Despues de un largo debate, dominando la rabia del monarca sobre su prudencia, esclamó: «¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sábio en mas de una ciencia; pero reconoce en mí á tu señor, y no lleves la temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey.
—¡Tú mi señor! replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de una ratonera daria leyes al que posee el libro de Salomon! Adios, Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraiso de los locos; que yo voy á reirme á tus espensas en mi retiro filosófico.»
Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la princesa, hirió la tierra con el baston y se hundió con la hermosa dama al traves del centro de la torre. Tras esto se cerró la tierra sobre sus cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertura por donde habian desaparecido.
Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó á articular una palabra. Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso que mil obreros hiciesen una escavacion profunda en el sitio por donde se habia hundido el astrólogo: trabajaron con teson, pero todos sus esfuerzos fueron vanos: en algunos puntos saltaban los picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo practicado, casi tan pronto como lo habian hecho. Aben-Habuz buscó en la falda de la montaña la boca de la caverna que conducia al palacio subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veía ya otra cosa que la roca firme y unida.
Entre tanto, con la desaparicion de Ibrahim Eben Abou Agib perdieron la eficacia sus talismanes: el guerrero de bronce quedó inmóvil, vuelto el semblante hácia la colina, y con la lanza apuntada al sitio por donde se habia hundido el astrólogo, como si quisiera indicar que se ocultaba allí el mayor enemigo de Aben-Habuz.
Algunas veces se oían en aquel sitio los sonidos de un instrumento, y los acentos de una voz de muger, que apenas se distinguian, y al parecer salian de las entrañas de la tierra. Cierto dia refirió un labrador al rey que la noche anterior habia notado en la peña una hendedura, y habiéndose introducido por ella habia distinguido á gran profundidad un salon subterráneo, en el cual, recostado el astrólogo sobre un magnífico sofá, dormitaba dando cabezadas al sonido de la lira de la princesa, que segun los efectos egercia un poder mágico sobre sus sentidos.
Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible encontrarla, porque sin duda habia vuelto á cerrarse. Tambien reiteró las tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como las primeras: y es que ningun poder humano podia superar al encanto de la mano y la llave. En cuanto á la cumbre del monte, donde debian haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que dicho elíseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo; lo cierto es que allí no se veía otra cosa que una soledad árida; y escabrosa. Las gentes adoptaron piadosamente la última opinion, y unos llamaban á aquel sitio la Locura del rey, y otros el Paraiso de los locos.
Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos, á quienes habia desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando poseía el talisman, habiendo llegado á conocer que ya no se hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacífico de los monarcas fue una serie de guerras y disturbios.
En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está enterrado; y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante la Alhambra, que realiza en cierto modo las fábulas del jardin de Hirám. El pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada del Juicio y la entrada principal de la fortaleza; y es opinion comun que el astrólogo permanece todavía bajo este pórtico en el salon subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la princesa.
Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oir estos sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su virtud soporífica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos. Todo lo cual, segun las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad: la princesa, dicen, permanecerá cautiva del astrólogo, y el astrólogo sometido á la mágia somnífera de la princesa hasta el dia del juicio; á menos que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el encanto de la montaña.