Mirando ansiosamente las torres de la Alhambra, estuvieron aqui un rato esperando la señal convenida. Al fin vieron brillar á los rayos del sol la Cruz de plata, y tremolar el pendon sagrado en la torre de la vela. Al lado de éste se enarboló el estandarte de Santiago, y á su vista prorumpió el ejército todo en voces de alegría, gritando, ¡Santiago! ¡Santiago! Por último, se elevaron las armas reales, y dijo en alta voz el rey de armas: “Castilla, Castilla por el Rey don Fernando y la Reina doña Isabel.” Á estas palabras respondió el ejército con vivas y aclamaciones, cuyo eco resonó largo rato por la vega. Los Soberanos entonces se hincaron de rodillas, y dieron gracias á Dios por tan gran triunfo: otro tanto hicieron todos los de su acompañamiento, entonando al mismo tiempo los coristas de la capilla real el solemne canto de Te Deum laudamus.

Prosiguiendo su camino, llegó la procesion á una mezquita pequeña, que hoy es la ermita de san Sebastian. Aqui salió á recibir á los Reyes el desgraciado Boabdil, acompañado de unos cincuenta caballeros y criados. Estando cerca, hizo muestra de apearse del caballo, para besar la mano al vencedor. Pero Fernando le hizo la honra de no consentirlo, por lo que Boabdil, inclinándose hácia él, le besó en el brazo derecho. La Reina tampoco admitió el acatamiento del Rey moro; y para consolarle en su adversidad le entregó alli el príncipe su hijo, que hasta entonces habia quedado en tercería[49]. Boabdil entonces, con rostro poco alegre y puestos los ojos en tierra, entregó á Fernando las llaves de la ciudad, diciendo: “Estas llaves son las últimas reliquias del imperio árabe en España. Tuyos son nuestros reinos, trofeos y personas: ¡tal es la voluntad de Dios! Recíbenos con la clemencia prometida de tí y esperada de nosotros”[50]. Tomó el Rey las llaves con dignidad, y dijo á Boabdil: “No dudes de nuestras promesas, ni te falte el ánimo en la adversidad; pues lo que la fortuna de la guerra te ha quitado, lo resarcirá nuestra amistad.” Dicho esto, entregó Fernando las llaves á la Reina, que las dió al príncipe don Juan, de cuyas manos las recibió el conde de Tendilla, que estaba nombrado gobernador de la ciudad, y capitan general del reino de Granada.

Habiendo entregado el último símbolo de su poder, pasó Boabdil adelante la via de las Alpujarras, acompañado de algunos de sus caballeros mas leales. Llegando á donde su familia le esperaba, se reunió con ella, y todos juntos se dirigieron triste y silenciosamente al valle de Purchena, que era la morada que se les habia señalado. Despues de andar dos leguas, y cuando empezaban á internarse en las montañas, llegaron á una altura desde la cual se descubre últimamente la ciudad. Aqui se detuvo involuntariamente toda la comitiva, para contemplar por la vez postrera esta ciudad amada, que despues de algunos pocos pasos se ocultaria á sus ojos para siempre. Jamas les habia parecido tan hermosa: á los rayos de un sol resplandeciente, relumbraban los dorados chapiteles de sus alcázares y mezquitas; las erguidas almenas y torres de la Alhambra presentaban una majestuosa perspectiva; y en derredor, desplegaba la vega su verde seno, por donde corria engastada la líquida plata del cristalino Jenil. Mirando estaban los caballeros moros con el mas profundo dolor y sentimiento esta mansion deliciosa, teatro de sus amores y placeres, cuando salió de la ciudadela un remolino de humo, al que siguió inmediatamente el ruido confuso de una salva de artillería, anunciando la toma de posesion de la ciudad, y el fin del dominio de los árabes en España. El desconsolado Monarca no pudo ya contener el dolor que rebosaba en su corazon. “¡Alá achbar!, exclamó, ¡Dios es grande!” pero aqui le faltaron á un mismo tiempo la voz y la resignacion, y prorumpió en un torrente de lágrimas.

Su madre, la magnánima sultana Aixa, notando esta debilidad, le dijo indignada: “Bien haces de llorar como muger, lo que no fuiste para defender como hombre.”

El visir Aben Connixa, procurando consolar á su amo, le decia: “Considera, señor, que los grandes infortunios, si se toleran con magnanimidad, hacen célebres á los hombres tanto como las grandes hazañas.” Pero para Boabdil no habia consuelo, y entre lágrimas y suspiros dijo: “¡Qué infortunios jamas igualaron á los míos!” De aqui vino el llamarse Fez Alá achbar un cerro que está cerca del Padul; pero el punto desde el cual miró el Rey á Granada por la vez postrera, se denomina aun hoy dia, el último suspiro del moro.

CAPÍTULO XXXIX.