CASIO.
Aquella de quien te hablé, la mujer de nuestro gobernador, que dejó á cargo de Yago el conducirla aquí. Por cierto que se ha adelantado cerca de siete dias á nuestras esperanzas. ¡Dios soberano, protege á Otelo, manda á sus velas viento favorable, para que su nave toque pronto la bendecida orilla, y él torne amante á los brazos de su hermosa Desdémona, inflame el valor de nuestros pechos y asegure la tranquilidad de Chipre!
(Salen Desdémona, Emilia, Yago, Rodrigo y acompañamiento.)
¡Vedla! Ahí está. La nave ha echado á tierra su tesoro. ¡Ciudadanos de Chipre, doblad la rodilla ante ella! Bien venida seais, señora. La celeste sonrisa os acompañe y guie por doquiera.
DESDÉMONA.
Gracias, amigo Casio. ¿Qué sabeis de mi marido?
CASIO.
Todavía no ha llegado, pero puedo deciros que está bueno y que no tardará.