Ella escuchó, con el más grande asombro, toda la historia del tesoro oculto del Vaticano, hasta que llegó el momento de describirle el atentado de Dawson contra mi vida y su trágico fin; entonces exclamó con vehemencia:

—¡Si ese hombre está muerto... realmente muerto... yo, entonces, estoy libre!

—¿Cómo? ¡Explíquese!—le dije.

—Ahora que las circunstancias se han combinado para libertarme de este modo, voy a confesarle todo—respondió después de una breve pausa. Su cara habíase puesto carmesí, y, mirando hacia la puerta, se cercioró primero de que estaba cerrada. Luego, en una voz profunda e intensa, fijando en mí sus maravillosos ojos, empezó:

—He sido víctima de un complot infame y vil, y usted podrá juzgar, cuando conozca toda la verdad, cuánto he sufrido, y si no he procedido guiada por un alto sentimiento de deber y de rectitud. Como usted verá, la conspiración fraguada contra mí no tiene igual por lo ingeniosa y realmente astuta.

Acabo de conseguir descubrir la verdad y conocer el móvil profundamente escondido detrás de todo ello.

Mi primer encuentro con Herberto Hales fue aparentemente casual y tuvo lugar en la calle Widemarsh, en Hereford. Era entonces una niña de colegio que estaba terminando mis estudios, y tan llena de ideas románticas sobre los hombres como les sucede a todas las niñas en esa edad. Lo veía a menudo, y aun cuando sabía que llevaba una vida precaria cuidando caballos de carrera, le dejé que me festejara. Al principio, lo confieso, me enamoré de él, cosa que no pasó inadvertida para Herberto Hales, y durante ese verano en Mayvill, al caer la noche, tuve muchas entrevistas secretas con él en el parque.

Hacía ya como tres meses que nos conocíamos, cuando una noche me indicó que debíamos casarnos; pero, como yo había descubierto, entretanto, que su amor por mí era sólo fingido, me negué. Noche tras noche nos seguimos viendo, pero yo firmemente rehusaba casarme con él, hasta que, en una de ellas, se dio a conocer bajo su verdadera faz, diciéndome, con gran espanto mío, que él estaba bien al tanto de la historia de la vida de mi padre, y después hizo alusión a la existencia de un hecho deshonroso en que, según él, había tomado parte. Me refirió que mi padre, con el fin de posesionarse del secreto que le dio luego la fortuna, había asesinado al marinero italiano Pensi, a bordo del «Annie Curtis», cuando se alejaron de la costa de España. Yo me negué a escuchar tan terrible acusación, pero mi sorpresa fue grande al ver que me hizo tener una entrevista con el amigo de mi padre, el tal Dawson, en la que éste declaró que él había sido testigo del hecho.

Cuando nos quedamos solos esa misma noche y nos paseábamos por una senda extraviada del parque, me manifestó claramente sus intenciones, y me impuso la obligación de aceptarlo como esposo, obligándome a que me casara secretamente, sin que mi padre lo supiera. Me amenazaba con poner en conocimiento de la policía el pretendido crimen, si no aceptaba sus condiciones.

—¡Bribón! ¡Infame!—grité indignado.