Entretanto quedaba el Rey con la demas tropa á la entrada de la huerta, desde donde expedia sus órdenes, y enviaba socorros á los puntos donde parecia necesario. Pero estaba con mucha pena, porque con el impedimento de los árboles y torres, y del humo que todo lo envolvia, le era imposible descubrir lo que pasaba; y los que salian de la pelea, heridos ó desalentados, no le daban mas que noticias confusas ó contradictorias. De los que se le presentaron en este estado fue uno don Juan de Luna, jóven de un mérito particular, muy favorecido del Rey, y de todos bien quisto por sus buenas prendas. Estaba recien casado con doña Catalina de Urrea, dama de no menos hermosura que nobleza[25]. Poniéndole al pié de un árbol, procuraron estancar la sangre que le brotaba de una profunda herida; pero fue diligencia inútil; y el malogrado jóven espiró á los pies de su Soberano, que sintió vivamente esta desgracia.

Por otra parte Mohamed Ben Hazen, rodeado de sus capitanes, contemplaba ansiosamente desde los muros esta escena sanguinaria. Doce horas sin intermision habia durado la batalla, impidiendo los árboles y casas que los de la ciudad supiesen el estado en que se hallaba; pero al través de aquella espesura veian relumbrar las lanzas y cimitarras, y subir por diferentes partes de la huerta columnas de humo, al paso que el estrépito de las armas, el tronar de ribadoquines y espingardas, el clamor de los vencedores, y los gemidos de los moribundos, anunciaban el fatal conflicto de los combatientes. Á éstos se añadian los gritos y lamentos de las mugeres, cuando, traidos en hombros de sus compañeros, veian llegar á las puertas de la ciudad sus parientes mas caros, heridos y ensangrentados. Pero cuando vieron exánime á Reduan de Zalfarga, que era uno de sus capitanes mas valientes, fue general el sentimiento, y subió de todo punto la confusion y espanto de los moros. Poco á poco se fue acercando el rumor de la batalla, y al fin vieron á sus guerreros salir de la huerta peleando, y retraerse á un lugar junto á los arrabales, que habian fortificado con palizadas. Llegando aqui los cristianos, establecieron sus estancias junto á las de los moros, fortificándolas igualmente con palizadas, y mandó el Rey que se sentase el campo en la huerta, que con tanto trabajo se habia ganado.

Mohamed Ben Hazen hizo una salida para socorrer al príncipe Cidi Yahye, é intentó desalojar á los cristianos de la importante posicion que ocupaban; pero iba ya entrando la noche, y la oscuridad hizo inútiles sus esfuerzos. Mas no por eso dejaron los moros de dar varios ataques y rebatos en el discurso de la noche; por manera que los cristianos, rendidos con las fatigas y trabajos de aquel dia, no pudieron disfrutar un momento de reposo[26].

CAPÍTULO XIX.

Sitio de Baza; compromiso del ejército cristiano, y disposiciones con que el Rey completó el cerco de la ciudad.

Al dia siguiente presentaba el campo delante de Baza una escena lastimosa. Los cristianos mostraban en la palidez de sus semblantes los trabajos que habian pasado, y los cadáveres que yacian á montones delante de los cuerpos de guardia, daban indicios de los fieros asaltos sostenidos en el discurso de la noche. Las acequias corrian tintas en sangre; las torres incendiadas humeaban todavia; y el suelo, hollado por las pisadas de hombres y caballos, manifestaba haber sido teatro de terribles conflictos entre sitiados y sitiadores. El Rey, con la experiencia de la noche pasada, se convenció del peligro y trabajo que habria en conservar la posicion que ocupaba, y despues de haber consultado con los cabos principales del ejército, determinó retirar el campo y abandonar las huertas.