entre el humo de los lugares y pueblos incendiados.
CAPÍTULO XV.
Libertad de Boabdil.
Habiendo el Rey conseguido el objeto que se propuso en esta expedicion, marchó con su ejército la vuelta de Córdoba, donde á su llegada, trató de fijar la suerte de Boabdil con acuerdo de los prelados y grandes del reino reunidos en consejo.