Aquella misma noche, el «coroner» (médico de policía) efectuó su investigación en una pieza privada del hotel, y, en conformidad con la opinión de los dos médicos que habían comprobado la defunción y hecho la autopsia en la mañana de ese mismo día, declaró que la muerte se debía únicamente a causas naturales. Se descubrió que Burton Blair había padecido de debilidad natural al corazón, y que el desenlace fatal había sido acelerado por el movimiento del tren.

No había absolutamente nada que pudiera inducir a sospechar que se hubiese cometido un crimen; por lo tanto, el jurado pronunció el veredicto, de acuerdo con la prueba pericial, de que la muerte era debida a causas naturales, y concedió permiso para trasladar el cadáver a Londres, donde debía ser sepultado.

Una hora después de terminada la investigación llamé aparte al señor Leighton, y le dije:

—Como usted sabe, desde hace varios años he sido uno de los íntimos amigos de Blair, y, naturalmente, estoy muy interesado en saber qué razones ha tenido usted para sospechar que se ha cometido una infamia.

—Mis sospechas eran bien fundadas—fue su contestación, algo enigmática.

—¿En qué se fundaban?

—En el hecho de que mi cliente fue amenazado, y que, a pesar de no haberlo comunicado a nadie más que a mí y reírse de las precauciones que yo le indiqué, vivía constantemente temeroso de ser asesinado.

—¡Extraño!—exclamé.—¡Muy extraño!

Nada le dije de esa notable carta que había encontrado en el equipaje del muerto. Si lo que él decía era verdaderamente cierto, entonces en la muerte de Burton Blair se encerraba un secreto de los más extraordinarios, reflejo fiel del de su extraña, romántica y misteriosa vida; secreto que era inescrutable, pero absolutamente sin igual.

Pienso que será necesario explicar las curiosas circunstancias que nos pusieron en contacto con Burton Blair, y describir los hechos misteriosos que se produjeron después que hicimos relación. Es tan notable esta historia desde el principio hasta el fin, que muchos de los que la lean se sentirán inclinados a dudar de mi veracidad. A éstos, antes de empezar, les indicaré que pueden hacer averiguaciones en Londres, en ese pequeño mundo de aventureros, especuladores, prestamistas y perdedores de dinero, conocido con el nombre de la City, donde estoy seguro que no tendrán dificultad alguna en obtener aún más detalles interesantes sobre el hombre de los misteriosos millones a que en parte se refiere esta narración.