Las palabras del santon, se imprimieron altamente en el corazon de Boabdil; pero este desgraciado Rey, propenso á obrar segun el impulso de las circunstancias, jamas seguia una política constante. Llegando á Loja, escribió al Rey Fernando informándole de como esta ciudad y otras muchas, habian vuelto á su obediencia, y que conforme al homenage que le habia hecho, las tendria como feudos de la corona de Castilla; por lo que le rogaba se abstuviese de cualquier empresa contra ellas que hubiese premeditado[43]. Pero Fernando, teniendo por artificioso el proceder de Boabdil, cerró los oidos á estas razones, le acusó de haber formado una confederacion hostil con su tio, y privándole de su amistad, se previno para perseguirle en la próxima campaña.
La fatal estrella de Boabdil, parecia influir en todas sus acciones: su alianza con el Rey católico, le habia hecho odioso á sus vasallos; y reconciliándose ahora con los suyos, faltaba á la fé jurada, y al pacto que tenia con los cristianos: verificándose ademas, en las contiendas ruinosas que traia con sus rivales, aquel proverbio castellano, alusivo á las guerras civiles: “El vencido vencido, y el vencedor perdido”[44].
CAPÍTULO XXXI.
Del ejército cristiano que se reunió en Córdoba, y del consejo que tuvo el Rey en la Peña de los Enamorados.
Año 1486.
La pompa y ostentacion con que los Reyes Católicos abrieron la campaña de este año, presentan á la imaginacion el principio de un drama heróico, cuando sube el telon al sonido marcial de bélicos instrumentos, y se vé lucir la escena toda con el aparato de la guerra y el brillo de las armas. La antigua ciudad de Córdoba fue el punto señalado por los Soberanos para la reunion de las tropas; y por la primavera de 1486 ya resonaban en las verdes márgenes del Guadalquivir los agudos acentos de las trompetas, y los relinchos de los caballos. En esta era espléndida de la caballería castellana, estaba en su mayor punto el lujo en los arreos militares, procurando los nobles distinguirse por el adorno de sus personas, y por el número y equipo de sus secuaces. Todos los dias se veia entrar en Córdoba, con sonido de trompetas y banderas tendidas, algun caballero de nota, señor de una casa ilustre y poderosa, á quien acompañaba una larga comitiva de pages y criados costosamente vestidos, y una multitud de deudos y vasallos suyos, asi de á caballo como de á pié, todos perfectamente equipados, y con armas resplandecientes.