—Vamos—le dijo al fin, en su grosero lenguaje,—si es verdad que no tienes dinero, dame el brazalete y asunto concluido. No creo que queramos pasar aquí toda la noche esperando, pues tengo que estar mañana temprano en Hereford. Cuanto menos se hable, será mejor.

La vi temblar de terror, blanca hasta los labios, encogiéndose como para evitar su contacto.

—¡Ah! Herberto, es demasiada crueldad la tuya—dijo llorando,—demasiada crueldad... después de todo lo que he hecho para ayudarte. ¿No tienes lástima, no tienes... compasión?

—No, no tengo ninguna—aulló.—Quiero dinero, y debo obtenerlo. Me tienes que pagar mil libras en el término de una semana... ¿has oído?

—¿Pero cómo puedo hacer eso? Espera y más tarde te daré esa suma, te lo prometo.

—Te digo que no voy a dejarme engañar más—gritó furioso.—He manifestado que quiero el dinero, porque de otro modo, voy a hacer público todo. ¿Entonces adonde vas a ir a parar, eh?—Y se rió de una manera dura y triunfante, mientras ella retrocedía pálida, aterrada y sin aliento.

Apreté los puños de ira, y hasta hoy me asombro cómo pude dominarme para no saltar de mi escondite y arrojar por el suelo a ese impudente campesino. Hubiera sido capaz en aquel momento de dejarlo muerto en el sitio.

—¡Ah!—gritó ella, con sus manos juntas, tendidas hacia él en actitud de súplica,—seguramente que no tienes la intención de hacer lo que dices, no es posible que pienses en semejante cosa, no; ¡no puedes hacerlo! Me librarás, me ahorrarás ese sufrimiento, ¿no es cierto? ¡Prométemelo!

—No, no te lo ahorraré, salvo que me pagues bien—fue su brutal respuesta.

—Lo haré, sí, lo haré—le aseguró en voz enronquecida, en una voz de una mujer eminentemente desesperada, aterrorizada, temerosa de ver descubierto algún terrible secreto suyo.