En frente de esta esplanada se halla el palacio de Cárlos V, que debia eclipsar segun dicen á la antigua mansion de los reyes moros. Mas á despecho de su magnificencia y de una arquitectura que no carece de mérito, este monumento no parece otra cosa que un intruso orgulloso; y de ahí es que mi compañero y yo pasamos por delante sin detenernos, y nos dirigimos á la sencilla puerta por donde se penetra en el palacio antiguo.
La transicion es casi mágica: creímonos trasportados de repente á otros parages y á otro siglo, y que íbamos á presenciar las escenas que refiere la historia de los árabes. Nos hallamos en un gran patio pavimentado de mármol blanco, y decorado á sus ángulos con ligeros perístilos moriscos. Era el patio de la Alberca ó del gran Vivero, y ocupaba su centro un estanque de ciento treinta pies de largo, lleno de peces y circuido de rosales.
Al estremo superior de este patio se halla la torre de Comáres; pero nosotros, dirigiéndonos al lado opuesto, entramos por un pasadizo cubierto en el célebre patio de los Leones. Ninguna parte del edificio da una idea tan completa de su antigua magnificencia; porque ninguna ha sufrido menos los estragos del tiempo. Vese en el centro aquella fuente, tan famosa en la historia y en los cantos populares; las tazas de alabastro derraman de continuo una lluvia de líquidos diamantes, y los doce leones arrojan por las narices torrentes de agua cristalina lo mismo que en los dias de Boabdil. El patio se halla cubierto de flores y rodeado de ligeros arcos, adornados de esculturas y filigranas de una labor tan delicada como el encage, y sostenidos sobre delgadísimas columnas de mármol blanco. La arquitectura, lo mismo que la del resto del palacio, tiene mas elegancia que grandeza, y está indicando un gusto blando y delicado, y cierta disposicion á los placeres de la indolencia. Cuando se dirige la vista á aquellos pórticos aéreos con sus frágiles apoyos, que parecen obra de las hadas, apenas puede concebirse cómo el tiempo, los temblores de tierra, el abandono y la rapiña de los viageros curiosos, no menos temible que la de los guerreros, ha perdonado una parte tan grande de este monumento: estas reflexiones podrian casi hacer admitir la tradicion que le supone protegido por un encanto. Á un lado del patio, por una puerta ricamente adornada, se entra á una gran pieza embaldosada de mármol blanco, llamada la sala de las dos hermanas. Una cúpula abierta da paso al aire esterior, y deja penetrar una luz templada; la parte inferior de las paredes está incrustada de hermosos azulejos moriscos, en los cuales se ven los escudos de armas de los reyes moros; la superior se halla revestida de aquel hermoso estuco inventado en Damasco, compuesto de grandes chapas vaciadas y unidas con tanto arte, que parece se hayan esculpido en el mismo sitio los elegantes relieves y caprichosos arabescos que en ellas se ven entrelazados con testos del alcorán é inscripciones árabes. Los adornos de las paredes y de la cúpula están ricamente dorados, y sus intersticios revestidos de lapislázuli y otros colores hermosos y permanentes. Á uno y otro lado de la sala están las alcobas destinadas á contener las otomanas ó lechos orientales. Sobre un pórtico interior corre una galería que comunica con la vivienda de las mugeres; y todavía se ven allí las celosías por donde las lindas odaliscas del harem podian ver sin ser vistas las fiestas de la sala inferior.
Es imposible contemplar aquella antigua y privilegiada mansion de los árabes, aquel palacio donde las costumbres orientales desplegaron todo su esplendor y elegancia, sin que se renueven en la imaginacion las antiguas escenas que se han leido en las novelas: casi espera uno ver la blanca mano de una princesa que hace señas desde un balcon, ó bien unos ojos negros que lanzan miradas de fuego al traves de una celosía. El asilo de la hermosura existe aun allí como si lo hubiesen habitado ayer; mas ¿qué se han hecho las Zoraidas y Lindaraxas?
