Cuando estuvimos en medio de él, levantó más la linterna, y nos estremecimos al ver, allá en el fondo, como a cien pies de nosotros, una especie de cañada, por la cual corrían impetuosas masas de agua negra, rugiendo furibundas al perderse en las entrañas de la tierra, y formando una terrible trampa para aquellos que se aventuraran a explorar aquel extraño, curioso y húmedo lugar.

Después que pasamos el puente, volvimos a orillar una nueva muralla rocallosa que había a la derecha, atravesamos luego un túnel largo y angosto, y al fin salimos a otro espacio abierto, cuyas dimensiones tampoco nos fue posible calcular.

El monje colocó entonces su linterna en un nicho, en cuyo seno había varias velas puestas sobre toscas tablas y aseguradas entre tres clavos. Cuando las encendió y nuestros ojos se acostumbraron a la luz, vimos que estábamos en una especie de pieza, no muy grande, pero sí larga, angosta y más seca que las otras partes de la caverna.

—¡Mire!—exclamó el capuchino, haciendo un movimiento con la mano.—Aquí está todo, señor Greenwood, y todo es suyo.

Entonces comprendí, azorado y atónito, que alrededor de las murallas de esa pieza había, formando altas pilas, unos sobre otros, una inmensidad de sacos de cuero llenos hasta casi reventar. Toqué una pila que había al alcance de mi mano, y vi que lo que dentro se encerraba, era duro y angular y no cedía a la presión. También había varios cofres pequeños y anticuados, que, por su seguro aspecto, con sus fajas de hierro herrumbroso y tachonados de clavos, debían contener, pensé yo, las misteriosas riquezas que habían convertido en millonario a Burton Blair, cuando pocos días antes era un pobre caminante sin hogar.

—¡Qué!—grité azorado;—¡este es un inmenso tesoro escondido!

—Sí—contestó fray Antonio en su voz baja, profunda.—El tesoro escondido del Vaticano. Vea—añadió,—todo está aquí, a excepción de la parte que sacó el señor Blair,—y abriendo uno de los macizos cofres, sostuvo en alto la linterna y desplegó ante mis ojos una colección tan variada de cálices, patenas y custodias de oro, vestiduras recubiertas de joyas y pedrería y magníficas alhajas, como nunca antes había visto igual.

Reginaldo y yo nos habíamos quedado completamente confundidos y mudos en presencia de aquello. Al principio creí que estaba viviendo en un mundo encantado de leyendas y romances, pero cuando un momento después el áspero capuchino me recordó lo pasado, mi asombro fue ilimitado.

¡El secreto de Burton Blair estaba descubierto... y era mío!

—¡Ah!—exclamó el monje, riendo;—esta revelación lo ha dejado ofuscado, no hay duda. Pero ¿no le prometí que dentro de media hora sería usted varias veces millonario?