FRAY LORENZO.

Nada violento es duradero: ni el placer ni la pena: ellos mismos se consumen como el fuego y la pólvora al usarse. La excesiva dulcedumbre de la miel empalaga al labio. Ama, pues, con templanza. Aquí está la dama; (sale Julieta) su pié es tan leve que no desgastará nunca la eterna roca; tan ligera que puede correr sobre las telas de araña sin romperlas.

JULIETA.

Buenas tardes, reverendo confesor.

FRAY LORENZO.

Romeo te dará las gracias en nombre de los dos.

JULIETA.

Por eso le he incluido en el saludo. Si no, pecaria él de exceso de cortesía.

ROMEO.

¡Oh, Julieta! Si tu dicha es cómo la mia y puedes expresarla con más arte, alegra con tus palabras el aire de este aposento y deja que tu voz proclame la ventura que hoy agita el alma de los dos.