Al lado opuesto del patio de los Leones está la sala de los Abencerrages, llamada así en memoria de los valientes caballeros de aquella ilustre familia que fueron degollados en este sitio. No falta quien ponga en duda la verdad de esta historia en todos sus pormenores; pero nuestro humilde guia nos enseñó la portezuela por donde los hicieron entrar uno á uno, y la fuente de mármol blanco que existe en medio de la sala, en cuya taza cayeron sus cabezas; haciéndonos ademas observar en el pavimento ciertas manchas rogizas, las cuales nos dijo eran los rastros de su sangre, que jamas han podido borrarse; y persuadido de que le escuchábamos con fácil credulidad, añadió que algunas noches se percibia en el patio de los Leones un rumor sordo y confuso como el murmullo de una multitud, al que se unia de cuando en cuando un crujido semejante al estrépito de cadenas oido á cierta distancia. Es muy probable que estos ruidos provengan de las corrientes de agua que por diferentes cañerías pasan por bajo el piso para alimentar las fuentes; mas el hijo de la Alhambra los atribuía á las almas de los abencerrages degollados, que vagan durante la noche por el teatro de su suplicio, é imploran la venganza divina sobre su asesino.
Del patio de los Leones volvimos atras, y cruzando de nuevo el de la Alberca, llegamos á la torre de Comáres, que lleva el nombre del arquitecto que la construyó. Es fuerte, sólida, de atrevida elevacion, y domina todo el edificio y el lado mas escarpado de la colina, que baja rápidamente hasta la orilla del Darro. Por un cobertizo pasamos al salon inmenso que ocupa el interior de la torre, el cual era la sala de audiencia de los reyes de Granada, y se llama por esta razon la sala de los Embajadores. Todavía se descubren en él algunos vestigios de su antigua magnificencia: las paredes están adornadas de ricos arabescos de estuco; y en el techo, cimbrado de madera de cedro, que por la mucha elevacion apenas se distingue, brillan los hermosos dorados y ricas tintas del pincel árabe. Por tres lados del salon hay ventanas abiertas en el inmenso espesor de las paredes, y desde sus balcones, que dan á las frondosas márgenes del Darro, y á las calles y conventos del Albaicin, se descubre á lo lejos la vega.
Bien pudiera yo describir prolijamente otras piezas elegantes como son el Tocador de la reina, que es un mirador abierto en lo mas alto de una torre, adonde solia subir la sultana á respirar la brisa refrigerante de los montes, y gozar de la vista de aquel paraiso que rodea el palacio; el pequeño patio retirado ó jardin de Lindaraxa con su fuente de alabastro, sus rosales y sus bosquecillos de mirtos y limoneros; y en fin, las salas y grutas de los baños, en donde la claridad y el calor del dia quedan reducidos á una luz misteriosa y una temperatura suave; mas no quiero detenerme en dar una relacion circunstanciada de estos objetos, porque mi idea en este momento se limita á introducir al lector en una mansion, que si quiere podrá recorrer conmigo durante todo el curso de esta obra, hasta irse familiarizando con sus localidades.
Diferentes acueductos de construccion árabe conducen de las montañas el agua que circula en abundancia por todo el palacio, llena los baños y los estanques, salta en medio de los salones y murmura bajo los enlosados de mármol. Cuando ha pagado su tributo á la mansion de los reyes y visitado sus prados y jardines, desciende en riachuelos y fuentes innumerables por los lados de la alameda que conduce á la ciudad, y mantiene en perpetua primavera los bosquecillos que embellecen y dan sombra á la colina de la Alhambra.
Se necesita haber habitado en los climas ardientes del mediodía para conocer todo el precio de un retiro, en donde los vientos frescos y suaves de los montes se unen á la frondosa verdura de los valles.
Entre tanto que la parte baja de la ciudad desfallece abrasada por los rayos de un sol devorador, y mientras la hermosa vega se mira agostada por un ardor sofocante, las frescas brisas de Sierra-Nevada juguetean en las altas salas de la Alhambra, difundiendo por todo su recinto los suaves aromas de los jardines que la rodean. Todo convida allí á aquel reposo profundo que constituye el mayor recreo en los paises meridionales; los medio cerrados ojos distinguen por entre los sombríos balcones el risueño paisage, y se gozan en aquella vista deleitosa, hasta que halagados por el manso ruido de los árboles y el suave murmullo de las aguas, se quedan dulcemente dormidos.