Celia.—Vamos, vamos, lucha con tus afectos.
Rosalinda.—¡Ah! Se ponen del lado de un luchador más fuerte que yo.
Celia.—¡Válgate mi buen deseo! Ya harás la prueba á su tiempo, á riesgo de una caída. Pero dejando á un lado estas chanzas, hablemos con seriedad. ¿Es posible que tan de súbito hayas sentido esta vehemente inclinación por el hijo menor de sir Rowland?
Rosalinda.—El duque, mi padre, amaba á éste de todo corazón.
Celia.—¿Y se sigue de ello que has de amar de todo corazón á su hijo? Por ese camino llegaremos á que yo debiera odiarle, porque mi padre odió cordialmente al suyo; y sin embargo, no aborrezco á Orlando.
Rosalinda.—¡Por Dios! no le odies, por amor á mí.
Celia.—¿Y por qué lo odiaría? ¿No merece aprecio?
Rosalinda.—Deja que por ello le ame; y ámalo tú porque yo lo hago. Mira: ahí viene el duque. (Entran el duque Federico y Lores.)
Duque.—Señorita, disponeos á toda prisa y alejaos de nuestra corte.