Si no le necesitas para cosa de importancia, devuélvemele pronto, Yago, porque mi señora se morirá de pena, así que eche de ver la falta.

YAGO.

No le confieses nada. Necesito el pañuelo. ¿Oyes? Véte.

(Vase Emilia.)

Voy á tirar este pañuelo en el aposento de Casio, para que allí le encuentre Otelo. La sombra más vana, la más ligera sospecha son para un celoso irrecusables pruebas. Ya comienza á hacer su efecto el veneno: al principio apenas ofende los labios, pero luego, como raudal de lava, abrasa las entrañas. Aquí viene el moro. (Aparte.) No podrás conciliar hoy el sueño tan apaciblemente como ayer, aunque la adormidera, el beleño y la mandrágora mezclen para tí sus adormecedores jugos.

OTELO.

¡Infiel! ¡Infiel!

YAGO.

¿Qué decis, gobernador?

OTELO.