«Me veré con usted, si en efecto lo desea. Llevaré los papeles y confiaré a usted la misión de emplear personas que sepan guardar silencio. Dirija su contestación a la dirección siguiente: Señor Juan Marshall.—Birmingham.—B. B.»
El misterio aumentaba. ¿Por qué Blair deseaba emplear personas que supieran guardar silencio? ¿De qué índole era el trabajo que necesitaba tanto secreto?
Evidentemente, Blair tomaba todas las precauciones posibles para recibir las cartas del italiano, indicándole que se las dirigiese, bajo diferentes nombres, a los hoteles adonde iba por una noche, y allí las reclamaba.
Mabel habíame hablado a menudo de las frecuentes ausencias de su padre, ausencias que duraban algunas veces una, dos y hasta tres semanas, y en que no se sabía su destino ni dejaba su dirección. Ahora habían quedado aclarados sus extraños viajes errantes.
Consumido por la mayor ansiedad, esperé día tras día, pasando horas enteras tratando de descifrar el enigma enloquecedor de la carta de juego que tenía en mi poder, hasta que, en la mañana del 6 de marzo, en presencia de que Carlini no tenía éxito en Florencia, me fui con él a la vieja ciudad de Lucca, adonde llegamos por la vía de Pistoya, a las dos de la tarde.
En el hotel Universo me dieron, para alojarme, ese inmenso dormitorio con esas maravillosas pinturas al fresco, que fue ocupado por Ruskin durante tanto tiempo, y antes que el Ave María resonara a través de las colinas y planicies, me separé de Babbo y encamineme, como turista, a la magnífica iglesia medioeval, cuya obscuridad sólo la atenuaban las velas que ardían en los altares laterales y delante de la imagen de Nuestra Señora.
Cuando entré, estaban en el momento de las vísperas, y el silencio de muerte que reinaba en el inmenso interior del templo, era sólo interrumpido por el murmullo bajo del reverente sacerdote.
Había una docena de personas en la iglesia, todas mujeres, salvo uno—un hombre que, de pie detrás de una de las columnas circulares, esperaba allí, pacientemente, mientras las demás estaban de rodillas.
Diose vuelta rápidamente luego que oyó resonar sobre el mármol mis pasos ligeros, y entonces pude verlo cara a cara.
Contuve la respiración, y luego quedé como clavado en el sitio, completamente azorado y pálido.