La mujer seguía arrodillada, repitiendo en vano y obstinadamente sus oraciones. Me miró, con sus ojos llenos de aflicción, adivinando la compasión que había despertado en mí; luego volvió su mirada hacia el capuchino, hacia ese hombre de cara dura y barba canosa que poseía la clave del secreto de Burton Blair.
Yo permanecía de pie detrás de la pesada columna, inclinado reverentemente, pero alerta. La pobre mujer, después de una rápida mirada por todo aquel esplendor que la rodeaba, volvió, con mayor ansiedad que antes, sus ojos hacia mí... sí, hacia mí, que era un extranjero desconocido. Y pensé: ¿le escucharán sus plegarias esas magníficas imágenes divinas? ¡Ah! no lo sabía.
Yo, en su lugar, habría preferido llevar a la pobre criatura a uno de esos nichos que hay en los caminos, donde reina soberana la Virgen de los Contadini. Las madonnas y santos de Ghirlandago, Civitali y Della Quérica, que moran en esa espléndida iglesia antigua, parecen seres ceremoniosos, insensibilizados por la pompa secular. Por extraño que parezca, yo no podía creer que se ocuparían de esa pobre mujer, o de su hijo deforme y moribundo.
Las vísperas terminaron. Las figuras obscuras que habían estado en oración, se levantaron, atravesaron el piso de mármol hasta la puerta y desaparecieron, mientras las luces eran rápidamente apagadas. La mujer, con su hijo agonizante, quedó perdida en medio de las tinieblas.
Deseando que el capuchino pasase por junto a mí, con el objeto de poderlo ver mejor, me dejé estar en la iglesia. ¿Le hablaría, o permanecería silencioso y haría que Babbo lo vigilase?
Se aproximó lentamente hacia mí, con sus grandes manos metidas en sus anchas mangas de su hábito carmesí, vestidura que sólo una vez cada diez años la renuevan los de su orden, y que usan constantemente, estén en pie o en cama.
Me había parado delante de la antigua tumba de Santa Tita, la patrona de Lucca, a la cual menciona el Dante en su Infierno. En la pequeña capilla ardía una sola luz en una gran lámpara antigua de oro, puesta allí por los orgullosos hijos de la ciudad tres siglos atrás, cuando temieron la invasión de la peste negra. Al darme vuelta, vi que, aun cuando me observaba atentamente, parecía estar esperando todavía al hombre que ¡ay! ya no existía.
Ahora que con mejor luz podía ver bien sus facciones, no vacilé en confirmar mi anterior sospecha: era el mismo hombre que un año antes había conocido en la mesa de Burton Blair, en su mansión de la plaza Grosvenor.
Recordaba muy bien la ocasión. Era en junio, en el período álgido de la season londinense, y Blair me había invitado, en compañía de varios amigos solteros, a comer en su casa y después a ir al teatro Imperio. El hombre que había encontrado vestido de religioso, con sandalias usadas, se había presentado entonces de una manera muy diferente, como un verdadero hombre de mundo, en situación próspera, con un hermoso diamante en la pechera de su camisa y en traje de comida, de corte especialmente elegante. Burton nos lo había presentado como el señor Salvi, el renombrado ingeniero, y se había sentado en la mesa enfrente de mí, conversando en excelente inglés con todos.
Me impresionó como un hombre que había viajado mucho, especialmente por el Extremo Oriente, y, por ciertos conceptos que emitió, saqué la conclusión de que, como Burton Blair, había pasado varios años en el mar, y que era un amigo de los antiguos tiempos, anteriores al gran secreto que tan provechoso le había sido. Los demás convidados eran todos conocidos y de mi relación; dos de ellos financistas de la City, cuyos nombres eran bien familiares entre los habitués del Stock Exchange; el tercero, heredero de un condado, del cual ya está en posesión, y el cuarto, sir Carlos Webb, un elegante joven, de tipo moderno, perteneciente al Cuerpo de Guardias.