Entre los alcaides moros que vinieron á hacer entrega de las fortalezas de su mando, habia uno llamado Alí Abenfahar, guerrero veterano, que siempre habia gozado de la confianza de su monarca. Era un moro de noble presencia y de aspecto sério; y mientras sus compañeros hacian la entrega de sus respectivas fortalezas, él, triste y silencioso, se mantenia aparte de los demas. Cuando le tocó hablar, se dirigió á los Soberanos con la franqueza de un soldado; pero con el tono que correspondia á la adversidad en que se hallaba, y dijo: “Yo señores soy moro, y de linage de moros, y soy alcaide de las villas y castillos de Purchena y de Paterna, donde fui destinado para guardarlas; pero me faltaron los que debieran ayudarme, posponiendo al honor su seguridad. Estas villas, pues, muy poderosos Reyes, son vuestras, y podeis tomar posesion de ellas cuando fuere vuestra voluntad.” Al punto mandó el Rey que se le diese una cuantiosa suma, en pago de tan importante entrega; pero el moro, con ademan altivo y firme, apartó de sí el dinero, y añadió: “no vengo ante VV. AA. para vender lo que no es mio, sino para entregar lo que la fortuna ha hecho vuestro; y creed que á no fallecer el esfuerzo de los míos, la muerte me seria el premio que recibiera defendiendo mis fortalezas, y no el oro que me ofreceis.”

Prendados los Reyes del noble orgullo y lealtad de este alcaide, quisieron atraerle á su servicio, y con este objeto le hicieron las ofertas mas lisongeras; pero sin ningun efecto. “¿Y no se os ofrece cosa alguna, dijo la Reina, en que os podamos complacer y manifestar nuestro aprecio?” “Lo que suplico á VV. AA., dijo el moro, es que hayan en su encomienda á los que moran en aquellas villas y en su valle, y los manden conservar en su ley y en sus bienes.” “De hacerlo asi os damos nuestra real palabra, dijo el Rey; ¿y para vos qué pedís?” “Nada, respondió Alí, sino que me deis seguro para pasar con mis caballeros y efectos á las partes de África.”

Estando provisto de un pasaporte del Rey, reunió Alí Abenfahar sus criados, armas y demas efectos, se despidió de sus compañeros, y con el corazon lleno de dolor, pero sin derramar una lágrima, montó su caballo berberisco, volvió la espalda á los deliciosos valles de su conquistada pátria, y partió á buscar fortuna en las ardientes arenas del África[31].

CAPÍTULO XXVII.

Sumision del Zagal á los Reyes de Castilla.

No parece sino que las malas nuevas se comunican mas presto que las buenas, y que las desgracias se eslabonan, y llaman unas á otras. Despues de la rendicion de Baza, apenas pasaba dia que no tuviese el Rey anciano aviso de alguna nueva pérdida; ya era una fortaleza formidable que entregaba sus llaves al Rey cristiano, ya un pueblo floreciente que le abria sus puertas, ó ya un valle risueño que pasaba bajo su dominio; por manera, que los estados del Zagal quedaban ahora reducidos á una pequeña parte de las Alpujarras, y á las ciudades de Guadix y Almería.