(Sale Silvio.)
Rosalinda.—¡Pobre pastor! ¡Por buscar tu herida, he venido desgraciadamente á dar con la mía propia!
Piedra.—Y yo con la mía. Me acuerdo de que estando enamorado, quebré mi espada contra una piedra, y le dije que aguantara eso por venir de noche en busca de Juana Remilgos; y de cómo besé su batidera y los pezones de la vaca que ella había ordeñado con sus lindas manos agrietadas; y recuerdo, en fin, haber hecho la corte en lugar de ella á una vaina de guisantes, de la cual saqué dos y se los devolví diciendo con los ojos llenos de lágrimas: «Póntelos por amor á mí.» Nosotros, los que amamos de veras, damos en extrañas manías; pero así como todo muere en la naturaleza, toda naturaleza enamorada muere en la tontería.
Rosalinda.—Hablas con más sensatez de lo que piensas.
Piedra.—Ya lo creo: no he de caer jamás en cuenta de mi propio ingenio, hasta que me dé de narices contra él.
Rosalinda.—¡Oh Jove, Jove! La pasión de este pastor se parece mucho á la mía.
Piedra.—Y á la mía; pero ya se me va poniendo un poco rancia aquí dentro.
Celia.—Os ruego que uno de vosotros pregunte á aquel hombre, si nos dará por oro algún alimento.
Estoy medio muerta de desmayo.
Piedra.—¡Hola! ¡á ti, villano!