La falta de Boabdil no disminuyó el furor de la contienda. Un arrogante moro de sombrío y terrible aspecto, montado en un caballo negro y seguido de una partida de Gomeles, se arrojó á reemplazar al Rey. Este guerrero era el soberbio Hamet el Zegrí, alcaide de Ronda, con el remanente de su valerosa guarnicion. Animados por su ejemplo, redoblaron los moros sus esfuerzos para ganar la cuesta; á la cual defendia por un lado el marqués de Cádiz, y por otro, don Alonso de Aguilar, apoyados por el conde de Ureña, que peleando en el mismo parage donde habia perecido su hermano, el maestre de Calatrava, sacrificó sendos moros en memoria de este malogrado caudillo. Diversas veces intentaron los moros subir la cuesta, y otras tantas fueron rechazados con mucha pérdida, sin que cediese un punto de su braveza esta contienda, en que los unos pugnaban por ganar una posicion tan necesaria á la seguridad de la plaza, y los otros por conservarla porque en ello les iba de su honor. Reforzados los moros con mas tropa que salió de la ciudad, volvieron con mayor saña al asalto de la cuesta, y atacaron de nuevo á los cristianos que estaban en el valle empeñados en las huertas y olivares, para impedir que concentrasen sus fuerzas. Estos últimos fueron fácilmente arrollados, y entonces los moros agolpándose al pié de la cuesta, la rodearon toda con una hueste inmensa.
La situacion del marqués de Cádiz y de sus compañeros, era ya en extremo peligrosa; pues sobre tener que resistir las repetidas cargas de una parte de los enemigos, se veian expuestos á un fuego continuo que otros les hacian desde lejos con arcabuces y ballestas. En tan crítico momento asomó el Rey Fernando con el grueso del ejército, y pasó á colocarse sobre una altura que dominaba al campo de batalla. Á su lado estaba aquel noble inglés, el conde de Rivers, que ahora por primera vez presenciaba un combate con los moros, y veia su modo de pelear. La velocidad de los caballos en su carrera, el ímpetu tumultuoso de la infantería, el estruendo de las armas, junto con la algazara de los unos y los lelilies de los otros, excitaron su admiracion; é inflamado su belicoso espíritu á la vista de esta sangrienta lucha, en que veia mezclados yelmos cristianos y turbantes moros, pidió al Rey licencia para entrar en la pelea, pues queria batirse á uso de su tierra. Se la concedió Fernando, y descabalgando el conde, quedó á pié armado en blanco, con una espada ceñida y una hacha de armas en las manos; volvióse á su gente, y despues de hacerles una corta exhortacion, exclamó: “¡San Jorge por Inglaterra!” y con viril y esforzado corazon se lanzó delante de todos contra los moros[46]. Los ingleses sostenidos por un fuerte destacamento de españoles, se metieron por lo mas espeso y encendido de la pelea, abriéndose paso por entre los moros con sus hachas de armas, de la misma suerte que en un bosque lo hiciera un leñador; y entretanto los archeros que los seguian, aprovechando los claros que dejaban, esparcian el terror y la muerte entre las filas enemigas con una lluvia de saetas. Los moros confundidos por tan furioso acometimiento, y desanimados por la pérdida del Zegrí, á quien sacaron mal herido del campo de batalla, empezaron á cejar, y se replegaron sobre el puente, acosados por los cristianos que les obligaron á pasarlo tumultuosamente y á retirarse dentro de los arrabales. Con ellos entró de tropel el conde de Rivers y la demas tropa, peleando por las calles y en las casas. Llegando entonces el Rey con su guardia, hubo de retraerse el enemigo á la ciudad, y se encerró en sus muros, abandonando los arrabales, que luego fueron ocupados por los cristianos; debiéndose en gran manera este suceso á la bizarría de aquel intrépido extrangero[47].
Acabada la contienda, presentaban aquellas calles un espectáculo lastimoso, por el gran número de ciudadanos que perecieron en defensa de sus umbrales. Algunos fueron muertos sin resistencia; y esta suerte tuvo un pobre tejedor que estaba tejiendo en su casa sin alterarse por lo que pasaba en aquella hora. Decíale su muger que huyese á la ciudad si no queria morir; mas él, sin alzar mano del telar, le respondió: “¿De qué sirve huir? ¿para qué nos guardaremos? Dígote muger, que aqui permaneceré; porque mas vale morir á hierro que vivir en hierros.” Con esta resolucion, volvió el moro á sus tareas; entraron los enemigos, y lo mataron al pié de su telar[48]. Los cristianos por su parte, no dejaron de tener alguna pérdida: entre los heridos fue uno el Lord inglés, que recibió una pedrada en la boca que le derribó dos dientes.
