¡Oh felicidad! Este es el pañuelo, primera ofrenda amorosa del moro. Mi marido me ha pedido mil veces que se lo robe á Desdémona, pero como ella lo tiene en tanto aprecio, y Otelo se lo encomendó tanto, jamas lo deja de la mano, y muchas veces le besa y acaricia. Haré copiar la misma labor, y se le daré á Yago, aunque no puedo atinar para qué le desea: Dios lo sabe. A mí sólo me toca obedecer.
(Sale Yago.)
YAGO.
¿Cómo estás sola?
EMILIA.
No te enojes, que algo tengo que regalarte.
YAGO.
¿A mí qué? Buena cosa será.
EMILIA.
¡Ya lo creo!