Y si le hay, Dios le perdone.

EMILIA.

¡Perdónele la cuchilla del verdugo! ¡Roa Satanás sus huesos! ¡Llamarla ramera! ¿Con qué gentes ha tratado? ¿Qué sospecha, áun la más leve, ha dado? ¿Quién será el traidor bellaco que ha engañado al moro? ¡Dios mio! ¿por qué no arrancas la máscara á tanto infame? ¿Por qué no pones un látigo en la mano de cada hombre honrado, para que á pencazos batanee las desnudas espaldas de esa gavilla sin ley, y los persiga hasta los confines del orbe?

YAGO.

No grites tanto.

EMILIA.

¡Infames! De esa laya seria el que una vez te dió celos, fingiendo que yo tenia amores con el moro.

YAGO.

¿Estás en tu juicio? Cállate.

DESDÉMONA.