«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! esclamó el sábio Bonabben; ¿quién será osado á ocultar al hombre este secreto, cuando las mismas aves del aire conspiran á revelárselo?»

Entonces volviéndose á Ahmed: «¡Ó príncipe mio! le dijo juntando las manos, cierra los oidos á esos cantos peligrosos; huye de tan nocivo conocimiento. Sabe que la mitad de los males que afligen á la humanidad no reconocen otra causa que ese funesto amor: él es el que fomenta la discordia y el rencor entre los hermanos y los amigos; él enciende la guerra, él escita á la traicion. Los cuidados, la tristeza, los dias inquietos, las noches sin sueño; he aquí sus efectos. Marchita la flor, destruye la alegria de la juventud, y lleva consigo los males y los pesares de una vejez prematura. Consérvete Allah, ó príncipe mio, en la feliz y total ignorancia de esa cosa que se llama amor.»

Dichas estas palabras se salió el sábio Bonabben, dejando al príncipe en una perplejidad mas profunda aun que la que le mortificaba antes de hablarle. En vano procuraba separar de su imaginacion este objeto que absorvia todas sus ideas: á pesar suyo le ocupaba continuamente, y su espíritu se fatigaba y se perdia en vanas congeturas. «Seguramente, decia prestando oidos á las dulces canciones de las aves, estos acentos no tienen nada de tristes, y antes bien, parece que solo espresan placer y ternura. Si el amor causa tantas desgracias y enemistades, ¿en qué consiste que estas aves no están todas gimiendo en la soledad, ó bien despedazándose unas á otras, en vez de revolotear alegremente por las selvas, y juguetear bulliciosas entre las flores?»

Cierta mañana, tendido blandamente en su lecho, discurria entre sí sobre este misterio inesplicable. Abierta la ventana, penetraba por ella el fresco vientecillo, que despues de empaparse en el suave aroma de los azahares que florecen á la orilla del Darro, subia á recrear los sentidos del príncipe; oíase á lo lejos la voz del ruiseñor que repetia su tema acostumbrado, y cuando el príncipe le escuchaba suspirando, oyó cerca de sí el ruido de las alas de un ave. Perseguido por el gavilan un hermoso palomo, se entró en su aposento y cayó palpitando en el suelo; y el gavilan, viéndose privado de la presa, dirigió el vuelo hácia los montes.

Levantó el príncipe al pobre palomo que estaba medio muerto, le besó y le abrigó en su seno. Luego que lo hubo tranquilizado con sus caricias, le puso en una jaula de oro, y le presentó con sus propias manos trigo del mas puro y agua cristalina. El ave sin embargo se negaba á tomar alimento, y permanecia con la cabeza caida, lamentándose con tono lastimero.

«¿De qué te afliges? decia Ahmed, ¿no tienes todo lo que puede desear tu corazon?

—¡Ah! no, replicó el palomo; ¿por ventura no estoy separado de mi amada compañera, y precisamente en la época feliz de la primavera, en la estacion hermosa de los amores?

—¡De los amores! replicó Ahmed, ¡ah! yo te lo suplico, ave graciosa, ¿podrias decirme lo que es amor?

—¡Ay príncipe mio! ¡Demasiado! El amor hace el tormento de uno, la felicidad de dos, y se convierte en una fuente de enemistades y desgracias si llegan á ser tres. Es un encanto poderoso que atrae mútuamente á dos séres, y los une con la mas dulce simpatía; los hace dichosos si están unidos; pero muy dignos de lástima cuando se hallan separados. Mas ¿acaso no existe ningun sér con quien os haya unido un afecto tierno?

—Sí, yo amo á mi anciano preceptor Eben Bonabben mas que á ningun otro sér conocido; pero sin embargo suele parecerme fastidioso, y algunas veces me creo mas feliz en su ausencia que en su compañía.