Preciso es añadir, en honor de la justicia, que el Conde cumplió su palabra como buen caballero; y este es el primer ejemplar que se sabe del uso de papel-moneda, que despues se ha hecho tan general en todo el mundo civilizado.

CAPÍTULO XXII.

De la entrada del ejército cristiano en el territorio de los moros para talar sus tierras.

Año 1484.

Los caballeros que habian sobrevivido á la matanza de los montes de Málaga, no obstante haber vengado en diversas ocasiones la muerte de sus compañeros, aun conservaban altamente en el corazon la memoria de aquel sangriento suceso: ardian por entrar de nuevo por el territorio moro, para llevarlo todo á fuego y sangre, y dejar aquellas fértiles regiones, que habian sido testigos de su desgracia, hechas triste y espantoso monumento de su venganza.

Sus deseos se cumplieron, y en la primavera de 1484, volvió la antigua ciudad de Antequera á resonar con el estrépito de las armas. Muchos de los caballeros que el año anterior se habian reunido alli para aquella expedicion desastrosa, volvieron á entrar por las mismas puertas con sus soldados, cubiertos de hierro; no ya con la pompa y alegría que entonces, y sí con gravedad y silencio, y con ánimos resueltos. En breve se juntó en aquella plaza una fuerza de seis mil de á caballo y doce mil de infantería, tropa escogida y compuesta en parte de los caballeros de las órdenes militares y religiosas, y de las gentes de la hermandad. Todo cuanto podia ser de necesidad y provecho al ejército en esta nueva incursion, se le suministró con prevision diligente. El celo caritativo de la Reina dispuso, que fuesen con la tropa muchos cirujanos para que curasen á los heridos, sin llevar precio, pues ella pagaba sus servicios. Asimismo se previno por órden de Isabel un hospital de campaña, compuesto de seis tiendas espaciosas, provistas de camas y todo lo necesario para los heridos y enfermos.