Hallándose las tropas del Rey en posesion de los arrabales y de la cuesta de Albohazen, se procedió á estrechar el sitio; se destruyó el puente por donde los moros salian á combatir el real, y se echaron sobre el rio, á una y otra parte de la ciudad, otros dos puentes, para la mas fácil comunicacion de los sitiadores, que estaban repartidos en tres acampamentos. Dadas estas disposiciones y distribuida la artillería en los puntos mas convenientes, se rompió un fuego tremendo contra la plaza, tirando no solo balas de piedra y hierro, si que tambien unas pellas compuestas de materias combustibles, que subian por el aire echando de sí llamas y centellas, é incendiando todo lo que alcanzaban. El ímpetu irresistible de las lombardas derribaba las torres y las murallas, haciendo en éstas grandes portillos, por donde se descubria el interior de la ciudad, y se veia la confusion de sus moradores, el incendio y hundimiento de los edificios, y el estrago que hacian los proyectiles. Hicieron los moros los mayores esfuerzos por reparar las brechas, pero infructuosamente; porque cuantos se exponian á este trabajo eran arrebatados por los tiros de la artillería, ó quedaban sepultados en las ruinas. En tal conflicto, salian desesperados contra los cristianos de los arrabales, y arremetian á ellos con puñales y terciados, despreciando la muerte y procurando mas bien destruir que defenderse; pues estaban firmemente persuadidos que si morian matando á los enemigos de su fé, serian trasladados en derechura al paraiso.
Por espacio de un dia y dos noches duró esta terrible escena; pero al fin conociendo los moros la inutilidad de su resistencia, viendo inhabilitado á su monarca, heridos ó muertos casi todos los capitanes, y sus defensas reducidas á un monton de escombros, clamaron por la rendicion; y los mismos que habian comprometido á Boabdil á la defensa, le obligaron ahora á capitular. Las condiciones de la entrega se ajustaron con brevedad. La plaza habia de quedar inmediatamente en poder de Fernando, con todos los cautivos cristianos que hubiese en ella, saliendo los moradores con los efectos que pudiesen llevar consigo: á los unos se concederia paso seguro para Granada, á los otros se permitiria habitar en Castilla, Aragon ó Valencia; y finalmente, Boabdil haria pleito homenage al Rey como vasallo, pero no se le habia de hacer cargo alguno por haber quebrantado sus promesas; obligándose ademas á dejar el título de Rey de Granada por el de duque de Guadix, si dentro de seis meses ganaban los cristianos esta plaza. Otorgadas estas condiciones, salieron de Loja sus defensores, humillados y tristes por la pérdida de una plaza en que tanto tiempo se habian mantenido con honor; las mugeres y niños llenaban el aire con sus lamentos, al verse desterrados de su pátria y hogares; y Boabdil, el Zogoibi, el verdaderamente desgraciado, saliendo el último, descubria en su semblante las señales de un profundo abatimiento. La debilidad ocasionada por sus heridas, y el valor personal que habia desplegado, inspiraron á los caballeros cristianos cierto interés, que los hizo condolerse en sus desgracias. Presentándose á Fernando, le hizo el Monarca moro un humilde acatamiento, y á la hora partió triste y pesaroso para Priego.
Grande fue la satisfaccion del Rey por la captura de Loja, y grandes fueron los elogios que con este motivo hizo de los caudillos principales. Los historiadores recuerdan con particularidad su visita al Conde inglés. Habiendo ido á verle en su tienda, le consolaba el Rey por la pérdida de sus dientes, diciéndose se alegrase de que su valor hubiese sido causa de un efecto que en otros suele ser producido por el tiempo ó las enfermedades; y que atendido el lugar y la ocasion en que sufrió esta pérdida, mas le hacia hermoso que disforme. Á lo que respondió el Conde: “Que daba gracias á Dios y á la gloriosa Vírgen por la visita que le hacia el mas poderoso Rey de la cristiandad, y que agradecia la bondad conque le consolaba por aquella pérdida, aunque no reputaba mucho perder dos dientes en servicio de aquel que se lo habia dado todo.”