Una derrota tan señalada y milagrosa, llenó de admiracion al Rey Fernando, haciéndole recelar algun ardid de los que usaban los moros con frecuencia. Con esta sospecha mandó que toda aquella noche estuviesen las tropas sobre las armas; dobló las guardias, y en su tienda la hicieron mil caballeros é hidalgos bien armados, sin que se disminuyese un punto esta vigilancia, hasta que se tuvo noticia cierta de la dispersion del ejército del Zagal.
La noticia de tan feliz acontecimiento, llegó á Córdoba á tiempo que la Reina doña Isabel hacia grandes aprestos para reforzar con nuevas tropas el ejército de Fernando. Los avisos que se tenian alli de la situacion peligrosa del ejército real, y de la salida del Rey de Granada, habian llenado la corte de consternacion, y afligian el corazon de la Reina con mil temores y presentimientos. Se habia convocado, para que tomase las armas, á toda la gente de la Andalucía, exceptuando solo á los ancianos que pasaban de setenta años: el gran cardenal Mendoza, religioso, estadista y guerrero á un mismo tiempo, habia prometido mantener á su costa toda la caballería, y ya la Reina se disponia á partir para el Real cristiano con los primeros socorros, cuando se suspendió todo con la plausible noticia de la total derrota de los moros: los cuidados se convirtieron en alegría, las tropas fueron licenciadas, y este señalado triunfo se celebró con Te Deum en todas las Iglesias.
CAPÍTULO III.
Ingratitud de los Granadinos para con el valiente Muley Audalla, el Zagal: rendicion de Velez-málaga y otras plazas.
La salida del anciano guerrero Muley Audalla, el Zagal, para defender su territorio, dejando en Granada un rival poderoso, se celebró alli como una bizarría digna de admiracion: sus pasadas hazañas y su valor acreditado inspiraban á todos las mas lisongeras esperanzas, al paso que la apatía de Boabdil, que miraba tranquilo la invasion y ruina de su pátria, tenia exasperados los ánimos del pueblo, y llenos de temor á los que seguian su partido. Se habian suspendido las sangrientas conmociones de la ciudad, y la atencion pública se dirigia únicamente á las operaciones del Zagal, á quien contemplaban ya victorioso y de vuelta para Granada, conduciendo prisionero al Rey de Castilla y á toda su caballería. Estando todos en tan alegre expectacion, vieron llegar algunos ginetes fugitivos del ejército moro, que corriendo la vega, fueron los primeros que anunciaron aquella fatal derrota y dispersion. Al referir este desastroso suceso, parecia que recordaban confusamente algun sueño espantoso: no sabian decir cómo ni por qué habia sucedido: hablaban de un combate empeñado en la oscuridad de la noche entre rocas y precipicios; de millares de enemigos emboscados en los pasos y desfiladeros de las montañas; del horror que se apoderó del ejército, de su fuga, dispersion y ruina.
La llegada de otros fugitivos confirmó en breve estas infaustas nuevas; y el pueblo de Granada, pasando desde el colmo de la alegría al extremo del abatimiento, prorumpió en exclamaciones no de dolor, sí de indignacion: confundian al general con el ejército, á los abandonados con los desertores; y el Zagal, que habia sido el ídolo del pueblo, vino á ser el objeto de su execracion. En esto se oyó de improviso el grito de ¡viva Boabdil el chico! y al punto resuena por todas partes la misma voz; ¡viva Boabdil el chico!, decian, ¡viva el legítimo Rey de Granada! y ¡mueran los usurpadores! Llevado de aquel impulso momentáneo, corre el pueblo al Albaicin, y los mismos que poco antes habian sitiado á Boabdil, rodean ahora su palacio con aclamaciones. Conducido á la Alhambra en triunfo, y dueño ya de Granada y de todas sus fortalezas, se vió este príncipe sentado otra vez sobre el trono de sus mayores.