Carlos.—Con todo mi corazón me alegro de haberme dirigido á vos. Si viene mañana, ya le daré su merecido; pues si vuelve á andar por sus piés, jamás volverá á luchar por premio. Y con esto guarde Dios á vuestra merced.

(Sale.)

Oliverio.—Adios, buen Carlos. Y ahora á excitar á ese tunante. Espero que he de verle llegar á su fin; pues sin saber por qué, no hay cosa que mi alma deteste más que á él. Sin embargo, es manso, instruído sin haber tenido escuela, lleno de noble aspiración y ciertamente tan amado de todos, y en especial de mi propio pueblo, que es quien mejor le conoce, que yo soy enteramente tenido en menos. Pero esto no ha de durar; este luchador lo allanará todo. Sólo falta enardecer al muchacho para que acuda allí, y voy al instante á ocuparme de ello.

(Sale.)

ESCENA II.

Esplanada delante del palacio del duque.

Entran ROSALINDA y CELIA.

Celia.—Te suplico, mi dulce prima, que estés alegre.

Rosalinda.—Más alegría demuestro, querida Celia, que la que hay en mí.—¿Y querríais verme más alegre aún? Á menos que me enseñéis á olvidar á un padre desterrado, no debéis enseñarme á recordar ningún placer extraordinario.

Celia.—En esto veo que no me amas con tanta consagración como yo á ti. Si mi tío, tu desterrado padre, hubiese desterrado á tu tío, el duque mi padre, con tal de que hubieses permanecido á mi lado, yo habría podido enseñar á mi afecto á tomar á tu padre por mío; y así lo harías si la realidad de tu amor hacia mí fuera tan bien templada como la de mi amor por ti.