DESDÉMONA.

¿Qué noticias traes, Casio?

CASIO.

Nada, sino mi antigua pretension, señora. Deseo, merced á vuestra generosa intercesion, volver á la luz, á la vida, á la amistad del hombre á quien tanto respeto y agradecimiento debo. Sólo os suplico que intercedais con mucha eficacia, y si mi culpa es tan grande que ni mis servicios pasados, ni mi infortunio presente, ni mis méritos futuros bastan á que sea perdonada, sépalo yo de cierto, y alegrándome, con forzada alegría, de saberlo, pediré limosna á la fortuna por otro camino.

DESDÉMONA.

¡Ay, buen señor Casio! Mis ruegos no suenan ya bien en los oidos de mi señor. Mi esposo no es el de antes. Si su rostro hubiera cambiado tanto como su índole, de fijo que yo no le conoceria. Todos los santos me sean testigos de que le he suplicado en favor tuyo con cuanto empeño he podido, hasta incurrir en su indignacion por mi atrevimiento y tenacidad. Es preciso dar tiempo al tiempo. Yo haré lo que pueda, y más que si se tratase de negocio mio.

YAGO.

¿Se enojó contra tí el general?

EMILIA.

Ahora acaba de irse de aquí, con ceño muy torvo.