—Sí, nosotros tres éramos los únicos que conocíamos el secreto, y entonces convinimos en que Blair tendría la mayor parte, dado que el exbandido se lo había regalado a él, mientras Dawson, a quien Pensi, según parece, dio a conocer algunos datos concernientes al tesoro, antes de morir, participaría de una cuarta parte del producto anual, y yo, nombrado guardián de la casa del tesoro, de una octava, o, mejor dicho, mi comunidad, para cuyo beneficio era. No se me pagaría directamente a mí, porque eso habría despertado sospechas, sino al vicario general de la Orden de Capuchinos, residente en Roma, siendo los encargados de esta misión los banqueros de Blair, de Londres.

Este convenio ha sido cumplido durante cinco años. Una vez cada seis meses entrábamos en este sitio todos juntos y elegíamos una cierta cantidad de joyas y otros artículos de valor, los cuales eran enviados, por diferentes vías, a los puntos convenientes: las joyas a Amsterdam, para ser vendidas, y los demás artículos a las grandes casas de remates de París, Bruselas y Londres, mientras otros objetos iban a parar a las manos de famosos comerciantes y coleccionistas de antigüedades.

Como puede usted ver, esta colección de joyas es inacabable. Tres rubíes solamente produjeron, el año pasado, en París, la cantidad de sesenta y cinco mil libras esterlinas, mientras que algunas de las esmeraldas se han vendido por sumas enormes. Sin embargo, tan ingeniosamente arreglaron los señores Dawson y Blair las diferentes vías por las cuales colocaban las alhajas en el mercado universal, que nadie abrigó jamás la menor sospecha.

—Pero todo esto, hablando con honradez, pertenece a la Iglesia de Roma—observó Reginaldo.

—No—contestó el gran monje, hablando en inglés;—según el cardenal Sannini, Su Santidad, después de la paz con Italia, se lo regaló como prueba de consideración, y teniendo en cuenta también que, con la ocupación de Roma por las tropas italianas, sería difícil, sin excitar grandes sospechas, volver a traer al tesoro del Vaticano la gran colección de joyas.

—¡Entonces todo esto es mío!—exclamé no pudiendo todavía dar completo crédito a la verdad.

—Todo—respondió el capuchino,—salvo la parte mía, o, más bien dicho, de mi Orden, para distribuirla entre los pobres, como pago de su misión protectora aquí, y la del señor Dawson, también, junto... con alguna concesión de recompensa,—y se dio vuelta hacia Reginaldo—a vuestro amigo, aquí presente. Por lo menos, es lo que yo supongo. En cierta ocasión lo puse en guardia contra él—añadió,—pero fue debido a lo que me dijo Dawson, que no eran sino mentiras.

—Ya he jurado proceder con vuestra Orden como lo hizo Burton Blair. En cuanto a lo que se refiere a Dawson, ese es otro asunto distinto; pero mi amigo Seton no será, tenedlo por seguro, olvidado, ni vos tampoco personalmente, como fiel poseedor del secreto.

—Toda recompensa o regalo que se me pueda hacer es para mi Orden—fue la tranquila respuesta del varonil monje.—A nosotros nos está prohibido poseer dinero, pues nuestras pequeñas necesidades personales son suplidas por el padre superior, y de las riquezas de este mundo nada deseamos, salvo aquello necesario para socorrer a los pobres y aliviar a los afligidos.

—No tema usted—le dije riendo,—tendrá una suma para ese objeto.