El sábado siguiente se le hizo su recibimiento al alcaide de los Donceles, aunque no con la misma distincion que á su tio el Conde, por considerarse á éste como el actor principal en aquel hecho tan famoso. Asi es que el gran cardenal y el duque de Villahermosa, en vez de salir á la puerta de la ciudad á recibirle, lo verificaron en palacio, donde le entretuvieron en conversacion, esperando se les llamase á comparecer en la real presencia.
Habiéndose presentado el alcaide de los Donceles á sus Soberanos, se levantaron éstos de su asiento, y abrazándolo benignamente, aunque sin haberse adelantado hácia él, le mandaron que se sentase al lado del conde de Cabra. La Infanta doña Isabel salió tambien á recibirle, y tomó su asiento al lado de la Reina. Se volvió á entonar una música alegre, y se procedió como antes á bailar, saliendo al efecto la Infanta acompañada de una jóven dama portuguesa. Concluyendo asi la funcion, despidieron los Reyes al alcaide de los Donceles con mucho agasajo y cortesía y la corte se retiró.
El domingo siguiente el conde de Cabra y el alcaide de los Donceles, fueron convidados á cenar con los Soberanos. Aquella noche concurrió á la corte toda la grandeza, con vestidos y galas del mayor lujo, y con el esplendor que distinguia á la nobleza castellana de aquella época. Antes de cenar hubo baile: el Rey sacó á la Reina, y bailó con ella: el conde de Cabra tuvo el honor de dar la mano á la Infanta doña Isabel, y otro tanto hizo el alcaide de los Donceles con la hija del marqués de Astorga.
Despues del baile, pasaron los Reyes y la corte á la sala de cenar. Aqui á la vista de todos los presentes, cenaron el conde de Cabra y el alcaide de los Donceles con el Rey, la Reina y la Infanta. El marqués de Villena sirvió á la familia real, siendo escanciador del Rey don Fadrique de Toledo, hijo del duque de Alba: en igual calidad sirvió á la Reina don Alonso de Estúñiga, y á la Infanta don Tello de Aguilar. Otros caballeros principales y distinguidos sirvieron al conde de Cabra y al alcaide de los Donceles. Á la una se retiraron los dos huéspedes, habiéndolos despedido los Reyes con expresiones muy corteses y benignas[29].
Tales fueron los obsequios y honores que dispensaron los Reyes católicos á estos dos famosos caballeros. Pero el reconocimiento de los Soberanos no paró aqui. Pasados muy pocos dias, concedieron á entrambos cuantiosas rentas, asi perpetuas como vitalicias, y el título de don para ellos y sus descendientes. Asimismo se les dió facultad para añadir á sus armas anteriores la cabeza de un moro coronado, con una cadena de oro al cuello, y que orleasen el escudo con veinte y dos banderas, en señal de otras tantas que habian ganado á los moros. Los descendientes de las casas de Cabra y Córdoba traen, aun hoy dia, estas armas, en memoria de la victoria de Lucena, y de la captura del Rey chico de Granada.